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	<title>FAMVIN Noticias &#187; Formación</title>
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	<description>El sitio en español de FAMVIN</description>
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		<title>La Fe De Santa Luisa Ante Una Sociedad Individualista</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Mar 2013 07:25:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Javier F. Chento</dc:creator>
				<category><![CDATA[Formación]]></category>

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		<description><![CDATA[Gracias a Somos Vicencianos, recuperamos hoy, fiesta de Santa Luisa de Marillac, una de las charlas sobre la fundadora que dio el P. Benito Martínez, C.M. en el Congreso &#8220;Caridad-Misión&#8221;, Madrid, 5 al 7 de Marzo de 2010 El título de esta charla es La fe de santa Luisa ante una sociedad individualista. No dice [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="float:right; margin:0 0 10px 15px; width:240px;">
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		</p><blockquote><p><em>Gracias a <a href="http://somos.vicencianos.org">Somos Vicencianos</a>, recuperamos hoy, fiesta de Santa Luisa de Marillac, una de las charlas sobre la fundadora que dio el P. Benito Martínez, C.M. en el Congreso &#8220;Caridad-Misión&#8221;, Madrid, 5 al 7 de Marzo de 2010</em></p></blockquote>
<p>El título de esta charla es <em>La fe de santa Luisa ante una sociedad individualista</em>. No dice ante la sociedad en que vivía santa Luisa ni ante nuestra sociedad, sino ante cualquier sociedad que sea individualista. Y la consecuencia es ver qué punto acentuaríamos nosotros, viviendo la fe de santa Luisa, si nuestra sociedad fuese individualista.</p>
<h2><strong>La persona y la sociedad actual son individualistas</strong></h2>
<p><a href="http://cdn2.famvin.org/es/files/2013/03/congreso02.jpg" rel="wp-prettyPhoto[g6363]"><img class="alignright size-medium wp-image-6364" alt="congreso02" src="http://cdn1.famvin.org/es/files/2013/03/congreso02-300x225.jpg" width="300" height="225" /></a>Pero nuestra sociedad ¿es individualista? Ante todo pienso que todas las personas somos individualistas. Las personas, las familias, los grupos deportivos, los partidos políticos, las naciones y las congregaciones religiosas nos encontramos siempre en búsqueda de nuestra propia identidad, de algo que nos <em>distinga</em> de los demás y nos afiance en nuestra personalidad. Es fruto de la libertad del individuo. Cada hombre desea ser dueño de su vida y de su destino, moldear su vida a su gusto y exige que respetemos sus criterios. O sea, que todos somos individualistas. Pues la libertad es la nota más característica y necesaria para ser persona, y sin libertad individual el hombre no es persona. El Art. 1º de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la Asamblea General de las Naciones Unidas (10-12-1948), dice: <em>Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.</em> Es la defensa de la individualidad, pero poniendo, al mismo tiempo, límites al individualismo: la fraternidad natural de todos los hombres, por la que las personas particulares se comunican, se integran en el grupo, del que participan y con él se comprometen. Cuando el individuo antepone sus intereses personales al bien general, está poniendo separación, evasión y egoísmo.</p>
<p>Este es el lado negativo que suele prevalecer en una sociedad individualista. Y pienso que este individualismo es una característica típica de nuestra sociedad occidental, donde el neoliberalismo impuso la competitividad individual para sobresalir en cuanto individuo, afirmando la primacía del individuo sobre el conjunto que lo rodea y del cual es una parte inseparable. Frente a la colectividad y a la comunidad vuelve el <em>individualismo </em>posesivo. En la sociedad moderna de cultura occidental, cada individuo se esfuerza por afirmar su personalidad en contraposición a los demás.</p>
<p>Ciertamente hay un lado positivo en una sociedad individualista: anular el absolutismo y traer la democracia; es construir la sociedad desde las personas a la institución, para que avance a través del progreso de todos y cada uno de los ciudadanos. Pero, exigiendo siempre que cada miembro de la sociedad no use a otras personas para lograr su fin particular. Si el individualismo es la actitud que lleva a actuar y a pensar de modo independiente, para que sea positivo hay que imponerle que el bien común de todos se anteponga al bien individual. Este es el mandamiento nuevo que nos dio el Señor: <em>que nos amemos unos a otros como Él nos amó hasta dar la vida por el hermano</em> (Jn 15, 12.</p>
<h3><em>Sociedad creyente</em></h3>
<p>Y lo más curioso es que la fe católica no ha logrado convencer a los hombres de este mensaje evangélico. Y apoyándose también en los evangelios, por un contrasentido, la Iglesia ha defendido los valores individuales de cada persona, &#8220;creada a imagen y semejanza de Dios&#8221;. Todo ello ha favorecido el individualismo de nuestra sociedad.</p>
<p>Después de Descartes, en tiempos de santa Luisa y en la sociedad actual se sostiene que la moral es un asunto individual, que el individuo es la fuente y el árbitro de la moralidad. Con más insistencia aún la Iglesia cristiana puso una moral individual del pecado personal, que conduce a la salvación individual en la otra vida. Y hemos exaltado tanto la salvación eterna que hemos falsificado la fe evangélica que reveló Jesús de Nazaret, cuando decía que el Padre quiere nuestra felicidad en la vida eterna, pero también en la vida presente, del alma, pero también del cuerpo, es decir, del hombre entero. Y Él comenzó a realizarlo quitando los males de esta vida en personas individuales: enfermedades, muerte, pecado y el origen del mal, representado en los endemoniados.</p>
<p>Acuciados por la crisis económica actual con su trágica carga de paro, frecuentemente vivimos las relaciones sociales centradas en nuestra utilidad particular, la mía y la de mi familia restringida a padres e hijos. Los otros miembros, las otras familias o grupos sociales significan una amenaza competitiva a mi personalidad y a mis intereses.</p>
<p>Es la secuela del instinto primario del hombre que busca la felicidad. Si los miembros de nuestra sociedad tuviéramos conciencia de lo que es una sociedad, todos buscaríamos la felicidad de todos. Pero, al no lograrla, el individualismo nos ha lanzado a buscar, primero, la felicidad de la familia, luego, de cada persona individual y últimamente, en el posmodernismo, a reducir la felicidad al sentimiento individual de estar sencillamente a gusto gozando placeres momentáneos, rápidos y excitantes.</p>
<h3><em>Individualismo corporativo</em></h3>
<p>Por su parte la democracia insiste en que la legitimidad y la autoridad del gobierno derivan del consentimiento de los ciudadanos; que la representación política no es una representación de sectores o de clases, sino de personas; y que el propósito del gobierno es proteger los intereses individuales y familiares. Sin embargo, la <em>globalización</em> del transporte, de la información y la comunicación instantánea por internet de millones de personas entre los lugares más alejados, preocupa a mucha gente que teme la <em>destrucción de la individualidad del ser humano. </em></p>
<p>Y en cierto modo lo ha logrado. Los que dirigen la sociedad, los que ostentan el poder y el dinero han logrado difuminar a las personas individuales y a las familias particulares. Ya no cuentan las personas. Sólo vale el número de consumidores, de parados, de viajeros, de turistas y, sobre todo, de votos. De este modo está tomando auge otra forma de individualismo: el de la clase social, organismos, partidos políticos, multinacionales, etc., que defienden sus intereses corporativos como no lo haría un individuo.</p>
<p>Debido a la globalización, la mayoría de los grupos sociales tiende a mantener cierta <em>individualización corporativa</em>con el fin de protegerse de influencias de otros grupos y preservar su identidad. Y esto sucede igualmente en las instituciones religiosas, proclamando nuestra identidad y pertenencia, para no quedar diluidos dentro de unas características generalizadas para todas las congregaciones religiosas. Cuando santa Luisa, san Vicente y Ozanam redactan los reglamentos y reglas de las Caridades, Paúles, Hijas de la Caridad y Vicentinos, indirectamente defienden el individualismo corporativo, la identidad y la peculiaridad de estas instituciones, a las que hay que preferir y amar más que a otras. El motivo que presentan es evangélico: si las fundaron se debió a que las consideraron más capaces que las ya existentes para servir y evangelizar a los pobres. Pero esto también puede considerarse individualismo corporativo.</p>
<h2><strong>La sociedad individualista del siglo XVII</strong></h2>
<p>A pesar de una ascensión del sentimiento nacional francés, la sociedad en la que vivió santa Luisa era individualista. Hacía ya cien años que Francia, liberada de la mentalidad teocrática medieval, se había afianzado en el Renacimiento y en el Humanismo, desarrollando una nueva concepción del hombre y de su papel en la sociedad, colocándolo como protagonista. En esa nueva sociedad antropocéntrica toma fuerza la idea de que el hombre es el centro de la creación, y tiene capacidad para transformar el mundo, poniéndose a sí mismo como meta exclusiva. Con todo, la idea de salvación individual siguió dominando la organi­zación social, continuando el teocentrismo medieval.</p>
<p>Richelieu se esforzó por fortalecer en Francia un gobierno absolutista y construir un estado -el famoso hexágono- unificado y agrupado bajo el dominio del Rey. Sin embargo, el individualismo corporativo del apellido, de la clase social y del clan de la nobleza empujaba a las Familias nobles a imponer su dominio, mientras los pobres se esforzaban por sobrevivir como individuos y como familias particulares.</p>
<p>Mientras, el campesinado, los pobres, existían como masa, pero no como individuos. La inmensa mayoría de los pobres <em>no tenía apellido, ni identidad personal</em>. Vivían subordinados a la religión institucional y a la autoridad de las clases pudientes, careciendo de la más mínima vida privada. Comían, dormían, se vestían y se aseaban a la vista unos de otros, hacinados en viviendas de una sola habitación. Esta situación creaba en ellos un sentimiento doble: por un lado, sentimiento de lucha por sobrevivir individualmente, sabiendo que cada pobre velaba por sí mismo, y por otro, el de aliarse todos los desheredados para mejor resistir la penuria, como sucedió en la primera Fronda.</p>
<h2><strong>La fe le dice que Dios sigue actuando en el mundo</strong></h2>
<p>De acuerdo con todo lo anterior, presento ya la primera propuesta: la <em>fe</em> llevó a Luisa de Marillac a admitir y a vivir<em> que Dios sigue actuando en la historia del mundo. </em>Se lo afirmó la fe y se lo confirmó san Vicente, pero era también una respuesta consoladora a la experiencia de su vida individual.</p>
<p>Hacia los 15 años Luisa de Marillac se puso a reflexionar seriamente sobre la vida que le había tocado vivir. Ella era de sangre noble, pero fue desheredada y marginada por la familia y la sociedad por tener un nacimiento ilegítimo, seguramente punible. Desde que la sacaron de Poissy por no ser noble, se dio cuenta de que ella estaba sola en el mundo. En aquel siglo la seguridad a una persona se la daba el clan, la <em>Familia</em> a la que pertenecía, pero Luisa había sido separada de la Familia Marillac. Además, era mujer, y toda mujer estaba sometida al hombre: padre, marido, hermano o tutor. Luisa no tenía a ningún hombre que la defendiera, se sentía sola en la vida y quedó envuelta en el individualismo de la época para poder sobrevivir.</p>
<p>Esta situación llevó a Luisa a sentir que no era ella quien hacía su vida, era la vida quien la hacía a ella. Luisa se había acostumbrado a examinar su vida como a un personaje que estu­viera delante de ella; y por eso mismo, se acostumbró a considerarla como el punto vital y más incisivo de su existencia personal.</p>
<p>Se daba cuenta de que todo sucedía en su vida como si Dios lo tuviera casi determinado des­de la eternidad. Al recordar su vida, cuando ya era una mujer madura, escribiría: <em>&#8220;Es su voluntad que vaya a Él a tra­vés de la cruz, que su bondad ha querido que yo la tuviese desde mi mismo nacimiento, y no me ha dejado casi nunca, a cualquier edad, sin ocasiones de sufrimiento&#8221; </em>(E 19). Y se preguntaba por qué le ha­bía tocado a ella vivir aquella vida de sufrimiento. Su fe la llevó a buscar la respuesta en el seno de la divinidad eterna: esa vida le venía porque ese era el designio eterno de Dios, y la fe le confirmaba que debía colaborar para que se cumpliese en ella. Esta idea la consoló y dio sentido a su vida individual: <em>colaborar con Dios para que se cumpliera su designio</em>. Y gracias a esta confianza divina, la fe la llevó a contemplar cómo encajaban ya en su vida todos los sucesos que a ella le tocaban vivir.</p>
<p>La fe le daba el convencimiento de que Dios actuaba en el fondo de los acontecimientos, y de que Dios le hablaba desde el fondo de los sucesos personales, familiares y sociales que a ella le estaban tocando vivir. Y este convencimiento que le daba la fe, la animaba a descubrir a Dios en cada suceso de su vida. La fe era el hilo conductor que la permitía responder a Dios. Como el agua de la lluvia empapa el campo, la fe, aunque oscura, empapaba toda su existencia y daba esperanza a su vida de sufrimiento. Por ello, la fe con la esperanza y la caridad a los pobres serán el fundamento de su espiritualidad. Aunque santa Luisa no leyó los Pensamientos Pascal, ciertamente experimentaba que Dios le decía: <em>&#8220;</em><em>Consuélate; no me buscarías si no me poseyeras&#8221;</em>[note]<em>Pensées</em> (737) [555]: <em>Le mystère de Jésus.</em>[/note] por medio de la fe.</p>
<p>Necesitaba la fe, necesitaba a Dios para salir de la angustia que le producía la vista de su vida personal repleta de sufrimientos y rechazos de la familia y de las leyes civiles y eclesiásticas. Las humillaciones, la debilidad y la pobreza de su condición de hija ilegítima era lo que la llevaba a creer en Dios, a encontrar a alguien trascendente y absoluto al que amar y en quien creer. Sin la fe en la existencia de Dios, su vida marginada no tenía sentido, porque la llevaba a la desesperación. Necesitaba a Alguien en quien esperar y que aplacase su sed de felicidad eterna, al igual que Miguel de Unamuno, cuando respondía a un amigo que le reprochaba que su búsqueda de eternidad era orgullo o presunción: &#8220;<em>No veo orgullo, ni sano ni insano. Yo no digo que merecemos un más allá, ni que la lógica nos lo muestre; digo que lo necesito, merézcalo o no, y nada más. Digo que lo que pasa no me satisface, que tengo sed de eternidad, y que sin ella me es todo igual. Yo necesito eso, ¡lo ne-ce-si-to! Y sin ello ni hay alegría de vivir ni la alegría de vivir quiere decir nada. Es muy cómodo esto de decir: &#8220;¡Hay que vivir, hay que contentarse con la vida!&#8221; ¿Y los que no nos contentamos con ella?&#8221;</em>[note]Carta a Jiménez Ilundain en ROBLES CARCEDO, L. (ed.) <em>Epistolario Americano</em> <em>(1890-1936)</em>, Salamanca: Ediciones Universidad de Salamanca, 1996.[/note]</p>
<p>La postura de un hombre descontentadizo como Unamuno, venía a ser en su inconsciente la postura de Luisa. Convencida y comprometida con la fe de que Dios la asistía, lo expresó con un lenguaje que hoy nos extraña, pero que era común en el siglo XVII en forma de oración en el testamento que hizo cuando tenía 54 años;</p>
<p style="padding-left: 30px"><em>He aquí, ¡oh, Dios mío!, tu pobre criatura… que, confesándose criminal y merecer el infierno en el rigor de tu justicia, que me debía condenar a él si no fuera por ese poderoso amor que ha hecho hombre a tu Hijo único para librarme de él. Plegue a tu divina bondad que yo sea, y mi hijo, del número de las almas que, por El, te glorificarán eternamente; y dígnate mirar benignamente los actos, deseos y disposiciones plasmadas en el presente testamento, que hago en la creencia de que es tu santa voluntad la que ha dirigido la mía, sin la cual protesto con todo mi corazón no querer nada jamás; y con la cual declaro querer acabar mi vida, como hago este escrito que he hecho y firmado de mi mano este viernes décimo quinto día de diciembre de mil seiscientos cuarenta y cinco.</em></p>
<p style="padding-left: 30px"><em>Luisa de Marillac </em>(E 111).<em> </em></p>
<h2><strong>La fe personalizada</strong></h2>
<p>Todo parece individualismo en este trozo, porque la fe es personal. La fe de Luisa de Marillac, como la de cualquier persona, estaba condi­cionada por la postura y la sensi­bilidad que ella, en cuanto persona individual, tomaba ante Dios. Y es que Dios se da a conocer al hombre a través de la sicológica personal. Dios no se impone al hombre desde fuera y a la fuerza. Se nos manifiesta en nuestra inteligencia y voluntad personales que manifiestan matices distintos en cada persona y, según esa realidad, Dios le infunde la fe con suavidad. Hace siglos que ya lo había afirmado san Agustín: <em>&#8220;</em><em>Cada uno ve la fe en sí mismo; en los demás cree que existe, pero no la ve; y lo cree con tanta mayor firmeza, cuanto mejor conoce los frutos que la fe suele producir mediante la caridad&#8230; La fe radica en el alma del creyente y es sólo visible al que la posee</em><em>&#8220;</em>.[note]De Trinitate XIII, II, 5; XIII, III, 6.[/note]</p>
<p>La fe que le habían comunicado la familia, la Iglesia y la sociedad y que había vivido desde niña, Luisa la hizo personal día a día en la oración, especialmente desde los 15 años cuando se entregó a la oración con más intensidad. Y cuanto más profundizaba en la oración más experimentaba el objeto de la fe hasta sentir la presencia del Espíritu divino dentro de ella. Ciertamente su fe también era saber que…, porque era hija de su siglo, pero, ante todo, su fe era sentir a Dios en ella, era experiencia de fe; su fe era creencia, cierto, pero sobre todo era adhesión, encuentro personal con Dios.</p>
<p>Leyendo a los místicos y guiada al principio por los capuchinos y el obispo Camus, y después por Vicente de Paúl, se convenció de que no había más fe que la fe experimentada personalmente, que debía ejercitarla día a día, no como algo racional sino como vida, como un encuentro de toda su persona con Dios. La fe era la puerta que se le habría para que su inteligencia contactara con la divinidad, para que su voluntad penetrara en su inti­midad más profunda por medio del amor y sus sentimientos participaran en la vida divina, transformándolos en sobrenaturales.[note]Jn 3,16; 11,25; 20,31.[/note]</p>
<p>De este modo, Luisa experimentó por la fe que el encuentro personal con Dios la revestía del Espíritu de Jesucristo y sintió que habitaba en ella. Más que poseer la fe, experimentaba que ella era poseída por Dios. Y este convencimiento es tan pro­fundo que nadie, por sabio que sea, lo puede desmentir ni des­montar. Por ello, esta forma de fe sólo la conocemos porque ella misma nos lo cuenta, ya que la fe es personal e intransferible:<em> &#8220;De pronto sentí que era advertida de desear que nues­tro Señor viniese a mí acompañado de sus virtudes para comunicármelas&#8221;</em> (E 103). &#8220;<em>Me pareció que a mi alma se le daba a entender que su Dios quería venir a mí, no como a un lugar de recreo o alquilado, sino como a su propia heredad o lugar que le pertenece enteramente&#8221; </em>(E 13).</p>
<p>Se había convertido en una mística, tal como lo preconiza Karl Rahner para los cristianos de nuestro siglo XXI: &#8220;el cristiano del futuro o será un místico, es decir, una per­sona que ha experimentado algo, o no será cristiano. Porque la espiritualidad del futuro no se apoyará ya en una convicción unánime, evidente y pública, ni en un ambiente re­ligioso generalizado, previos a la experiencia y a la decisión personales&#8221;.[note]K. Rahner, «Espiritualidad antigua y actual», en <em>Escritos de Teología. VII,</em> Taurus, Madrid 1967, p. 25.[/note]</p>
<h3><em>Creer a Dios y a su Palabra</em><em> </em></h3>
<p>Esta fe era la base de sus creencias, pues si la fe era la respuesta que daba a Dios que quería entrar en contacto con ella, la fe la llevaba a <em>creer a Dios</em> y a su palabra. Su fe se alargó así a la aceptación de un conjunto de creencias que debía aceptar porque las había revelado nada menos que el mismo Dios, y que ella y sus hijas tenían obligación de enseñárselas a los enfermos y a las niñas. Como san Vicente y los teólogos de su tiempo, presentaba <em>para ir al Paraíso la obligación de conocer los misterios de la Trinidad, de la Encarnación y de la Eucaristía</em>. Lo presentaba en el catecismo que compuso, en muchos puntos de los Reglamentos y en infinidad de cartas que envió a las comunidades, invitando a las Hermanas a que prepararan a los moribundos a hacer actos de fe necesarios para su salvación, según enseñaba la Iglesia católica de entonces.[note]SL. c. 171, 227; E 29 (Catecismo), 48, 55…[/note]</p>
<h2><strong>La fe trinitaria</strong></h2>
<p>No cabe duda, la fe de Luisa de Marillac abarcaba un conjunto de verdades cristianas obligatorias para pertenecer a <em>la Iglesia Católica, Apostólica y Romana en la que ella</em><em> protestaba</em><em> ante Dios y todas las criaturas que quería vivir y morir, ya que es el único camino del Paraíso para el que hemos sido creados</em>, leemos en su Testamento (E 111). Sin embargo, Luisa entendía estas verdades como un compromiso con el Dios vivo que le salía al encuentro, pues su espiritualidad no era una doctrina; era <em>revestirse del Espíritu de Jesucristo</em>, como se lo enseñaba su director Vicente de Paúl.</p>
<p>Pero Dios es Trinidad y vemos cómo su fe la introduce en cada una de las Personas divinas, de acuerdo con la época y las circunstancias de su vida. En los comienzos la fe la unía con Dios Padre, quien tranquilizaba su vida de sufrimiento, al mismo tiempo que sustentaba y daba sentido a esa vida de amarguras, diciéndole que encontraría una explicación consoladora en el designio eterno de Dios, en la divinidad absoluta y eterna. Y en la divinidad se refugia de joven y de mujer casada.</p>
<p>Lo vemos en las cartas que le enviaba a san Vicente en los primeros años de estar dirigida por él, estando ya viuda. En ellas apenas aparece Jesús ni tampoco en los Ejercicios espirituales que hizo bajo su dirección. Siempre usa la palabra Dios, mientras san Vicente en las cartas que le dirige y en los temas de los Ejercicios que le propone continuamente emplea la palabra Jesús o Nuestro Señor. Insensiblemente y poco a poco, Luisa fue sumergiendo la misión salvadora de Jesús hombre en su forma ordinaria de pensar, vivir y obrar. El centro de su espiritualidad será la Encarnación de la Segunda Persona de la Trinidad que se prolongará en Jesucristo crucificado.</p>
<p>Su fe le va a dar una visión trinitaria de su experiencia vital, cuando, en los siete últimos años de su vida, descubre que era el Espíritu Santo el que dirigía y había dirigido todos y cada uno de los acontecimientos de su vida cristiana y de Hija de la Caridad. La fe le fue indicando el papel que ejercía cada Persona divina en el seno de la Trinidad, en su vida interior y en el servicio al pobre. Nos lo explica en unos Ejercicios que hizo tres años antes de morir sobre el Espíritu Santo en el seno de la Trinidad y que Jesús nos revela que es sustancialmente Amor, y que por ser Amor es unidad y trinidad al mismo tiempo, y como amor se proyecta en los hombres.</p>
<p>Como una conclusión, la fe le indicaba que el Espíritu Santo actuaba en el interior del hombre y que ella tenía que dar una respuesta a esta acción del Espíritu. Una respuesta que, al depender no sólo de su libertad, sino también de la gracia divina, la llenaba de esperanza. Y así la experiencia de fe producía en ella otra experiencia de esperanza que san Vicente le recordaba con la frase <em>esté alegre.</em> De igual modo, el amor que le producía la esperanza la llevaba a la búsqueda y al encuentro de Dios, primero, en su interior, y después de conocer a san Vicente, en los pobres a través de los acontecimientos de la vida.</p>
<h2><strong>Acompañada en el camino desconocido </strong></h2>
<p>Hasta encontrar al director Vicente de Paúl, la fe de la señorita Le Gras había sido individualista, para salvarse ella y su hijo y para ser santa. Y para salvarse y ser santa la señorita Le Gras estaba convencida, de acuerdo con la mentalidad cristiana de siempre, pero especialmente del siglo XVII, que necesitaba la ayuda de otra persona, porque las acciones individuales que se nos presentan en la vida pueden ser interpretadas a la luz de la fe, pero también a la luz de intereses egoístas, ambiciosos o altivos, ya que aparentemente Dios parece estar ausente. Los monjes medievales, y san Ignacio de Loyola desde hacía un siglo, le decían que debía discernir los caminos divinos con la ayuda de un director.</p>
<p>La señorita Le Gras, siendo una joven de 16 años, se puso bajo la dirección de los capuchinos del arrabal de Saint-Honoré, porque fueron ellos quienes la animaron a emprender un camino individual hacia la santidad y al iniciarlo no sabía exactamente hacia dónde dirigirse. Estando ya casada, y para no salirse del camino, se puso bajo la dirección de J. P. Camus. Unicamente sabía que iba empujada por el amor y que estaba dispuesta a dar su asentimiento al Dios que amaba y se le manifestará durante aquella noche terrible en la que le presentó sus planes sin que entonces ella los comprendiera.</p>
<p>Sin embargo, esta ausencia aparente de certeza en el camino es el fundamento de nuestra fe. Pues, si a través de la experiencia natural pudiéramos constatar la presencia de Dios, ya no habría fe. La fe es la voz de Dios que suple su silencio, a través de toda la historia de salvación, a partir de la palabra de Jesús y no de una evidencia directa.</p>
<p>Y desde un año antes de enviudar se dejó conducir por el sacerdote Vicente de Paúl. Lo primero que intentó hacer el nuevo director[note]Sólo una nota simpática: &#8220;A última hora trataré de estar en su casa, pero de paso le digo que es usted mujer de poca fe, y que soy su servidor&#8221; (c. 71).[/note] fue convencerla de que viviera alegre y llena de esperanza, pues Dios, si interviene en los sucesos de la vida, es siempre para dar la felicidad.</p>
<p>Cuatro años más tarde y guiada ya por san Vicente, cambió radicalmente de camino hacia un mundo desconocido, el de los pobres; pasó de vivir en una sociedad individual a comprometerse con una sociedad universal. Prefería caminar hacia lo desconocido por agradar al Dios que amaba que permanecer en la comodidad personal que también amaba. Salió de las tinieblas de la noche como un emigrante que deja su tierra sin saber qué rumbo tomar. Dejó en un segundo plano los ideales personales de nobleza, los gustos propios de una burguesa y hasta los criterios individuales de una mujer inteligente. Se adhirió por completo a los planes de Dios mediante un acto pleno de abandono y confianza en la divinidad.</p>
<p>Seguramente Vicente de Paúl también le diría a ella lo que un día le escribió al P. Codoing: &#8220;Esté seguro de que los principios de Jesucristo y los ejemplos de su vida nunca nos llevan al desastre, sino que dan su fruto a su debido tiempo, que todo lo que no es conforme con ellos es vano, y que al que sigue las máximas contrarias todo le saldrá mal. Tal es mi fe y tal es también mi experiencia. En nombre de Dios tenga esto por infalible&#8221; (II, 237).</p>
<h2><strong>La Encarnación</strong></h2>
<p>Esta era la fe de una mujer ante una sociedad individualista, pero el sacerdote Vicente de Paúl la convenció de que esta fe queda falsificada si no es comunitaria, eclesial, universal. La fe ciertamente es individual y, ante todo, favorece y santifica a quien la recibe personalmente, pero también es un carisma, un regalo divino en bien de la comunidad y no pueden limitarse a una dimensión personal. Porque en la Iglesia, dentro de la esfera de la salvación, todo es personal y comunitario a la vez, poniendo a los pobres en el centro de la comunidad, y no sólo por ser vicencianos, sino por ser cristianos guiados por el evangelio de Jesús. Y por ello mismo, la fe eclesial debe llevarla a cambiar la sociedad, si es necesario.</p>
<p>Estas dos dimensiones de la fe, individual y comunitaria, la acompañarán toda la vida. Aunque vaya dejando de lado su nacimiento y marginación, otro suceso de su vida la dominará hasta imbuirla de un complejo de culpabilidad. Es el voto que había hecho de hacerse religiosa, siendo una joven soltera. Un voto en su tiempo era algo sagrado, divino, que imperiosamente había que cumplirse. Pero ella no lo cumplió. Obligada por su familia se casó. Y esta traición a su Dios, transformada en complejo de culpabilidad, surgía en su conciencia cuando le sucedía algo desagradable a ella o a la Compañía.</p>
<p>La dirección individual y comunitaria de la fe la descubrimos en la doctrina de la Encarnación. Durante la oración Luisa meditaba frecuentemente[note]SL. E 10, día 1º; E 11, 19, 86, 88, 98, 105.[/note] sobre su vida y guiada por su fe sacó una teoría de la Encarnación que la consoló y la animó a superar su vida de sufrimiento y su complejo de culpabilidad, pero también a entregarse a Dios en el servicio a los pobres:</p>
<p>El amor de Dios para ser amor verdadero debe amar algo o a alguien que esté no sólo dentro de la divinidad -la Trinidad-, sino también fuera de ella. Así el amor divino, al proyectarse fuera de la divinidad, crea todo el universo, como objeto de su amor. Porque Dios no creó el universo de la nada -viene a decir Luisa- lo creó<em> de</em> Dios, y Dios es amor. El hombre no sólo es fruto del amor de Dios, sino que participa de ese mismo amor divino. Los hombres amamos la felicidad, pero no podemos encontrarla definitiva y completamente en las cosas creadas caducas e imperfectas. La verdadera felicidad sólo se encuentra en Dios. Pero el hombre temporal, finito e imperfecto nunca podrá unirse a la divinidad eterna, infinita y perfecta. Concluyendo Luisa que el hombre nunca podrá ser feliz. Y es entonces, cuando Dios decide por el mismo y único decreto eterno hacerse hombre. De este modo, en la Humanidad de Jesucristo los hombres pueden encontrar la divinidad y la felicidad si se incorporan a ella, si se revisten de ella. Era ella, Luisa, quien tenía que incorporarse a la Humanidad de Cristo. Conclusión que meditó frecuentemente y en profundidad:</p>
<p><em>&#8220;He visto que el poder de poseerme que tenía Dios lo debía a la excelencia del designio de Dios en la creación del hombre de unírselo estrechamente por toda la eternidad si se servía del único medio que tenía para darle, que era la Encarnación de su Verbo, el cual al ser hombre perfecto quería que la naturaleza humana participase en la divinidad por sus méritos y por su naturaleza tan estrechamente unidos&#8221;</em> (E 98, tema 1º).</p>
<p><em>&#8220;Esta unión del hombre con Dios viene a ser como una atmósfera sin la cual el alma no tiene vida, y así es como he visto la Redención del hombre en la Encarnación…, unión personal de Dios en un hombre, la cual honra a toda la naturaleza haciendo que Dios la mire en todos como su imagen&#8221;</em> (E 67).</p>
<p>La Encarnación, siguiendo a Bérulle y a los capuchinos, pasó a ser el centro tanto en su vida individual como en su compromiso de Hija de la Caridad. Hay varios indicios externos de esta afirmación: quiso hacer los votos en la Compañía el mismo día de la Encarnación, meditó el misterio y, sobre él, escribió páginas estupendas, siguiendo la doctrina escotista que hizo suya de que la salvación de los hombres se hace en la Encarnación y a la santidad se llega incorporándose a la Humanidad de Jesucristo.</p>
<p>Aunque algunas veces hable de seguir a Jesucristo y algunas más de imitarle, lo que Luisa, de acuerdo con san Vicente, aconsejaba era <em>vaciarse de uno mismo y revestirse del Espíritu de Jesucristo</em>. Imitar es copiar a un modelo que está fuera de ella, seguir es acompañar o ir detrás de alguien que va a su lado o delante, revestirse es tenerlo en su interior, es asumir sus sentimientos, virtudes y oración. Imitar y seguir es ser como Cristo, revestirse es ser Cristo mismo. Lo cual implica incorporarse a la Humanidad de Cristo y es lo que se le pide hoy en día a la Familia vicenciana: <em>enraizarse en Jesucristo en cuanto manantial y modelo de caridad</em>, siguiendo a san Pablo cuando aconseja a los colosenses: <em>&#8220;Vivid, según Cristo Jesús, el Señor, tal como le habéis recibido; enraizados y edificados en él; apoyados en la fe&#8221;</em> (2, 6-7).</p>
<p><em> </em>Luisa, siendo todavía una Voluntaria, se revistió de Jesucristo de tal manera que en algunos viajes que hizo enviada por el Director Vicente de Paúl, para visitar las Caridades, experimentó que no era ella la que obraba, sino Jesucristo que se había apoderado de ella (E 16). No es de extrañar que un día aconsejase a las Hermanas que más importante que ver a Dios en los pobres, era que los pobres viesen a Cristo en ellas (E 98).</p>
<h2><strong>La fe experimentada por el amor</strong></h2>
<p>En diálogo con san Vicente descubrió que los planes divinos eran fundar una Compañía de mujeres que se entregarían a Dios para servirle en los pobres. Pero para pasar de una fe individual a otra universal de Hija de la Caridad, la señorita Le Gras necesitaba amar a los pobres. Pues la fe es fruto y reflejo del amor a Dios.</p>
<p>Santa Luisa, siguiendo a los capuchinos, no pone la fe en la inteligencia sino en el amor, considerando la fe como <em>la</em> <em>actitud confiada que tomamos ante la vida porque amamos a Dios que está en los pobres</em>. Porque amaba a Dios se fiaba de Él, confiaba en Él y le creía. Tenía fe en Él porque le amaba, como lo afirma al meditar la frase de Juan en su primera carta (4,8):</p>
<p><em>&#8220;Quien no ama, no conoce a Dios </em><em>[no tiene fe]</em><em>, porque Dios es Amor. La causa del amor es la estima del bien en la cosa amada… y en ese amor participa el de las criaturas en cuanto a la naturaleza del amor; pero los efectos van unidos a la voluntad en la práctica de la caridad, tanto hacia Dios como hacia el prójimo, siendo esa práctica tan poderosa que nos comunica el conocimiento de Dios… de tal manera que quien más caridad haya tenido, tanto más participará en esa luz divina que le inflamará eternamente en el santo Amor&#8221;</em> (E 19).</p>
<p>Si la fe es el fruto del amor, para ser plenamente creyente hay que ser enteramente capaz de amar a Dios y estar enamorado de los pobres en donde Dios está.</p>
<h2><strong>La Fe y la vida de servicio</strong></h2>
<p>Puedo ya plantear la segunda propuesta: <em>La fe llevó a Luisa de Marillac, guiada por su director Vicente de Paúl, a servir a Dios en los pobres</em>.</p>
<p>Hasta no encontrarse con san Vicente, su fe tenía un tinte individualista y hasta egoísta; apropiada para salir del atolladero en que la había metido su vida de sufrimiento y, al recibir de la misma fe una respuesta satisfactoria, para ser santa. Sin embargo, esta dimensión de su fe juvenil le dio la base para la segunda dimensión: el servicio a los pobres. Puesta en oración, un día, pocos años antes de morir, va a aconsejar a las Hermanas a vivir el profundo Amor que Dios manifiesta a todos los hombres: <em>&#8220;</em><em>Amor de Dios hacia los hombres, que le ha llevado a querer que su Hijo se hiciera hombre, porque pone sus delicias en estar con los hijos de los hombres y para que acomodándose al estilo de los hombres, les diese todos los testimonios que su vida humana contiene de que Dios los ha amado desde toda la eternidad&#8221; </em>(E 105).<em> </em></p>
<p>El encuentro con Dios en la oración personal la lleva a descubrir a Nuestro Señor en el prójimo en forma de fraternidad. Su fe que, hasta entonces, había consistido en una relación personal con Dios se alarga a todos los pobres, hijos de Dios y hermanos de ella, a los que, como una profeta moderna, debe comunicar lo que ha visto y oído en la oración. Se lo dice a las Hermanas, refiriéndose a santa Marta: <em>&#8220;Así como ella tuvo la dicha de servir a los pobres en la persona de Nuestro Señor, del mismo modo nosotras tenemos la de servir a Nuestro Señor en la persona de los pobres&#8221;</em> (c. 316)</p>
<p>A santa Luisa de Marillac también podemos aplicar lo que Bremond dice de san Vicente de Paúl: &#8220;no fue el amor de los hombres el que le llevó a la santidad, fue, más bien, la santidad la que le hizo verdadera y eficazmente caritativo; no fueron los pobres los que le dieron a Dios; al contrario, fue Dios -es decir, el Verbo Encarnado- el que le dio a los pobres&#8221;.[note]Henri BREMOND, <em>Histoire du sentiment religieux en France, T. III, La conquête mystique, </em>Paris, Boud B. et Gay, 1923, p. 246.[/note]</p>
<p>Cuando Vicente de Paúl se encontró con la señorita Le Gras, ésta era ya una mística. Y al sacerdote Vicente -que también era un místico- le fue fácil lograr que la contemplación entre ella y Dios, la llevara a descubrirle y a servirle en los pobres, ya que Jesús <em>nos ha enseñado la caridad para suplir la impotencia de dar ningún servicio a su persona</em>, meditaba Luisa en unos Ejercicios al final de su vida (E 98, día 3º).</p>
<p>San Vicente le iba presentando día a día a los pobres y, sin forzarla, logró que diese un giro a su vida, logró que no se contentase con vivir la fe para ella sola y su hijo. Porque si Dios actúa en los sucesos de la vida, lo hace con preferencia en los que atañen a los pobres, y ella debía interpretarlos y tomar una actitud siempre en bien de esos pobres, como la tomó en 1629: <em>&#8220;Vaya, pues, señorita, en nombre de Nuestro Señor </em>-la anima san Vicente-<em>. Ruego a su divina bondad que la acompañe, que sea su consuelo en el camino… y que, finalmente, la devuelva con perfecta salud y llena de obras buenas&#8221;</em> (I, 135). Fue el paso efectivo de una fe individualista a la fe universal del evangelio.</p>
<p>Desde el cautiverio y la Noche oscura san Vicente se había convencido, de que los pobres le tocaban a él personalmente y él tenía que dar respuesta a sus problemas. Y logró convencer a la señorita Le Gras de esta verdad. No le fue difícil, pues en el inconsciente de Luisa permanecía la idea que Dios le había comunicado dos años antes, durante la Noche mística de 1623: que los pobres le tocaban a ella personalmente, y que personalmente ella debía cargar con sus necesidades. De ahí que el verdadero desafío que en adelante mantuvo santa Luisa se centrará en lograr que la fe que dominaba su vida personal, guiara todas sus actividades hacia la misión de salvar a los pobres a la que había comprometido su vida.</p>
<p>Ciertamente, desde el encuentro con los capuchinos, la fe le había dado a Luisa la capacidad de interpretar sus interrogantes de una manera nueva, llenándola de esperanza, al descubrir un nuevo sentido para su vida, un <em>significado</em> nuevo para su existencia personal que ella experimentaba marginada y abandonada, pero, desde el encuentro con san Vicente, la fe la <em>transformó</em> en una sirvienta de los pobres.</p>
<p>Si san Vicente la ayudó a transformarse en sirvienta de los pobres fue porque su fe era tan profunda que la llevaba a revestirse del Espíritu de Jesucristo y a vivir la forma de vida que exigía el Reino de Dios anunciado también para los pobres. Creer es comprometerse, como Jesús, ante las injusticias, ante los refugiados de la guerra y los emigrantes que buscan trabajo y una vida mejor. Si la fe no es la que nos ha transmitido Jesucristo, ya no es la fe de la Iglesia, como señalaba ella a sus hijas: <em>&#8220;Debemos tener continuamente ante los ojos nuestro modelo que es la vida ejemplar de Jesucristo a cuya imitación hemos sido llamadas no sólo como cristianas sino también por haber sido elegidas por Dios para servirle en la persona de sus pobres; sin esto sois las personas más de compadecer de todo el mundo&#8221;</em> (c. 257).</p>
<p>Dirigida por Vicente de Paúl, el Espíritu de Jesús le enseñaba que la humanidad entera formaba un grupo humano sólido y ella debía vivir esta solidaridad. Durante la oración descubrirá, como muchas señoras de las Caridades -no se olvide la profunda y sincera vida espiritual que llevaban-, que el Hijo de Dios, al hacerse hombre, asume la naturaleza humana, que por la Encarnación todos nos incorporamos a la Humanidad de Jesucristo, que cada pobre es un miembro doliente de esa Humanidad, que Jesús trajo el Reino de los cielos para todos, sin exceptuar a los pobres y que ella debía ayudarlos.[note]E 98, día 3º y oración 6ª, final.[/note]</p>
<p>Es cierto que la fe es personal, pero también es tan eclesial como individual, y si no se comunica termina por evaporarse. Hay que manifestarla a través de la evangelización de las gentes. Nosotros de los pobres. Cuando Pablo VI dice que <em>no hay otra forma de comunicar el Evangelio que no sea la de transmitir a otro la propia experiencia de fe</em> (EN 46), nos está indicando que la respuesta a los interrogantes de la indiferencia social actual es comunicar nuestra experiencia de la fe. Y si es necesario y apropiado para hoy, también lo era para aquella sociedad creyente y de clases altas preocupadas por vivir una verdadera vida espiritual, aunque individualista al mirar la caridad unicamente en su dimensión de santidad personal.</p>
<h2><strong>Metodología del servicio a los pobres</strong></h2>
<p>En el trato con san Vicente empezó a experimentar que su fe individual se transformaba en fe social, y asimilará tan profundamente esta doctrina que se la inculcará día a día a las Hermanas que estaban a su lado y carta tras carta a las que estaban lejos de Paris. En el catecismo que compuso para ayudar a las Hijas de la Caridad y a las Voluntarias a comunicar la fe a las niñas, descubrimos el sentido eclesial de su fe. Dios le había dado la fe a través de la Iglesia, acogiéndola y trasmitiéndole la revelación, y en la Iglesia se alimentaba su fe. Y el señor Vicente le descubrió que la fe de la Iglesia católica se manifiesta por medio del amor afectivo y efectivo a los pobres.</p>
<p>Igualmente san Vicente le comunicó lo que había descubierto en Chatillon: que el esfuerzo por configurar la sociedad presente es inoperante si se realiza aisladamente o por libre, que para ser eficaz hay que realizarlo en grupo. Y santa Luisa, convencida por su Director, lo realizó, primero, perteneciendo a las Caridades, y después, por medio de la Compañía de las Hijas de la Caridad a la que va a dedicar su vida entera. Desde entonces y a través de la historia, la Familia Vicenciana de tal manera ha manifestado su fe en el servicio a los pobres, que ha sido una cuña crítica en medio de la sociedad</p>
<p>Pero sin olvidar que el destinatario de la fe es una persona individual. Las Hermanas y las Voluntarias solían trabajar en general con niñas, familias y pobres pordioseros individuales, que generalmente no recibían ayudas de las instituciones civiles más que para evitar revueltas. Eran las cofradías religiosas quienes les daban el sentido de hijos de Dios y miembros de Jesucristo. A éstas las perfeccionaron las Caridades vicencianas y las Hijas de la Caridad que empezaron a modernizar las instituciones hospitalarias desordenadas, incómodas, desagradables y algunas, desvencijadas.</p>
<p>Considerar a los pobres como personas nominadas individualmente fue la causa por la que san Vicente logró encauzar las ayudas a los pobres en la ciudad de Macon, que hasta no llegar él habían fracasado, porque se ayudaba a los pobres en su conjunto, al colectivo de pobres innominados. El éxito estuvo en que el sacerdote Vicente de Paúl organizó las ayudas a cada pobre individualmente, escribiendo en un registro su nombre y su situación particular. Es la metodología -por llamarlo de alguna manera- del servicio directo que han usado las Voluntarias, las Hijas de la Caridad y los Vicentinos. La Familia Vicenciana, para serlo realmente, debe ayudar a los pobres directamente y no contentarse con ayudarlos sólo a través de otras organizaciones civiles, parroquiales o diocesanas, sin rechazar colaborar íntimamente con esas organizaciones.</p>
<p>La fe le decía a Luisa que Dios se servía de aquellas mujeres que había reunido en una Caridad para servir a los pobres materialmente en sus necesidades, pero le decía igualmente que Dios quería la salvación completa de esos pobres uno a uno en concreto. Y es lo que ella recomendaba a las Hermanas:</p>
<p><em>&#8220;¿Tienen servilletas en las camas de los enfermos? ¿Las tienen bien limpias? Pero, sobre todo, queridas hermanas, ¿tienen ustedes un gran amor por su salvación? Esto es lo que nuestro buen Dios espera particularmente de ustedes, y piensen que no tendrán que responder de ellos sólo durante el tiempo que los tienen en el hospital, sino que responderán también de las faltas que cometan en sus confesiones si, en lo posible, no les han instruido para hacerlas bien; y también si dejan de exhortarles, antes de que se marchen, a vivir bien.&#8221;</em> (c. 176)</p>
<p>Vienen también muy bien para hoy estos consejos que daba santa Luisa a las Hermanas de los hospitales para catequizar a los enfermos, y que en la actualidad deberíamos aplicar a los que han perdido la fe y nada quieren de Jesús. Porque las distintas ramas de la Familia Vicenciana han sido fundadas para remediar las necesidades <em>materiales y también espirituales</em>.</p>
<p>Pues no es infrecuente olvidar que la fe abarca todas las dimensiones del hombre sin separar lo espiritual de lo corporal. Si en mitad del siglo XX, cuando la sociedad española se manifestaba creyente era fácil hablar de Dios, dejando un poco de lado -no olvidadas- las necesidades materiales, hoy en día sucede lo contrario. Es fácil compadecernos de su situación corporal, dejando a la misericordia del Padre Dios su salva­ción eterna y olvidamos la verdadera libertad que nos trajo Jesucristo, al liberarnos de la esclavitud del pecado y de la muerte eterna, incorporándonos a su Humanidad.</p>
<p>Santa Luisa insiste continuamente en Reglamentos y por cartas en el servicio espiritual tanto como en el material hasta escribirlo en un pequeño estudio que hizo sobre la manera de realizar el servicio espiritual: <em>&#8220;Todas las Hijas de la Caridad estamos convencidas de que el servicio espiritual de los pobres es una de las funcio­nes principales del establecimiento de la Cofradía y Compañía de las Hijas de la Caridad&#8221;</em> (E 108). Pero la fe de la señorita Le Gras no era angelical, pisaba la tierra, y sabía que la fe lleva a luchar también por la felicidad temporal, como corregía un Reglamento para los Niños abandonados:</p>
<p><em>&#8220;La Hermana Sirviente debe cuidar de exponer a la Señora Tesorera de los Niños la necesidad de colocarlos, especialmente a los muchachos, tan pronto como ella los vea en condiciones de servir o bien de aprender un oficio, intentando, sin que ellos lo adviertan, conocer sus inclinaciones y pasiones, en particular los muchachos, para no tenerlos en la Casa mayores de 12 años… Por consiguiente, habría que reformar el artículo que habla de 16 años, a no ser en el caso de algún inválido&#8221; </em>(E 43).</p>
<h2><strong>La solidaridad en una sociedad individualista se llama compasión</strong></h2>
<p>Antes he expuesto que la fe de una persona se manifiesta de acuerdo con su sicología y la señorita Le Gras era emotiva cargada de gran afectividad. San Vicente solía decirle con emoción que cuidara su ternura. Nos recuerda su infancia desamparada y en soledad en una época en que el niño se va convirtiendo en el centro de la familia. La emotividad la llevará a buscar cariño y a quién dárselo. De ahí que se manifieste repleta de compasión hacia los que sufren.</p>
<p>También he intentado marcar que para santa Luisa la fe es amor, como lo atestigua Santiago en su carta al decir que donde no hay amor la fe está muerta (2, 17). Pero, como el amor a los pobres o a los que sufren, lo llamamos compasión, donde no hay compasión, la fe también está muerta. De Luisa de Marillac deducimos que para que la fe individual de un vicenciano pase a ser social y eclesial, debe comenzar por ser compasiva, sentirse junto al dolor de los demás, descubrir su sufrimiento y trabajar por aliviarlo, de tal manera que la compasión que sentía Jesús por los necesitados se le traspase a él. Por la fe vivimos la compasión de Jesús de Nazaret, transformada en la verdadera caridad vicenciana. Es la fe que llevaba a san Vicente a decir: <em>El Hijo de Dios, al no poder tener sentimientos de compasión en el estado glorioso que posee en el cielo, quiso hacerse hombre, para com­padecer nuestras miserias. Para reinar con él en el cielo, hemos de compadecer, como él, a sus miembros que están en la tierra</em> (XI, 771).</p>
<p>Para expresar la fe, el primer paso que debe dar un corazón compasivo, es aproximarse a los pobres y reconocer su desdicha. Cuanto más cerca estamos de una persona, más insoportable nos resulta verla sufrir. Claramente se lo expresa santa Luisa a san Vicente durante las calamidades de la Fronda, pero no es de extrañar porque era ella la que estaba con aquellas criaturas abandonadas que tenía acogidas en sus casas y las quería como a hijos suyos. Era ella la que escuchaba el dolor y la penuria de las nodrizas, pobres campesinas:</p>
<p><em>&#8220;En nombre de Dios, mi reverendísimo Padre, piense un poco si no habría que pensar en aconsejar a las señoras que no reciban más niños expósitos, para pagar las deudas, y retirar de las aldeas a todos los destetados, porque le aseguro que, en conciencia, ya no hay medio de resistir a la compasión que causan esas pobres gentes, pidiendo lo que se les debe en justicia, y no sólo por su trabajo sino por haber adelantado de lo suyo, después de lo cual se ven morir de hambre; se han visto obligadas a venir tres y cuatro veces desde muy lejos, sin recibir nada de dinero. Nosotras tenemos que atender a mucho, a la alimentación de las nodrizas y a menudo hasta a siete u ocho niños destetados, con dinero prestado; pero no es nuestro interés el que nos hace hablar, aunque de continuar así la cosa, forzosamente tendremos que gastar de lo nuestro, porque no podremos negarnos a darles lo que podamos por poco que sea&#8221; (c. 318)</em></p>
<p>Impresiona no poder pagar lo que se debe a los pobres, pero acaso duele más la compasión que siente por una mujer que no conocía, y que parece la situación de muchas mujeres de nuestro tiempo que en silencio no encuentran solución a sus necesidades: <em>&#8220;No recuerdo haber visto nunca un ser más digno de compasión que una mujer que la semana pasada intentó dos días seguidos verle a usted…, que llevaba a su caridad un escrito de su marido para que se le diese empleo o se buscase quién se lo diera. Esta pobre mujer se halla en tan extrema necesidad que duda de si no puede en conciencia aprovechar una ocasión que le ofrece nada menos que una persona a la que conoce usted y de la que se queda uno asombrado prometiéndole ponerla en situación acomodada; ella dice que sólo la necesidad la lleva a ello&#8221; </em>(c. 570)</p>
<p>Esa es la fe de la que habla Santiago. Pues, aunque parece que estos textos rezuman unicamente compasión humana, bien sabemos que era la fe en la Palabra revelada la que le recordaba que siempre que los ciegos, paralíticos y leprosos se acercaban a Jesús le gritaban, &#8220;Jesús, hijo de David, ten compasión de mí&#8221;. Es la compasión que pide a las Hermanas: <em>&#8220;Espero que les servirá de preparación a las gracias que necesitan para servir a sus pobres enfermos con espíritu de mansedumbre y gran compasión, a imitación de Nuestro Señor que así trataba a los más molestos&#8221;</em> (c. 449).</p>
<p>¡Cuántas veces escucharía lo que san Vicente decía a los misioneros!: <em>&#8220;¡Cómo! ¡Ser cristiano y ver afligido a un hermano, sin llorar con él ni sentirse enfermo con él! Eso es no tener caridad; es ser cristiano en pintura; es carecer de huma­nidad; es ser peor que las bestias&#8221;</em> (XI, 562).</p>
<h2><strong>La compasión por la salvación del pobre, fruto de la fe</strong></h2>
<p>En esta sociedad dominada por la cultura del individualismo insensible, cada vez se nos pide más compasión hacia las gentes que ya no sirven para nada. Nunca ninguna cultura ha logrado impedir que la Familia Vicenciana acuda a remediar las necesidades de los pobres a los que nadie atiende. Y esta clase de pobres todavía existen. Procurarles la subsistencia y tratarlos con compasión, es expresar nuestra fe.</p>
<p>Pero su fe iba más lejos. Sabemos que, por lo general, el enfermo es individualista, pues es él el que está enfermo y sufre. Es él quien está en peligro de morir y le duele dejar de existir. Y es fácil que los sanos no lo entiendan. Por eso podríamos aplicarnos a nosotros que tenemos fe, aquellos consejos que ella, mujer de fe realista y espiritual, escribía a todos los que personalmente sufren una enfermedad u otra calamidad:</p>
<p><em>Como estáis obligados a servir a los enfermos tanto espiritual como corporalmente, a imitación de Nuestro Señor…; del mismo modo, cuando estéis enfermos debéis estar sumisos a la voluntad de Dios, tener gran confianza en su amor, saber aprovechar todos los dolores que sintáis ofreciéndoselos a Dios en unión de los de su Hijo y que toda su esperanza de salvación descanse en la vida y muerte de Jesús Crucificado, que toméis la resolución de servir a Dios mejor que hasta ahora lo habéis hecho y tengáis en adelante gran compasión por los pobres enfermos que sufren mucho sin otra asistencia corporal ni espiritual que lo que hacéis por ellos. Será bueno pensar en los sufrimientos de nuestros pobres enfermos que tantas veces se ven solos, sin lumbre, acostados en un poco de paja, sin sábanas ni mantas, sin ningún alivio ni consuelo </em>(E 91).</p>
<h2><strong>Explicitar la fe por la compasión</strong></h2>
<p>Nos asombra que Dios venga a este mundo y se haga humano sin que nadie se lo pida, movido unicamente por su misericordia y compasión. Igualmente ir nosotros a buscar personalmente a los abandonados antes que ellos acudan a nosotros será un choque revulsivo que despierte a otras personas para que vean muchas situaciones inhumanas y se animen a compro­meterse también ellas a hacerlo.</p>
<p>A la familia vicenciana se puede aplicar lo que la fe del corazón compasivo de Luisa escribía a una Abadesa benedictina: <em>las sirvientas de las Caridades de las Parroquias atienden a los pobres abandonados, sumidos en toda suerte de necesidades y que sólo son atendidos por los servicios de estas buenas jóvenes que, desprendiéndose de todo interés, se dan a Dios para el servicio espiritual y temporal de esas pobres criaturas a las que su bondad quiere considerar como miembros suyos</em> (c. 14).</p>
<p>Van tan unidas la compasión humana y la fe que frecuentemente se las confunde. Nos volcamos a remediar las catástrofes y calamidades, impresionados por una compasión humana, pero pasadas las primeras impresiones, nos damos cuenta de que la fe está apagada y buscamos razones humanas para disculparnos: que el pobre nos engaña, que no hace lo suficiente por buscar trabajo, que ya hay establecimientos oficiales que los ayuden, etc. A estas disculpas responde Luisa de Marillac con una corrección que hizo a un Reglamento: <em>&#8220;Incluir en alguno de los artículos que no deben, en modo alguno, discutir con los forzados ni deben hacerles ningún reproche ni hablarles con dureza, sino tener gran compasión de ellos tanto por su estado espiritual, como por el corporal, que es tan de compadecer&#8221;</em> (E 43)</p>
<p>Otras veces parece que la sociedad tan sólo <em>tolera</em> a los pobres<em> </em>y hasta exige tratarlos con <em>justicia, </em>pues su persona es sujeto de derechos, pero sabemos que, si no hay fe ni amor, la solidaridad motivada por la justicia no es humana. Por eso, los vicencianos protestan que, para tratarlos con la dignidad que merece todo hombre, no es suficiente la tolerancia ni la justicia. No se olvide lo que decía Cicerón: <em>Summum jus, summa injuria</em>,[note]De oficiis, I, 10, 33.[/note] porque justicia es dar a cada uno lo que es suyo, y el pobre nada tiene, mientras que amor es dar al pobre lo que es mío.<em> </em>Bien lo sentían san Vicente, cuando daba a los pobres la categoría de <em>amos y señores, </em>y<em> </em>santa Luisa, la de <em>due­ños</em>.</p>
<p>No es que santa Luisa no defendiera la justicia, la defendía escrupulosamente hasta exclamar que era maravilloso sufrir por la justicia. Delicada en pagar la alimentación de las Hermanas que comían de los pobres o de las que pasaban por un establecimiento camino de su destino, delicada en pagar las deudas a los pobres, satisfacer el daño que se les ha podido hacer o en la venta de los vestidos de los pobres que morían. Delicada y exigente en obligar a pagar lo que se debe a las Hermanas o al establecimiento, pero siempre que se trate de los pobres mirar la prudencia y la caridad para que no queden avergonzados.[note]SL. c. 38, 178, 296, 343, 433, 444, 696, 703…, E 43, 76, 111…[/note]</p>
<h2><strong>El espíritu vicenciano y la compasión</strong></h2>
<p>Luisa pasa también a exponer dos virtudes del Espíritu vicenciano y que forman parte de la esencia de la fe cristiana: la humildad y la sencillez.</p>
<p>Para evitar que la compasión sea manifestación de la autosuficiencia del que puede y humillación para el pobre, san Vicente y santa Luisa ponen la humildad y la sencillez como parte del Espíritu de la Compañía. La fe les dice que la humildad también está en Dios que se hace hombre, en Jesús que nace en un pesebre, que se bautiza como pecador, muere en la cruz y compadecido de los hombres quiso pertenecer al colectivo humano de los marginados, <em>los humildes, los anawin </em>de la Biblia.[note]SL. c. 202, 410, 420, 622, 713…, E 23, 66, 67, 81…[/note] También a nosotros la fe y la compasión nos aconsejan pertenecer a ese grupo. Es el modo de expresar que estamos revestidos de la humildad de Jesucristo. Es, por ello, una fe humilde que nos da coraje para sacar a los pobres del pozo en el que viven y anunciarles un Reino de justicia, de amor y de paz que sea más humano y más compasivo. Porque el Rico Epulón no fue condenado por hacer daño al pobre Lázaro, le era indiferente y hasta le dejaba vivir en el portal de su casa; fue condenado por no haberse compadecido de él.</p>
<p>También la fe le decía a Luisa que la compasión debe ser auténtica, sin doblez ni engaño. Sólo porque tenía fe Luisa podía contemplar la sencillez de Jesús en la cruz, diciendo que tenía sed, o verle hacerse niño o decir a los judíos por qué querían matarle.[note]E 14, 23, 33.[/note] Leyendo las cartas de santa Luisa vemos que, mujer creyente, no consideraba la compasión sólo como una tarea, sino como el modo humano de vivir las Hijas de la Caridad al estilo de Jesús. Vivir la fe compasiva hacia el pobre es vivir la <em>sencillez, </em>presentándonos auténticos, sin engañarlos. Pero sabiendo que la sencillez no es algo externo, pues aparentar sencillez en su vida exterior también puede ser afectación. La sencillez es algo del interior del hombre de donde brota la veracidad de su servicio sincero. Por eso, la fe tampoco se apoya en la razón ni en las normas que alegaban en su interior el sacerdote y el levita insensibles al herido de la cuneta; nos apoyamos en la compasión del Buen Samaritano, en comunión profunda con la compasión de la Humanidad de Jesús. Como se apoyó san Pablo cuando escribía a los romanos: <em>Vuestra caridad sea sin fingimiento. Alegraos con los que se alegran; llorad con los que lloran. Tened un mismo sentir unos con los otros, atraídos por la humildad y la sencillez </em>(12, 9.15-16).</p>
<p>Es decir, revestirse del Espíritu de Jesucristo es asumir su misma vida para hacer presente el Reino de Dios allí donde haya hombres que han perdido o se les ha quitado la dignidad de ser humanos. Pero sin olvidar que si la naturaleza humana ha sido elevada al orden sobrenatural para vivir en un Reino de justicia, de amor y de paz, nadie ya puede ser genuinamente humano si se le impide vivir la vida sobrenatural.</p>
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		<title>Mensaje de Cuaresma 2013 del Cardenal Mario Bergoglio, hoy Papa Francisco</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Mar 2013 06:26:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Javier F. Chento</dc:creator>
				<category><![CDATA[Formación]]></category>

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		<description><![CDATA[Aires renovadores surcan por el Vaticano con el nombramiento del Papa Francisco. La sensibilidad de nuestro nuevo Papa, tan cercana a nuestro carisma vicenciano de servicio a los pobres y necesitados, se refleja claramente en su carta de Cuaresma, siendo aún arzobispo de Buenos Aires, que transcribimos a continuación: &#160; A los sacerdotes, consagrados y [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="float:right; margin:0 0 10px 15px; width:240px;">
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		</p><p><a href="http://cdn2.famvin.org/es/files/2013/03/Papa_Francisco.jpg" rel="wp-prettyPhoto[g6367]"><img class="alignright size-medium wp-image-6368" alt="EL CARDENAL ARGENTINO JORGE MARIO BERGOGLIO ES EL NUEVO PAPA" src="http://cdn2.famvin.org/es/files/2013/03/Papa_Francisco-300x300.jpg" width="300" height="300" /></a>Aires renovadores surcan por el Vaticano con el nombramiento del Papa Francisco. La sensibilidad de nuestro nuevo Papa, tan cercana a nuestro carisma vicenciano de servicio a los pobres y necesitados, se refleja claramente en su carta de Cuaresma, siendo aún arzobispo de Buenos Aires, que transcribimos a continuación:</p>
<p>&nbsp;</p>
<blockquote><p>A los sacerdotes, consagrados y laicos de la Arquidiócesis.</p>
<p style="text-align: right">Rasguen su corazón y no sus vestidos;<br />
vuelvan ahora al Señor su Dios,<br />
porque Él es compasivo y clemente<br />
lento para la ira, rico en misericordia.</p>
<p>Poco a poco nos acostumbramos a oír y a ver, a través de los medios de comunicación, la crónica negra de la sociedad contemporánea, presentada casi con un perverso regocijo, y también nos acostumbramos a tocarla y a sentirla a  nuestro alrededor y en nuestra propia carne. El drama está en la calle, en el barrio, en nuestra casa y, por qué no, en nuestro corazón. Convivimos con la violencia que mata, que destruye familias, aviva guerras y conflictos en tantos países del mundo. Convivimos con la envidia, el odio, la calumnia, la mundanidad en nuestro corazón. El sufrimiento de inocentes y pacíficos no deja de abofetearnos; el desprecio a los derechos de las personas y de los pueblos mas frágiles no nos es tan lejano; el imperio del dinero con sus demoniacos efectos como la droga, la corrupción, la trata de personas – incluso de niños – a junto con la miseria material y moral son moneda corriente. La destrucción del  trabajo digno, las emigraciones dolorosas y la falta de futuro se unen también a esta sinfonía. Nuestros errores y pecados como Iglesia tampoco quedan fuera de este gran panorama. Los egoísmos más personales justificados, y no por ello mas pequeños, la falta de valores éticos dentro de una sociedad que hace metástasis en las familias, en la convivencia de los barrios, pueblos y ciudades, nos hablan de nuestra limitación, de nuestra debilidad y de nuestra incapacidad para poder transformar esta lista innumerable de realidades destructoras.</p>
<p>La trampa de la impotencia nos lleva a pensar: ¿Tiene sentido tratar de cambiar todo esto? ¿Podemos hacer algo frente a esta situación? ¿Vale la pena intentarlo si el mundo sigue su danza carnavalesca disfrazando todo por un rato? Sin embargo, cuando se cae la máscara, aparece la verdad y, aunque para muchos  suene anacrónico decirlo, vuelve a aparecer el pecado, que hiere nuestra carne con toda su fuerza destructora torciendo los destinos del mundo y de la historia.</p>
<p>La Cuaresma se nos presenta como grito de verdad y de esperanza cierta que nos conviene a responder que sí, que es posible no maquillarnos y dibujar sonrisas de plástico como si nada pasara. Sí, es posible que todo sea nuevo y distinto porque Dios sigue siendo “rico en bondad y misericordia, siempre dispuesto a perdonar” y nos anima a empezar una y otra vez. Hoy nuevamente somos invitados a  emprender un camino pascual hacia la Vida, camino que incluye la cruz y la  renuncia; que será incomodo pero no estéril. Somos invitados a reconocer que algo no va bien en nosotros mismos, en la sociedad o en la Iglesia, a cambiar, a dar un viraje, a convertirnos.</p>
<p>En este día, son fuertes y desafiantes las palabras del profeta Joel. Rasguen el corazón, no los vestidos: conviértanse al Señor su Dios. Son una invitación todo el pueblo, nadie esté excluido.</p>
<p>Rasguen el corazón y no los vestidos de una penitencia artificial sin garantías de futuro.</p>
<p>Rasguen el corazón y no los vestidos de un ayuno formal y de cumplimiento que nos sigue manteniendo satisfechos.</p>
<p>Rasguen el corazón y no los vestidos de una oración superficial y egoísta que no llega a las entrañas de la propia vida para dejarla tocar por Dios.</p>
<p>Rasguen los corazones para decir con el salmista: <i>“hemos pecado”. “La herida del alma es el pecado. Oh pobre herido, reconoce a tu Médico!  Muéstrale las llagas de tus culpas. Y puesto que a Él no se le esconden nuestros secretos pensamientos, hazle sentir el gemido de tu corazón. Muévele a compasión con tus lágrimas, con tu insistencia, importúnale Que oiga tus suspiros, que tu dolor llegue hasta El de modo que, al fin, pueda decirte: El Señor ha perdonado tu pecado.”</i> (San Gregorio Magno) Esta es la realidad de nuestra condición humana. Esta es la verdad que puede acercarnos a la auténtica reconciliación… con Dios y con los hombres. No se trata de desacreditar la autoestima sino de penetrar en lo mas hondo de nuestro corazón y hacernos cargo del misterio del sufrimiento y el dolor que nos ata desde hace siglos, miles de años… desde siempre.</p>
<p>Rasguen los corazones para que por esa hendidura podamos mirarnos de verdad.</p>
<p>Rasguen los corazones, abran sus corazones, porque solo en un corazón rasgado y abierto puede entrar el amor misericordioso del Padre que nos llama y nos sana.</p>
<p>Rasguen los corazones dice el profeta, y Pablo nos pide casi de rodillas “déjense reconciliar con Dios”. Cambiar el modo de vivir es el signo y fruto de este corazón desgarrado y reconciliado por un amor que nos sobrepasa.</p>
<p>Esta es la invitación, frente a tantas heridas que nos dañan y que nos pueden llevar a la tentación de endurecernos: Rasguen los corazones para experimentar en la oración silenciosa y serena la suavidad de la ternura de Dios.</p>
<p>Rasguen los corazones para sentir ese eco de tantas vidas desgarradas y que la indiferencia no nos deje inertes.</p>
<p>Rasguen los corazones para poder amar con el amor con que somos amados, consolar con el consuelo que somos consolados y compartir lo que hemos recibido.</p>
<p>Este tiempo litúrgico que inicia hoy la Iglesia no es solo para nosotros, sino también para la transformación de nuestra familia, de nuestra comunidad, de nuestra Iglesia, de nuestra Patria, del mundo entero. Son cuarenta días para que nos convirtamos hacia la santidad misma de Dios; nos convirtamos en colaboradores que recibimos la gracia y la posibilidad de reconstruir la vida humana para que todo hombre experimente la salvación que Cristo nos ganó con su muerte y resurrección.</p>
<p>Junto a la oración y a la penitencia, como signo de nuestra fe en la fuerza de la Pascua que todo lo transforma, también nos disponemos a iniciar igual que otros años nuestro “Gesto cuaresmal solidario”. Como Iglesia en Buenos Aires que marcha hacia la Pascua y que cree que el Reino de Dios es posible necesitamos que, de nuestros corazones desgarrados por el deseo de conversión y por el amor, brote la gracia y el gesto eficaz que alivie el dolor de tantos hermanos que caminan junto a nosotros. Ningún acto de virtud puede ser grande si de él no se sigue también provecho para los otros… Así pues, por más que te pases el día en ayunas, por más que duermas sobre el duro suelo, y comas ceniza, y suspires continuamente, si no haces bien a otros, no haces nada grande». (San Juan Crisóstomo)</p>
<p>Este año de la fe que transitamos es también la oportunidad que Dios nos regala para crecer y madurar en el encuentro con el Señor que se hace visible en el rostro sufriente de tantos chicos sin futuro, en la manos temblorosas de los ancianos olvidados y en las rodillas vacilantes de tantas familias que siguen poniéndole el pecho a la vida sin encontrar quien los sostenga.</p>
<p>Les deseos una santa Cuaresma, Penitencial  y fecunda Cuaresma y, por favor, les pido que recen por mí. Que Jesús los bendiga y la Virgen Santa los cuide.</p>
<p>Paternalmente</p>
<p>Buenos Aires, 13 de febrero de 2013, Miércoles de Ceniza</p>
<p>V Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.</p></blockquote>
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		<title>La unión y la colaboración en san Vicente</title>
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		<pubDate>Wed, 06 Jun 2012 09:36:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>juventino</dc:creator>
				<category><![CDATA[Formación]]></category>

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		<description><![CDATA[LA  UNIÓN  Y LA  COLABORACIÓN EN  SAN  VICENTE  Y  SUS LUCES  PARA NUESTRO  HOY             Oí en un debate, durante la Asamblea Internacional de la AIC-2011, una idea que me ha ayudado mucho. Pienso que esta idea puede ayudarnos también a entender la experiencia de colaboración desarrollada por San Vicente, y que debería existir hoy [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="float:right; margin:0 0 10px 15px; width:240px;">
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		</p><p align="center"><a href="http://cdn2.famvin.org/es/files/2012/06/521894_10150665290401174_637846173_9568200_1642350238_n1.jpg" rel="wp-prettyPhoto[g5902]"><img class="alignleft size-full wp-image-5907" alt="" src="http://cdn2.famvin.org/es/files/2012/06/521894_10150665290401174_637846173_9568200_1642350238_n1.jpg" width="130" height="195" /></a>LA  UNIÓN  Y LA  COLABORACIÓN EN  SAN  VICENTE  Y  SUS LUCES  PARA NUESTRO  HOY</p>
<p><strong>            </strong>Oí en un debate, durante la Asamblea Internacional de la AIC-2011, una idea que me ha ayudado mucho. Pienso que esta idea puede ayudarnos también a entender la experiencia de colaboración desarrollada por San Vicente, y que debería existir hoy entre nosotros. Decía el conferenciante: “<em>cuando hablamos de acciones contra la pobreza, identificamos las necesidades de la persona y buscamos una respuesta. Desde mi punto de vista, creo que sería necesario invertir la noción de la palabra necesidad y llegar a decir a la persona te necesito, te necesito para construir algo juntos. Esta es la mejor manera de ayudarla a  ponerse en pie. Una foto ilustra bien esto: El Abate Pierre decía que su primer compañero fue una persona que quería suicidarse. Le dijo el Abate: Haga lo que quiera, pero yo le necesito para construir una casa, y él se convirtió en su primer discípulo</em>”<a title="" href="http://famvin.org/es/wp-admin/post-new.php#_ftn1">[1]</a>.</p>
<p>“¡Yo os necesito!” Necesito vuestra colaboración para construir juntos una obra.  Así experimentó San Vicente su relación con Dios, con las personas y con los pobres y, a partir de ahí, cambió su vida, junto con  muchas personas colaboró con Dios en la gran obra de misión y caridad con los pobres. De igual modo, hoy nosotros estamos también invitados a hacer esta experiencia de necesitar a los pobres, necesitar unos de otros, para continuar la gran obra vicenciana.</p>
<p>I &#8211; <strong>La Experiencia de San Vicente: “¡<em>Yo os necesito</em>!”</strong></p>
<p>Pobre que no quería ser pobre. San Vicente anduvo algún tiempo de su vida buscando una buena posición social. Preocupado por las financias e intereses propios, experimentó fracasos y decepciones. En la medida en que se abrió a la colaboración de los unos y los otros, su vida se transformó y se tornó muy fecunda. Veamos algunos ejemplos:</p>
<p>San Vicente delante<strong> </strong>de los pobres: “¡Yo os necesito!”<strong></strong></p>
<p>Los pobres fueron el camino que llevó a San Vicente al encuentro consigo mismo y con Dios. Como capellán de la Reina Margarita, el contacto con la muchedumbre hambrienta le ayudó a percibir la verdadera realidad de su tiempo y a preocuparse por la desigualdad social reinante en Francia. En Clichy, la experiencia pastoral con el pueblo pobre le ayudó a descubrir la verdadera religión. En Folleville y en Chatillon, los pobres pastoralmente abandonados y socialmente hambrientos le posibilitaron el descubrimiento de las profundas llamadas del Evangelio y del sentido de su ministerio sacerdotal. Conoció y escuchó los gritos externos e internos de los pobres de su tiempo. Dejó que esa realidad le tocase el corazón. Aprendió que la realidad dolorosa de los campesinos marginados, de los esclavos de las galeras, de los niños abandonados, de los enfermos sin asistencia, de los pobres hambrientos, constituía un grave desprecio a la dignidad humana de los hijos de Dios. La realidad, y sobre todo la realidad de los pobres más abandonados, le manifestaron el poder revelador y transformador de su persona y de sus compromisos.</p>
<p>En la escuela de los pobres, San Vicente trascendió la comprensión de la fe cristiana como mera adhesión a verdades abstractas, captó y discernió en la realidad concreta las llamadas de Dios, presentes en los clamores de las personas que sufrían, abandonadas y excluidas. Entendió que los pobres eran víctimas de un régimen socio-político-económico que los hacía padecer los efectos nefastos, sobre todo del hambre, la peste y la guerra. Y contra los que consideraban a los pobres como superfluos, que deberían estar recluidos para mantener el orden y limpiar las ciudades, San Vicente vio en los pobres la imagen de Cristo desfigurado, vio la dignidad de hijo de Dios desfigurada. El pobre se constituyó en un maestro que le mostró la fe comprometida con la práctica de la misión y de la caridad, y en un colaborador indispensable para el trabajo de la colaboración y de la caridad – expresión máxima de esta colaboración de los pobres encontramos en las Hijas de la Caridad, jóvenes campesinas pobres, reunidas y formadas para el servicio de la caridad.</p>
<p>La percepción de los clamores de los pobres presentes en la realidad, asumidos en una actitud activa de compasión humana y cristiana, llevó a San Vicente a la acción afectiva y efectiva de servicio a los pobres, a través de una intensa acción misionera y caritativa. Con los pobres, por los pobres y para los pobres, se abrió, con generosidad y creatividad, a las múltiples llamadas de la realidad, y ninguna miseria humana le fue indiferente.</p>
<p><span style="text-decoration: underline;">San Vicente y la colaboración de los laicos</span>: “¡<em>Yo os necesito</em>!”</p>
<p>En Chatillon, ante una familia en grave estado de abandono y de hambre, San Vicente hizo una llamada a los fieles para socorrer a esta familia. Con la colaboración de los laicos, en particular de las mujeres, comenzó la obra de las Cofradías de caridad. De vuelta a los Gondi, después de<strong> </strong>su experiencia misionera en Folleville, continuó con el incentivo y la valiosa ayuda de Madame de Gondi, para iniciar la obra de las misiones y fundar la Congregación de la Misión. Dado el aumento del servicio de los pobres y  las limitaciones de las Señoras de la alta sociedad, supo acoger la colaboración de Luisa de Marillac y de la humilde joven campesina Margarita Naseau, y así nació su iniciativa quizás más innovadora, la Compañía de las Hijas de la Caridad.</p>
<p>Estos tres acontecimientos ilustran la gran importancia de los laicos, especialmente de las mujeres, en la obra vicenciana.  Es grande la lista de los laicos, sobre todo de las mujeres que rodearon toda la vida y trabajo de San Vicente. Esta colaboración le llevó a percibir y destacar el papel y la importancia de los laicos en la misión de la iglesia. Estos tienen una vocación divina de participación en la misión de Cristo y no deben ser meros receptores pasivos, sino, más bien, deben actuar en la vida y trabajo de la Iglesia con la palabra y las acciones. Y, dentro del ministerio laical, San Vicente tuvo especialmente con las mujeres una relación<strong> </strong>fundamental para su trabajo misionero y caritativo. Como colaboradoras y mantenedoras, es notable y decisiva la presencia de innumerables mujeres en la obra vicenciana de servicio a los pobres de la ciudad y del campo. Hasta entonces, marginadas social y eclesialmente, las mujeres fueron reconocidas y promovidas  en sus valores y cualidades, y tuvieron una participación decisiva en la organización de la caridad y de la evangelización.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>3. san Vicente y sus compañeros de misión: <em>“¡Yo os necesito!”</em></p>
<p>Después del primer sermón de misión de San Vicente, en Folleville, fue preciso recurrir a la ayuda de los jesuitas de Amiens para atender a las confesiones. Durante las innumerables llamadas y necesidades de las misiones, buscó inicialmente colaboradores ocasionales entre conocidos del clero de París, y descubrió que sólo poco podía hacer. En 1625, San Vicente se asoció con unos sacerdotes, para la obra de las misiones, dando comienzo a la Congregación de la Misión.</p>
<p>El encuentro con la necesidad pastoral de los pobres fue un punto de partida para la fundación de la Congregación de la Misión. Esta nació no desde un proyecto preconcebido, sino como respuesta a las necesidades misioneras leídas a la luz de la fe. Surgió como un proyecto de colaboración entre sacerdotes para la misión. Las llamadas de Dios en la realidad llevan a las personas a sumar fuerzas y a colaborar entre sí. San Vicente supo leer esas llamadas y organizar a las personas para un proyecto misionero conjunto, de cooperación mutua, como “amigos que se quieren bien”.</p>
<p>La actitud de apertura de San Vicente para la colaboración de los otros y con los otros se manifiesta también en la configuración de la Congregación de la Misión. Después de la experiencia de muchos años, la Congregación se organizó y tuvo su estructura jurídica, comunitaria y misionera definitiva (en 1658, unos treinta y tres años después de su institución, es cuando tiene sus Reglas definitivas). Pasó por un proceso de estructuración, que recogió lo aprendido del trabajo misionero y la colaboración de sus miembros y de muchas otras personas. El resultado de esta colaboración, bajo la inspiración y coordinación de San Vicente, posibilitó la Congregación, un estilo original de vida misionera, con prácticas, estructuras y espiritualidad propias.</p>
<p>De nuevo, la Congregación se tornó instrumento y espacio de colaboración para la misión. San Vicente describía la Compañía como “pobres misioneros que vivimos simplemente con el único propósito de servir a las pobres gentes del campo.”  Y fue gracias a esos pobres misioneros congregados, en colaboración con tantas otras personas, que la evangelización de los pobres se extendió por toda Francia y por otros países, que se desarrolló como obra social de combate a la pobreza, que colaboró grandemente en la reforma del clero, que emprendió diversas y significativas iniciativas de revitalización en la Iglesia francesa del siglo XVII.</p>
<p>4. <span style="text-decoration: underline;">San Vicente diante de Luisa de Marillac</span>. “¡<em>Yo os necesito</em>!”</p>
<p>En 1625, Luisa de Marillac fue presentada por su antiguo Director Espiritual, Jean Pierre de Camus al P. Vicente para que éste fuese su nuevo director espiritual. En este acompañamiento espiritual, se desarrolló una profunda y fecunda relación de amistad, de intercambio espiritual y de servicio a los pobres.</p>
<p>Luisa era una viuda de unos 35 años,<strong> </strong>llena de sufrimientos personales e inquietudes espirituales. A partir de 1629, San Vicente de Paúl asoció Luisa a su obra caritativa. Le propone visitar las Cofradías         de Caridad, ayudando en la animación y organización del servicio a los pobres. En esta actividad, experimento Luisa el amor de Dios, revelado en Cristo evangelizador y servidor de los pobres. Se liberó de sus angustias y dudas por el amor a los pobres. El horizonte de su vida se dilató; más importante que hacer 33 actos de adoración cada día para honrar los 33 años de vida de Jesús, percibió que Dios es amor y que tenemos que ir a Él por el amor. Bajo<strong> </strong>la orientación segura del P. Vicente, abrazó una devoción liberadora, simplificó su piedad y se ocupó en las obras de caridad.</p>
<p>En el servicio de fe a los pobres, Luisa se abrió a otras cosas reveladas por Dios en los pobres y ahí se mostró una mujer fuerte, virtuosa, dotada de dones excepcionales de liderazgo y de organización, de creatividad y de audacia, lo que permitió desarrollar una fecunda<strong> </strong>interacción con San Vicente en el servicio caritativo frente a las más variadas formas de pobreza. Por la gracia de Dios y por la maestría de su director, descubrió su verdadera vocación, convirtiéndose en la primera Hija de la Caridad, y cofundadora de una nueva Comunidad, original y altamente innovadora, y que será fundamental en la expansión de la obra vicenciana de servicio a los pobres.</p>
<p>En estrecha colaboración y en espíritu de comunión con el P. Vicente y todos los demás colaboradores y colaboradoras, Luisa fue decisiva en la formación y animación de la gran red vicenciana de caridad. Con su sensibilidad femenina y sus cualidades humanas, supo  creer<strong> </strong>en la fuerza de los pequeños, en el potencial de las jóvenes campesinas pobres, y ayudó a reunirlas y a formarlas para la caridad. La colaboración establecida entre San Vicente y Santa Luisa fue más allá de una simple <strong> </strong>reunión<strong> </strong> operativa; se realizó un verdadero intercambio de dones, una reciprocidad cultivada por la mística de la caridad, por la amistad fecunda y por la ayuda mutua en el crecimiento, dirección y santidad.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="text-decoration: underline;">5. San Vicente y sus muchos colaboradores eclesiásticos y políticos:</span> “¡<em>Yo os necesito</em>!”</p>
<p>La vida de San Vicente fue una red enorme de relaciones y colaboraciones. Su acción no fue algo que naciese simplemente de su cabeza, de modo personalista y voluntarista. Fue fruto de una atenta lectura de los signos de los tiempos, de un difícil discernimiento, realizado en la convivencia, en colaboración y con la ayuda de muchas personas:</p>
<p><span style="text-decoration: underline;">En su propia realidad personal</span>, San Vicente era un hombre impulsivo, inclinado a la melancolía, tuvo que trabajar mucho sus susceptibilidades, tuvo crisis de fe, tuvo que aprender y buscar prácticas y métodos para llegar a ser un buen misionero. Se construyó personal y espiritualmente, sabiendo buscar ayuda, sabiendo, aceptando depender de los otros. En su formación inicial, contó con la generosa colaboración del Sr. De Comet. En los años difíciles de crisis y búsqueda personal (1608-1612), tuvo en Pierre de Berulle un orientador que le ayudó a superar sus crisis de fe y avanzar hacia una madurez humana y espiritual. En la elaboración de sus convicciones de fe, de su espiritualidad, supo buscar en autoridades espirituales y en amistades sólidas las luces seguras para el crecimiento en la fe, para replantear sus esquemas mentales y prácticos, como por ejemplo: en la teología del Concilio de Trento y las enseñanzas de San Ignacio, consolidó los fundamentos teológicos para su vida y trabajo; en Benoit de Canfield, descubrió la importancia de buscar la voluntad de Dios y configurarse con ella; en Berulle, encontró ayuda para reorientar su vida sacerdotal en dirección al servicio pastoral y profundizó la centralidad del Verbo Encarnado en la vida de fe; en San Francisco de Sales, acogió la concepción del amor expresado en obras, con mansedumbre y bondad; recibió mucha ayuda de la sabia y segura orientación de su segundo Director espiritual, el P. Duval.</p>
<p>b) Su relación con <span style="text-decoration: underline;">las autoridades eclesiásticas</span>, sobre todo con los obispos, fue intensa y de ahí partirán muchos de sus trabajos: inició la obra de reforma del clero después de discernir y acoger la propuesta del Obispo de Beauvais. San Vicente desarrolló sus iniciativas siempre dentro de un profundo sentido de colaboración eclesial sobre tres aspectos: Primero, buscó siempre actuar en sintonía con el pensamiento y orientaciones de la Iglesia, siguiendo fielmente las orientaciones del Concilio de Trento y las orientaciones particulares de los obispos. Segundo, siempre en espíritu de comunión y de obediencia a la Iglesia, buscó el apoyo y la aprobación del papa y de los obispos para sus iniciativas y fundaciones. San Vicente se sentía humilde y obediente servidor, siempre dispuesto a escuchar la voz del Papa y de los obispos  y aceptar sus decisiones, tanto a nivel personal como a nivel comunitario. No obstante, supo argumentar y encontrar apoyos para superar obstáculos y conseguir la aprobación del Papa y de los obispos para sus iniciativas y fundaciones (por ejemplo, la aprobación de la Congregación,  con su autonomía específica con relación a los obispos). Finalmente colocó sus iniciativas y fundaciones siempre al servicio de la Iglesia, procurando ir al encuentro de las necesidades pastorales, cuidando las llamadas de los obispos y colaborando con otras asociaciones eclesiales (Compañía del Santísimo Sacramento y Congregaciones) en obras caritativas.</p>
<p>c) Con <span style="text-decoration: underline;">las autoridades políticas y los poderes públicos</span>, San Vicente desarrolló una amplia y compleja relación colaboradora. Mantuvo una gran relación con ilustres personas y familias ricas y de gran prestigio en el escenario político y económico francés. Contó con la colaboración de los poderes públicos y de numerosas personas de la alta sociedad para consolidar sus obras misioneras y para su acción caritativa como, por ejemplo, cuando organizó durante la guerra de los Treinta Años  y las dos Frondas una inmensa red de reclutamiento, almacenamiento y distribución de ayudas que llegarían a casi todas las regiones de Francia. Por nombramiento de la Reina Regente, Ana de Austria, actuó como miembro del Consejo de Conciencia, una especie de Ministerio del Culto, que tenía varias tareas en asuntos eclesiásticos, como el nombramiento de obispos. Tuvo intervenciones claras en asuntos políticos (y sin éxito), por ejemplo: en 1638, intercedió ante Richelieu, por la paz a favor de la Lorena, víctima de las devastaciones por parte del ejército; presentó a Richelieu la propuesta de una ayuda de 3.000 libras para financiar una fuerza militar para actuar en Irlanda en defensa de  los católicos oprimidos por las tropas inglesas invasoras; por dos veces, una personalmente y otra por carta, pidió al primer ministro Mazarino, durante la guerra civil de la Fronda, su dimisión para restablecer la paz y poner fin al  sufrimiento del pueblo.</p>
<p>Hombre de su época, San Vicente aceptaba la estructura feudal social, el absolutismo del rey y la alianza entre el poder político y el poder religioso y actuaba dentro de esta estructura socio-política. Sin embargo, mostraba cierta incomodidad ante la diferencia entre sus criterios y los criterios políticos; procuraba y recomendaba no mezclar asuntos religiosos con asuntos políticos. En verdad, buscó la colaboración con el poder político, pero no era propiamente un hombre político y no obraba por motivaciones políticas y con vistas a favores y beneficios personales. Su principal preocupación era el bien público, particularmente, el bien de los pobres, y eso explica sus intervenciones directas e indirectas en la política.</p>
<p><strong>II – Elementos iluminadores para nuestra colaboración hoy como Familia Vicenciana: </strong></p>
<p>“<em>Tenemos necesidad los unos de los otros”</em></p>
<p>El trabajo emprendido por San Vicente no fue una obra de carácter meramente personal. Fue una gran obra comunitaria y participativa, un trabajo en equipo (en red, decimos hoy). San Vicente reunió a ricos y pobres, miembros del clero y laicos, hombres y mujeres. Movilizó y formó las buenas voluntades, contó con importante colaboración de otras personas para fundar sus instituciones (Cofradías de Caridad, Congregación de la Misión, Compañía de Hijas de la Caridad), implicó a los poderes públicos, vio que la colaboración era la llave para el éxito en el servicio a los pobres.</p>
<p>La experiencia de San Vicente es hoy una invitación grande para la colaboración entre los grupos de la Familia Vicenciana. En esta experiencia podemos encontrar luces y orientaciones para la colaboración entre nosotros hoy:</p>
<p>a) <strong>Una colaboración a partir de las llamadas de los pobres y en colaboración con los pobres</strong>. Toda acción participativa y comunitaria de San Vicente surgió, se estructuró y se desarrolló a partir de los pobres. A partir de la lectura de la realidad con los ojos de la fe, desarrolló una verdadera colaboración realizada en la opción solidaria por los pobres. A partir de los pobres, San Vicente convivió con los pobres, compartió sus condiciones de vida, entró en sus sentimientos, aprendió con ellos. Con los pobres, actuó a su lado, asumió su causa, defendió sus intereses, despertó su colaboración y les sirvió con amor y abnegación, humildad, sencillez, autenticidad, mansedumbre y delicadeza. Para los pobres, orientó todas sus actitudes, actividades, esfuerzos, capacidades y recursos humanos y materiales para un efectivo servicio de los pobres.</p>
<p>Hoy, esta colaboración debe nacer de las llamadas de los pobres y desarrollarse en el servicio efectivo de transformación de la realidad generadora de pobreza. Significa una búsqueda conjunta y organizada de respuestas a las llamadas concretas de los pobres, a través de una metodología de reciprocidad, que desarrolla las potencialidades y la participación de los pobres, que se encarna en la vida y en la cultura de los pobres, que verifica el diálogo entre el saber, la cultura y la fe del pobre y de los agentes servidores compañeros de los pobres. La verdadera colaboración a favor de los pobres no puede ser lugar de experimentos e improvisaciones para negocios y comportamientos particulares y sectarios, y para buscar la satisfacción de intereses financieros  de grupos y personas.</p>
<p>b) <strong>Una colaboración a favor de los pobres a partir de la mística evangélica de la fe, la esperanza y  la justicia</strong>. San Vicente amó y sirvió a los pobres dentro de una mística de caridad evangélica: “<em>La caridad está por encima de todas las reglas y es preciso, después, que todas las cosas se relacionen con ella. Es una gran dama, es necesario hacer lo que ella manda</em>”; “<em>No puede haber caridad si no va acompañada de la justicia”; “La caridad es inventiva hasta el infinito</em>”. En los evangelios, entre Jesús y el pobre existe una relación inmediata: lo que se hace al pobre se hace a Cristo. El pobre es mediación viva del Señor, su expresión real y no simplemente un intermediario. Él es, en este sentido, sacramento de Jesús: manifestación y comunicación de su Misterio, lugar de revelación y presencia. La percepción de las llamadas de los pobres, leídas a la luz de la fe, llevó a San Vicente a descubrir y seguir a Jesucristo evangelizador y servidor de los pobres. Encarnó en su vida la alianza de amor, en Cristo, con los pobres. <em>“Sirviendo a los pobres se sirve a Jesucristo”</em>.</p>
<p>Esta mística evangélica experimentada por San Vicente fundamenta y motiva toda la colaboración vicenciana. “La caridad es un amor elevado por encima de los sentidos y la razón”, es don del Espíritu, es el alma y la medida de nuestra acción. Es el principio del discernimiento, y guía de toda nuestra acción y nuestra vida de fe. Es la fuerza transformadora de la vida, de la sociedad, que proyecta una luz nueva sobre las relaciones personales y sociales y que requiere actitudes nuevas de respeto a la dignidad humana, de justicia, de amistad, de solidaridad…La caridad nace de la fe y camina con la justicia, confiere un sentido pleno, libertador y divino a la vida y el trabajo vicencianos. La caridad permite experimentar en profundidad la amplitud del verdadero amor social.</p>
<p>La caridad posibilita generar en las personas comprometidas en la acción pastoral nuevos valores, experiencias, actitudes y prácticas, más allá<strong> </strong>de la ejecución de las actividades y de la búsqueda de resultados objetivos y materiales establecidos en la acción meramente social. Posibilita a los implicados, la construcción de una vida y una acción comprometidas en la búsqueda de una sociedad solidaria, con el nacimiento  de nuevas relaciones humanas<em>,</em> basadas en la gratuidad y en la fraternidad, en el desarrollo de un sentido pleno de la vida. Sin la caridad, la colaboración a favor de los pobres puede, con la ayuda de los sofisticados y avanzados medios y recursos modernos, alcanzar éxitos y producir resultados, pero estará vacía de calor y afecto, de  sueño y esperanza, y será incapaz de promover un verdadero desarrollo humano integral de las personas más pobres y vulnerables.</p>
<p>c) <strong>Una</strong> <strong>colaboración con profundo sentido eclesial</strong> La colaboración desarrollada por San Vicente no es una obra aislada, es parte de la vida y de la acción de la Iglesia. La Comunidad Eclesial es el cuerpo místico de Cristo, comunidad evangelizadora y misionera para el servicio de la misericordia y de los pobres. A partir de esta comprensión, insistió en la importancia de la unión y de la comunión dentro de la comunidad y en toda la Iglesia: insistió en la colaboración y corresponsabilidad de todos para el bien del cuerpo dentro de la diversidad de funciones y en el servicio de misericordia para con los pobres, los miembros sufrientes de la Iglesia.</p>
<p>La colaboración vicenciana tiene que ser una expresión viva de misión y caridad a favor de los pobres, dentro de la Iglesia, con la Iglesia y para el bien de la Iglesia. Nuestra identidad vicenciana se fundamenta y se construye en el compromiso misionero y caritativo con los pobres. Este compromiso es el que define nuestro lugar específico y nuestra colaboración dentro de la Iglesia. La colaboración vicenciana, en unión con el Papa y Obispos, inserta en la realidad pastoral de nuestras Iglesias Particulares, en hermandad con los grupos eclesiales, debe sumar fuerzas, siempre en dirección a un testimonio profético y misionero a favor de los pobres. Lejos de nosotros una acción aislada o paralela, lejos de nosotros el vaciamiento de nuestra espiritualidad, lejos de nosotros la tentación de una acción de éxito, de prestigio social y eclesial, en perjuicio del compromiso articulado y liberador junto con los pobres.</p>
<p>d) <strong>Una colaboración que empodera a los pobres y a los colaboradores de los pobres</strong> – San Vicente fue maestro de empoderamiento<a title="" href="http://famvin.org/es/wp-admin/post-new.php#_ftn2">[2]</a>, desarrolló procesos que ayudaron a las personas a manejarse  en la vida y en el servicio y, ayudaron particularmente a los pobres, las mujeres, los padres, a descubrir su dignidad y su fuerza para buscar una vida mejor, de más dignidad y justicia. La cooperación en el trabajo con los pobres consiste en ayudar a los pobres y sus compañeros a descubrir su propio poder para desarrollarse y auto-liberarse de toda esclavitud, vulnerabilidad y pobreza – de hecho los pobres, cada compañero, tiene un poder, una fe capaz de evangelizar y desencadenar procesos de renovación y liberación. La práctica de la colaboración misionera y caritativa debe ser una acción a partir de la fe capaz de ayudar a todas las personas a descubrir y desplegar su fuerza interior, capaz de transformarse a sí misma y de transformar la realidad en la que vive. Es necesario conocer esta riqueza que toda persona, que cada asociación<strong> </strong>en  trabajo de equipo, contiene dentro de sí. Trabajar para desencadenar un proceso de empoderamiento es una tarea importante y urgente, como fuerza y poder para un crecimiento y liberación personal y social. En esta articulación y empoderamiento de fuerzas, dentro del espíritu vicenciano, resulta importante saber acoger y movilizar a los propios pobres para el servicio, valorar y promover el potencial misionero de los laicos, en especial de las mujeres, para empeñarse con todas las fuerzas en la formación de colaboradores, dándoles capacitación técnica, humana y espiritual, volviéndolos no funcionarios sino servidores.</p>
<p>e) <strong>Una colaboración creativa, actualizada y diversificada que articula las buenas decisiones dentro de la Iglesia y de la sociedad</strong>. San Vicente, con conceptos y medios propios de su tiempo, emprendió el servicio de los pobres entendido como defensa y promoción de la dignidad de los hijos de Dios: actuó de modo caritativo en distintos frentes combatiendo la pobreza, con la participación de personas y organizaciones dentro de la Iglesia.</p>
<p>La experiencia de San Vicente sumando las fuerzas vivas a favor de los pobres es un horizonte a explorar en la colaboración vicenciana. La caridad, que camina de la mano con la justicia, indica que la acción de asistencia y promoción social de los pobres debe buscarse primero como servicio a los legítimos derechos de la persona, donde el pobre no es objeto de un favor, de un acto caritativo, sino sujeto de derechos. Este servicio de caridad plantea una cuestión socio-política, exige la búsqueda de los legítimos derechos humanos  y la acción contra los factores injustos,  acumuladores de riqueza y generadores de empobrecimiento.</p>
<p>La acción vicenciana debe sumar fuerzas con los distintos actores sociales, los pobres, los políticos, las organizaciones sociales, los movimientos populares, para que cada uno, según sus posibilidades y cualidades propias, se unan en una obra común a favor de una sociedad más justa, humana y solidaria. Ciertamente, como aconteció con San Vicente, esta colaboración exigirá mucho aprendizaje y discernimiento y exigirá asumir y superar los muchos conflictos posibles. Es necesario que la aportación vicenciana se oriente siempre por los criterios del evangelio de justicia social, de la doctrina social de la Iglesia. En todo resulta necesario actuar con capacidad crítica, en interacción con la realidad y las fuerzas sociales, y actuar siempre en beneficio de los intereses de los pobres. Sin dejarse manipular y sin caer en la búsqueda y defensa de intereses injustos, partidistas y contrarios a la causa de la justicia y de la fraternidad.</p>
<p>f) <strong>Colaboración en la reciprocidad humilde e intercambio de dones</strong>. Mirando a San Vicente no como centro, sino a partir de las personas, de sus innumerables colaboradores que están a su alrededor, descubrimos a un San Vicente como un ejemplo de articulación de fuerzas, de organización de buenas voluntades, un notable ejemplo de quien se sintió necesitado del otro y se abrió a la ayuda mutua. No es fortuito que en toda su vida y obra colocase la humildad como virtud fundamental. La humildad, la virtud de Jesucristo, implica admitir que todo el bien viene de Dios. Incluye el reconocimiento de nuestras limitaciones, acompañado de la confianza sin límites en Dios.</p>
<p>La humildad supone un constante vaciarse de sí mismo, de la arrogancia, de la prepotencia y autosuficiencia. Nos hace dependientes de Dios y exige una interdependencia entre las personas. Nadie se basta a sí mismo; ninguna rama de la FV puede considerarse autosuficiente, ni necesitada de ayuda. La colaboración nos lleva a considerar el pobre y los otros colaboradores como alguien que tiene cualidades y capacidades a desarrollar, y que pueden ayudarnos a crecer en la caridad. Una actitud nueva de reciprocidad, de interdependencia y de apertura a la colaboración del otro requiere una relación fraterna, sin discriminación ni intereses de poder. En el humilde intercambio de dones se hace posible el crecimiento en la caridad y la constitución de una verdadera alianza en la misión vicenciana.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p align="center">…………………………………………</p>
<p>“Es necesario correr para atender a las necesidades de nuestro prójimo como si se tratara de extinguir un incendio”, decía San Vicente. Con palabras, actitudes y acciones eficaces, asumió como propia la realidad de los pobres y se empeñó en socorrerlos, en la medida de lo posible, en sus necesidades.  El hizo todo eso tratando de unir y organizar todas las buenas voluntades, de modo que corriesen juntas, unidas, organizadas y en régimen de colaboración. Siguiendo los pasos de San Vicente, que la Familia Vicenciana sepa unirse, organizarse y avanzar todos juntos para colaborar en la gran tarea de servir a los pobres.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>P. Eli Chaves dos Santos, CM</p>
<p>Roma, marzo de 2012</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>A la luz del testimonio de San Vicente, ¿cómo podemos colaborar entre nosotros como Familia Vicenciana, para construir juntos la gran obra vicenciana de misión y caridad en favor de los pobres?</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>                </strong>              Traducido del portugués por Félix Álvarez Sagredo, CM</p>
<p>&nbsp;</p>
<div>
<hr align="left" size="1" width="33%" />
<div>
<p><a title="" href="http://famvin.org/es/wp-admin/post-new.php#_ftnref1">[1]</a> Tomado de la conferencia de Elena Lascida, <em>La educación como medio para erradicar la pobreza</em>, pronunciada en la Asamblea Internacional de la AIC, en el Escorial, 2 de abril de 2011 – <a title="AIC International" href="http://www.aic-international.org/">www.aic-international.org</a> &#8211; As</p>
</div>
<div>
<p><a title="" href="http://famvin.org/es/wp-admin/post-new.php#_ftnref2">[2]</a> Tomo aquí la palabra “empowerment”, que puede traducirse por “empoderamiento”, y consiste en un proceso de reconocerse en alguien o poder desarrollarse a partir de sus propias capacidades para conseguir ser el autor de toda acción de cambio personal y social.</p>
</div>
</div>
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		<title>Las “fatigas” de San Vicente</title>
		<link>http://famvin.org/es/2012/05/29/las-fatigas-de-san-vicente/</link>
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		<pubDate>Tue, 29 May 2012 04:38:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Javier F. Chento</dc:creator>
				<category><![CDATA[Formación]]></category>

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		<description><![CDATA[&#8220;El Reino de Dios es semejante a un hombre que sembró buen grano en su campo&#8221; La siembra de Dios siempre es fecunda con tal que caiga en buena tierra. En otro tiempo esta siembra cayó en un hombre llamado Vicente y dio mu­chísimo fruto. Y ésto no se logró sin fatiga y cansancio, sino,al [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="float:right; margin:0 0 10px 15px; width:240px;">
		<img src="http://cdn2.famvin.org/es/files/2012/05/corazón.jpg" width="240" />
		</p><p><a href="http://cdn2.famvin.org/es/files/2012/05/corazón.jpg"><img class="alignright size-full wp-image-5873" src="http://cdn2.famvin.org/es/files/2012/05/corazón.jpg" alt="" width="270" height="300" /></a>&#8220;El Reino de Dios es semejante a un hombre que sembró buen grano en su campo&#8221;</p>
<p>La siembra de Dios siempre es fecunda con tal que caiga en buena tierra.</p>
<p>En otro tiempo esta siembra cayó en un hombre llamado Vicente y dio mu­chísimo fruto. Y ésto no se logró sin fatiga y cansancio, sino,al contrario, su­perando una gran fuerza de inercia en sentido contrario (Vicente aspiraba a su propia promoción social y económica)</p>
<p>La vida de San Vicente puede dividirse en tres momentos o, mejor, en tres “fatigas&#8221;: la fatiga de nacer, la fatiga de engendrar y la fatiga de morir.</p>
<h2><strong>1) La fatiga de nacer</strong></h2>
<p>En un texto admirable, San Vicente dirigiéndose a los misioneros, se expresó asi:</p>
<p style="padding-left: 30px"><em>“</em><em>Serán gentes comodonas, personas que no viven más que en un pequeño circulo, </em><em>que limitan su visión y sus proyectos a una pequeña circunferencia, </em><em>en la que se cierran como en un punto, sin querer salir de ella;</em></p>
<p style="padding-left: 30px"><em>y si les enserian algo fuera de ella y se acercan para verla enseguida se vuelven a su centro lo mismo que los caracoles a su concha&#8221;</em> (XI,4 p.397)</p>
<p>Casi la mitad de la vida del señor Vicente estuvo bajo el signo de esta ten­tación: retirarse en su concha, lograr sus propios objetivos (&#8220;una buena posición que solucionase los problemas familiares&#8221;)</p>
<p>La irrupción de Dios en la vida de Vicente no se hizo sin resistencia. Y nosotros hoy admiramos el resultado. Pero !qué cansancio! !qué fatiga para nacer! !qué fatiga para transformar su resistencia granítica en una existencia flexible como un junco en las manos de Dios!</p>
<p>Finalmente, lo que prevaleció fue el realismo del hombre moderno. Porque deseo que quede bien claro que Vicente es uno de los autores de la revolución copernicana en la vida de la Iglesia: se apasionó de tal manera de Dios que vivió en su totalidad la pasión de Dios por el hombre.</p>
<p>Y así, nos ha enseñado a hacer del hombre un apasionado de Dios.<span style="text-decoration: underline"><br />
</span></p>
<h2><strong>2) La fatiga de engendrar </strong></h2>
<p>En una carta a Bernardo Codoing, con fecha 1 de Abril de 1642, para transmitir una enseñanza muy importante, a saber, que Dios obra de manera humilde y suave, Vi­cente evoca un recuerdo autobiográfico:</p>
<p style="padding-left: 30px"><em>&#8220;Acuérdese de que tanto usted como yo estamos sujetos a mil asaltos de la na­</em><em>turaleza, y de lo que le dije de que cuando me encontraba en cierta ocasión </em><em>al comienzo de proyectar la Misión, en esa continua preocupación de espíritu </em><em>desconfiando por ello y sin saber si procederla de la naturaleza o del espí</em><em>ritu maligno</em><em></em><em>hice expresamente un retiro en Soissons para que Dios quisiera quitarme del espíritu el gusto y la emoción que sentía en este asunto, y Dios </em><em>quiso escucharme de forma que, por su misericordia, me quitó este gusto y es­</em><em>ta emoción y permitió que cayese en las disposiciones contrarias, y me parece </em><em>que, si Dios le da, alguna bendición a la Misión y yo no la escandalizo tanto, </em><em>debe atribuirse a esto, después de Dios, y deseo permanecer en esta práctica </em><em>DE NO CONCLUIR NI EMPRENDER NADA,MIENTRAS ME DUREB ESTOS ARDORES DE ESPERAN­</em><em>ZA ANTE LA VISION DE GRANDES BIENES</em>&#8221; (11,204)</p>
<p>Vicente era, pues, todavía demasiado él mismo, demasiado gascón. Probablemente era consciente de que la obra de Dios se desarrollaba, que algo crecía, pero también que era todavía demasiado rígido, estaba demasiado replegado en si mismo. El no tenía el abandono de los hijos y la libertad de las golondrinas.</p>
<p>Y Dios finalmente<sub>, </sub>le liberó.<br />
Y Vicente fue capaz de engendrar<br />
Primero a Portail, du Cudray, de La Salle<br />
Luego a Luisa, Margarita&#8230;</p>
<p>En tres siglos y medio cuántas existencias se han vinculado a la suya. Y, hoy, nosotros mismos no podemos negar que nos jugamos la vida sobre él.</p>
<p>Pensemos en la fatiga suya durante la generación. Todos los que han ido lle­gando a la Misión después de él, y nosotros entre toda una multitud, han sido &#8220;su peso y su dolor han estado presentes en sus vigilias y en su oración, y también, han sido tal vez, la alegría para ese corazón de anciano que no cesaba de maravillarse cada vez que se Vela era objeto de una preferencia de parte de Dios.</p>
<h2><strong>3) La fatiga de morir </strong></h2>
<p>El Diario de Jean Gácquel (XII,190 ss.) presenta, entre otros, dos hechos que conmueven.</p>
<ul>
<li>en un momento dado dice Vicente &#8220;Basta&#8221;. Y se reza; rezan mucho en torno suyo y con él. Ahora, hace ya muchos años que su vida es como una lámpara encendi­da. Y ahora dice &#8220;Basta&#8221;. No por que se haya colmado la medida, sino para dejar este trabajo a otros: a los suyos, a nosotros.</li>
<li>el segundo hecho que sorprende es su manera de morir. No se extinguió en una montaña como Moisés, no fue arrebatado al cielo como Ellas. Murió sentado &#8220;en su si­lla, vestido&#8221;. Y hasta, el final siguió en su puesto cerca del fuego.</li>
</ul>
<p>Y AHORA somos nosotros los que tenemos el deber de nacer, de engendrar, de morir. NACER, es &#8220;salir de su concha&#8221; y &#8220;ver de cerca&#8221;. ENGENDRAR es saber que estamos llamados no a una vida árida e inútil, sino a una paternidad-maternidad que se abre al destino del mundo y de los más abandonados de entre los hombres. MORIR, en fin, a nosotros mismos, a fin de llevar, en las diversas realidades en donde vivimos, un men­saje que tiene la vitalidad formidable de las fuerzas que cambian el curso de la historia.</p>
<p>Sobre este punto, quisiera citar un texto de San Vicente. Realmente es un poco ingenuo pero habla y me parece que prueba lo que tengo que decir.</p>
<p>En la Conferencia del 6 de Enero de 1658 a las Hijas de la Caridad, San Vicente ve la génesis de la guerra y de la revolución en la murmuración:</p>
<p style="padding-left: 30px"><em>&#8220;¿De dónde creeis que han venido todas las guerras que ha habido y hay </em><em>todavía en Francia? Todo esto ha venido, de ciertas personas</em><em></em><em>que llevadas de un mal espíritu, se han puesto a criticar la conducta del Estado</em><em>. </em><em>Sí; </em><em>basta solamente con una persona que no quiera al Rey por cual</em><em>quier causa, para que a </em><em>esa </em><em>persona, preocupada por esa pasión, las cosas le </em><em>parezcan muy diferentes de lo </em><em>que son. </em><em>Le dirá a otra: &#8220;Este no cumple </em><em>bien con su </em><em>deber; si </em><em>no ponemos cuidado, va a destruir todo el Estado&#8221;. </em><em>Este segundo se lo dirá a un tercero, el cual si ya ha oído hablar de </em><em>ello, se confirmará en esta opinión y dirá: &#8220;Tienes razón&#8221;. Luego ese </em><em>tercero se lo dirá a un cuarto. Y a continuación ya está todo el Esta</em><em>do agitado y revuelto. Ya no mirarán al rey mas que como a una persona </em><em>que administra mal el reino. Y de ahí es de donde nacen todas las re­</em><em>vueltas</em>”. (X,1004)</p>
<p>Hoy, y termino, me parece que San Vicente nos dice: &#8220;Haz lo mismo&#8221;. El mal hay que arrancarlo y el bien, por fuerza, debe expandirse. La vida es un don precioso, nos da ideas, nos lleva a encontrar a otras personas, nos hace, con todos los problemas, respirar la comunidad y vivir con el corazón dilatado a las dimensiones del mundo. ¿Por qué no decirlo? ¿Por qué no hablar de ello? ¿Por qué no actualizar una revolución capaz de rehacer a la comunidad y volver a darle un impulso? Los &#8220;huesos disecados&#8221; de que nos habla el profeta Ezequiel pueden y deben resurgir. &#8220;Pongamos en práctica todas las palabras que el Señor ha dicho&#8221;. Tengamos presentes las palabras del poeta R. Tagore: &#8220;He buscado a Dios y no lo he encontrado; me he buscado a mí mismo y no me he encontrado; he buscado a mi prójimo y me encontrado conmigo mismo y con Dios&#8221;.</p>
<p>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8211;</p>
<p>Autor: Mitxel Olabuenaga, C.M.<br />
Tomado de <a href="http://somos.vicencianos.org/">Somos Vicencianos</a></p>
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		<title>La historia de los pobres según san Vicente</title>
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		<pubDate>Tue, 22 May 2012 05:49:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Javier F. Chento</dc:creator>
				<category><![CDATA[Formación]]></category>

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		<description><![CDATA[Cuando  estudiaba Teología siendo seminarista, uno de los teólogos más po­pulares, que tenía una gran influencia y que leíamos con frecuencia, era el alemán Karl Rahner. Nosotros, estudiantes, bromeábamos diciendo que Karl Rahner ex­plicaba en la primera parte de todos sus artículos lo que no iba a hacer. Esta mañana, yo quisiera utilizar la misma [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="float:right; margin:0 0 10px 15px; width:240px;">
		<img src="http://cdn2.famvin.org/es/files/2012/05/corazon.jpg" width="240" />
		</p><p><a href="http://cdn2.famvin.org/es/files/2012/05/corazon.jpg" rel="wp-prettyPhoto[g5857]"><img class="alignright size-full wp-image-5858" src="http://cdn2.famvin.org/es/files/2012/05/corazon.jpg" alt="" width="270" height="300" /></a>Cuando  estudiaba Teología siendo seminarista, uno de los teólogos más po­pulares, que tenía una gran influencia y que leíamos con frecuencia, era el alemán Karl Rahner. Nosotros, estudiantes, bromeábamos diciendo que Karl Rahner ex­plicaba en la primera parte de todos sus artículos lo que no iba a hacer. Esta mañana, yo quisiera utilizar la misma técnica, diciéndoles lo que no voy a hacer.</p>
<p>No voy a describir las diferentes clases de pobres de quienes san Vicente y santa Luisa se ocuparon en su tiempo. Los enfermos, los hambrientos, los huérfanos, los esclavos, los enfermos mentales, los heridos y todos los po­bres que lo fueron en tiempos de san Vicente por las mismas razones que hoy: estructuras injustas, prejuicios, guerra, hambre, enfermedad, codicia y egoísmo continúan llenando el mundo de pobres. Estudiar estas estructuras y la manera de cambiarlas merecería la pena para todos nosotros, pero no lo voy a hacer ahora.</p>
<p>No voy a hablar de los medios variados y creativos con los que san Vicente respondió a la pobreza de su tiempo, ni de los diferentes grupos que formó para responder a ella con sus dones respectivos. Es un estudio que también vale la pena, pero no es la tarea que me he propuesto hoy.</p>
<p>No voy a analizar el carisma administrativo de san Vicente y cómo aprendió a organizar y a financiar tantos servicios y &#8216;&lt;ministerios» diferentes estable­cidos por él y sus compañeros. Como en muchos otros sectores, la atención y la disciplina de san Vicente en estos asuntos pueden ayudarnos a orientar bien nuestro trabajo, pero no es ésta mi finalidad.</p>
<p>Todas estas posibilidades son muy importantes e instructivas y formarán parte de sus reflexiones durante estos días, pero no es éste mi objetivo.</p>
<p>Al reflexionar en la estructura general y en el enfoque de su trabajo, he pen­sado fijarme en lo fundamental. Mi objetivo es poner de relieve los elementos más importantes que definen para mí, para nosotros, la visión de san Vicente de Paúl sobre el servicio a los pobres. Es la vuelta a las fuentes de nuestro carisma. No voy a decir nada nuevo. Las invito solamente a examinar, juntamente conmigo, los valores fundamentales que caracterizan nuestro carisma tal como lo vivió san Vicente de Paúl y tal como debe vivirse hoy:</p>
<ul>
<li>Cristo está presente en el pobre.</li>
<li>La responsabilidad de atender a los pobres puede y debe compartirla toda la comunidad cristiana.</li>
<li>El pobre debe ser servido y respetado como individuo.</li>
<li>El servicio a los pobres es una experiencia que nos enriquece humana y espiritualmente y que perfecciona nuestro ser humano y espiritual.</li>
</ul>
<p>Mi estilo de presentación es más personal que profesional, más familiar que el de una conferencia; más que dar información, invita a la participación. Les propon­go volver a examinar conmigo algunos de los fundamentos de nuestro carisma y a profundizar en ellos en vez de a acumular más información sobre dicho carisma. Por esta razón, mi estilo va a ser sumamente sencillo: hablaré de cosas ya bien conocidas, contaré historias y pondré ejemplos caseros. Quisiera centrarme en algunos elementos que considero esenciales para nosotros.</p>
<p>Y contarles historias será mi técnica.</p>
<p>Las historias permiten decir la verdad que va más allá de los simples hechos. Captan la atención sobre el sentido de los acontecimientos y de las personas, más que sobre los detalles. Nada hay que capte más la atención y que avive la imaginación de las personas que una buena historia cuidadosamente relatada. Lo mismo que una pieza de música se puede escuchar una y otra vez, o un objeto de arte puede visitarse varias veces, así una buena historia tiene una belleza y una significación que requieren reflexión y aplicación posterior. Las historias ofre­cen al narrador una libertad que le permite ser inventivo y creativo en sus des­cripciones para darles un verdadero significado. Y las historias nos invitan a entrar en las situaciones, a asumir diferentes papeles y a aprender mediante esa par­ticipación. Unas veces podemos ser el príncipe o la princesa y otras la hechicera o el lobo.</p>
<p>Uno de los modos de ver la Sagrada Escritura es considerarla como una Historia Sagrada. El Antiguo Testamento está lleno de historias: de la creación y de la gracia, del pecado y de los distintos caminos escogidos por Dios para su pueblo elegido. En el Nuevo Testamento reconocemos que Jesús tenía un don excepcional de narrador. Las parábolas de Jesús son historias breves pero llenas de significado; los acontecimientos de la vida de Jesús son historias que nos hablan de El y de su doctrina. Las historias nos incitan a conocer a Jesús y su camino, las historias tienen un poder enorme.</p>
<p>A los niños les encantan las historias. Les gusta oírlas y volverlas a oír una y otra vez sin cansarse. Para ellos, la historia es siempre fuente de alegría y se aprende y refuerza la misma lección en cada relato. ¡Pobre del que cambie una sola palabra del cuento conocido de memoria por el niño que escucha!</p>
<p>Pero, al crecer perdemos a veces esta capacidad de escucha. Para quienes conocen bien la Biblia —o que piensan conocerla— es difícil escuchar una historia ya muy conocida. Una vez que escuchamos el principio de la lectura, inconcien­temente dejamos a veces de escuchar. Reconocemos la historia de la Creación, la de Jonás, de la oveja perdida, y entonces prestamos poca atención. Es un problema serio; al dejar de escuchar, la historia deja de aportarnos sorpresas y nuevos desafíos y de abrir nuevos horizontes. Es un situación terrible. Nuestra fe ha envejecido. Conocemos las palabras pero hemos congelado su sentido. Para subsanar esta situación hace falta especial cuidado y mucha atención. Lo mismo que ocurre con la Sagrada Escritura puede ocurrir con las historias de nuestra herencia vicenciana.</p>
<p>Nos reunimos durante estos días como miembros de la Familia Vicenciana y como miembros que sirven en nuestras Comunidades como Ecónomos. Me pare­ce que debiera yo decirles hoy algo nuevo, algo que les impresionara y que reordenara su forma de pensar sobre la gestión económica de san Vicente; pero me resisto a esta tentación. Somos miembros de una misma Familia, tenemos las mismas tradiciones y compartimos muchas de ellas. Al estudiar el programa veo que hemos llegado a lo que atañe a nuestra tradición. Es ahora cuando hemos de volver a las historias de los orígenes y dejar que nos hablen como por primera vez. Allí es donde encontramos nuestras raíces y nuestra inspiración. No es para en­cerrarnos en el pasado sino para sugerir orientaciones para el futuro.</p>
<p>Y en las historias bien conocidas de nuestra herencia, quizá podamos descu­brir muchas luces. Escuchémoslas con apertura y avidez que favorezcan la sor­presa, la alegría y el deseo de un nuevo compromiso.</p>
<h2><strong>1. Cristo presente en el pobre</strong></h2>
<p>La historia de la conversión de san Pablo de Tarso nos ofrece un buen punto de partida. Recordarán que Pablo era un feroz perseguidor de la comunidad cristiana. No debemos suponer que esto se debía a que no comprendía la fe de los cristianos. No era ese el caso. Conocía las creencias de Israel, pero no veía que las enseñanzas sobre Jesús de Nazaret iban en esta línea. Mas, cuando encuentra a Jesús en el camino de Damasco, todo cambia. Pablo no recibió más información que la de que Jesús está vivo, que ha resucitado de entre los muertos. Al comprender esto, cambió su conocimiento de Jesús y sus creencias anteriores. Así, todas las enseñanzas de Israel cobraron un significado más nuevo y más profundo; ahora toda la información que tenía acerca de Jesús de Nazaret la veía con una nueva luz. Pablo sabía que los cristianos creían y predicaban que Jesús había resucitado de entre los muertos, ahora también él lo creía y en ello radica toda la diferencia. Esta certeza cambió todas las demás cosas en las que creía y la forma de orientar su vida. Pablo proclamará incesantemente que Jesús vive y dará su vida por esta Verdad. La visión del camino de Damasco fue una expe­riencia luminosa para Pablo, pero necesitó años para comprender su pleno signi­ficado para él mismo y para su ministerio. Fue conociendo progresivamente lo que el Señor le pedía. Como Cristo estaba presente entre los cristianos perseguidos, Pablo se mantendría a su lado con el fin de estar más cerca de Cristo.</p>
<p>Vicente tuvo una experiencia paralela. Quizá no un encuentro deslumbrante pero no por eso menos eficaz. Supo que Jesús está presente en el pobre y que por eso ellos son nuestros <em>«Amos y señores». </em>Esta visión de Cristo en los pobres nos la demuestran muchos pasajes de los Evangelios y es una creencia a la que los cristianos siempre han prestado atención. La gran diferencia para san Vicente es que él lo creyó realmente. Esto es lo más importante. Para él esto fue más que una declaración de fe cristiana, fue el principio que guió toda su vida y su ense­ñanza. Es imposible pasar esto por alto. En la historia de san Vicente es el punto de partida para comprender lo que él fue. Creía que Cristo está presente en el pobre. Era la fuente de todas sus acciones y lo que le permitía poner todo en marcha para el servicio.</p>
<p>¿Es ridículo insistir en este punto esencial de la conversión de san Vicente? Quizá, pero para mí es un punto esencial de su carisma. Ver a Cristo en el pobre es una gracia especial, pero para san Vicente no fue una iluminación repentina como la experiencia de Pablo. No, esta luz vino, al parecer, gradualmente, pero no fue menos profunda. Como normalmente ocurre en la vida de san Vicente, no hay nada de milagroso en esta visión. Es una gracia que le fue concedida, lo que es válido para nosotros también, que no hemos tenido encuentros milagrosos.</p>
<p>¿Fue el mensaje del Evangelio o los encuentros frecuentes con los pobres los que le ayudaron en este esclarecimiento? ¿Qué es lo que permitió a san Vicente ver a Cristo, no solamente en el pobre que se humilla en confesión y en los huérfanos abandonados a su triste suerte, en los enfermos sin ayuda, sino también en el po­bre arrogante, ingrato o en los galeotes de corazones endurecidos por su sufrimien­to sin esperanza? ¿Para nosotros es tan fácil ver a Cristo en los pobres reunidos a la entrada de nuestro patio, o en los rincones de las calles o en el metro? La visión de Cristo en los pobres no puede ser sólo una cuestión de conocimiento intelectual o de una verdad aceptada en la fe, sino algo que vibre en nuestros corazones, en nuestra voluntad, en nuestras manos. Es una gracia que hay que pedir y aceptar cuando se nos da. Vicente habla de ello a sus hijas con energía:</p>
<p>«Hijas mías, ¡cuánta verdad es esto! Servís a Jesucristo en la persona de los pobres. Y esto es tan verdad como que estamos aquí. Una Hermana irá diez veces cada día a ver a los enfermos, y diez veces cada día encontrará en ellos a Dios. Como dice san Agustín, lo que vemos no es tan seguro, porque nuestros sentidos pueden engañarse; pero las verdades de Dios no engañan jamás. Id a ver a los pobres condenados a cadena perpetua, y en ellos encontraréis a Dios; servid a esos niños, y en ellos encontraréis a Dios. ¡Hijas mías, cuán admirable es esto! Vais a unas casas muy pobres, pero allí encontráis a Dios. Hijas mías, una vez más, ¡cuán admirable es esto! Sí, Dios acoge con agrado el servicio que hacéis a esos enfermos y lo considera, como habéis dicho, hecho a El mismo» (Conf. Esp., n.° 414 &#8211; Conf. 13-2-1646).</p>
<p>Para nosotros, nuestra dinámica no consiste simplemente en ver si Cristo está presente, sino en saber que Cristo está allí y encontrarlo, y habiéndole encontrado, servirle. La parábola del juicio final, a la que san Vicente alude con frecuencia, ilustra bien este tema. A los que estén a su derecha, el Señor les dirá que tuvo hambre, que tuvo sed, que estuvo preso, desnudo y enfermo y cómo ellos le socorrieron; ante su asombro, Jesús les responderá: «cuando lo hicisteis con el más pequeño de los míos, a Mí me lo hicisteis». A los que estén a su izquierda, les hablará de esta misma presencia y de su omisión en asistirle; éstos se extra­ñarán también y escucharán la misma respuesta: «fue a Mí a quien no lo hicisteis». Observen que ninguno de los dos grupos reconoció la presencia del Señor, pero uno ayudó a los necesitados y al hacerlo sirvió al Señor sin reconocerle, mientras que el otro no hizo nada y con ello ignoró al Señor. Esta imagen hablaba fuerte­mente al corazón de Vicente.</p>
<p>La convicción personal de san Vicente, de la presencia de Cristo en el pobre es de un valor inapreciable y piedra fundamental para nosotros. Comprender esto en la vida de san Vicente es comprender el carisma del Fundador y su visión del pobre.</p>
<p>Preguntas para la reflexión</p>
<p>Supongamos que el Señor se revela a ustedes un día —en una visión, un sueño o una voz inconfundible y les dice simplemente: <em>&#8216;&lt;Estoy presente entre vosotras, </em><em>en medio de los pobres» </em>y nada más. ¿Qué diferencia causaría esto en la forma de vivir su servicio? ¿La entenderían como una acusación o como una afirmación? ¿Encontrarían su servicio inadecuado? ¿Se comprometerían de una manera nue­va? ¿Qué quisieran decir a sus hermanos y hermanas a este respecto? ¿Piensan ustedes que podrían comprender mejor por qué insisten tanto en ello san Vicente y santa Luisa?</p>
<h2><strong>2. Trabajar juntas al servicio de los pobres</strong></h2>
<p>Veamos una historia que me contaron cuando era niño. No es bíblica ni vicen­ciana. Quizá la conozcan o quizá no. En todo caso, voy a contársela: El título es: «Una sopa de piedra», he sabido después que se trata de un cuento antiguo. Es una historia de niños pero no necesariamente para niños. Voy a resumirla:</p>
<p>“Se trata de una ciudad en la que la gente es pobre. Cada persona guarda el alimento que tiene y atiende sólo a sus propias necesidades. Llega un día un extranjero a la ciudad y la gente le dice que se marche porque no hay comida para él en esa ciudad. El extranjero les dice que no necesita su comida. Saca una piedra de su bolsa y dice que con esa piedra hará sopa de piedra. Capta inme­diatamente la atención de la gente que quiere conocer este secreto. Así que, el extranjero les dice que necesita un puchero, agua y algo de leña para hacer fuego. Una persona le trae el puchero; otra saca agua del pozo y una tercera trae parte de su leña para que el extranjero pueda hacer su sopa de piedra. El pone el agua y la piedra en el puchero y enciende el fuego, se sienta y espera a que la sopa de piedra esté lista. La gente espera también con impaciencia. Después de un rato, el extranjero dice que para cambiar, es bueno añadir a la sopa de piedra unos cuantos huesos de jamón curado. Uno de los vecinos de la ciudad dice que él los tiene, los trae y los echan en el puchero. Unos minutos más tarde, el extranjero dice que en algunos lugares él ha añadido una patata, una zanahoria o una cebolla a la sopa para darle algo de color. Y rápidamente, la gente saca de sus escondites unas cuantas patatas, zanahorias y cebollas que se cortan y se echan en la sopa. Y el cuento continúa como todos los cuentos. Poco a poco, cada uno contribuye con algo a la sopa, y cuando está preparada, todo el mundo toma algo de esa sopa tan sustanciosa hecha con una piedra».</p>
<p>La moraleja del cuento necesita poca explicación. Es un cuento que enseña a la gente a compartir y a aprender que cuando se coopera, se puede conseguir mucho y se puede atender a las necesidades de todos. Esta realidad aparece en los Hechos de los Apóstoles en la primera comunidad cristiana y encuentra ecos en la descripción de la Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo. También es una historia que creo que Vicente de Paúl encontraría aceptable.</p>
<p>Un paralelo con esa historia podría encontrarse en la experiencia de Vicente en Chatillón. Una historia que está en el origen del alma vicenciana y que nos resulta familiar a todos. Los hechos, como Vicente los describe, son sencillos:</p>
<p>«Un domingo, mientras me revestía para la santa misa, me dijeron que a un cuarto de legua, en una casa aislada, todos estaban enfermos, sin que ninguno pudiese atender a los demás, y que todos estaban en una necesidad indescriptible. No tuve más que decirlo en el sermón, cuando Dios movió los corazones de los que me escuchaban, y se compadecieron profundamente de estos pobres afligidos».</p>
<p>San Vicente ve entonces cómo la gente ha respondido con generosidad a las necesidades de la familia y se da cuenta de que el presente está solucionado, pero ¿y el futuro? Hace falta una organización para atender las necesidades de manera sistemática. Así que comienza las caridades para socorrer a las personas necesita­das que de otra manera no se podrían solucionar si fuesen individuos aislados.</p>
<p>Esta manera de socorrer las necesidades de los pobres reuniendo a la comu­nidad cristiana en el servicio, fue un truco aprendido en Chatillón, pero que de­mostró ser válido en otros lugares y en numerosas situaciones y llegó a ser dis­tintivo de la respuesta vicenciana a la necesidad de los pobres:</p>
<ul>
<li>ofrecer una ayuda organizada,</li>
<li>compartir el peso con la comunidad cristiana para que nadie estuviera sobrecargado,</li>
<li>dar de una forma digna,</li>
<li>buscar soluciones para que los pobres sean más independientes y para que contribuyan a su propio bienestar.</li>
</ul>
<p>Un resumen escrito por el Padre Desmoulins (Superior del Oratorio de Macon) ilustra esta práctica:</p>
<p>«Los pobres enfermos serán ayudados con alimento y medicinas, como en los demás lugares en donde se ha establecido la Confraternidad de la Caridad. Todo este trabajo ha comenzado sin subvención pública, pero el señor Vicente estaba tan acostumbrado a organizar las cosas, que los socorros vinieron regularmente. Fue un éxito. Uno dio dinero, otro comida, cada uno según sus posibilidades. Más de trescientos pobres en total fueron alojados, alimentados y cuidados. Después de proporcionar la primera ayuda, el señor Vicente dejó la ciudad».</p>
<p>La «sopa de piedra» mejora a medida que se añaden nuevos ingredientes y todos quedan bien alimentados. Vicente trajo la piedra y otros dieron su tiempo, dinero, alimentos, albergue y servicio, e incluso el regalo de la dedicación de toda una vida. Vicente promocionó la caridad de los demás. Nosotros somos los here­deros de su receta.</p>
<p>Vicente enseña a la gente a hacer esta «sopa de piedra». A cada uno se le pide que contribuya de acuerdo con sus posibilidades y su estado de vida y de esta manera se solucionan las necesidades de los pobres. Pero esto sólo es posible porque las personas confían en Vicente. El cree en la «sopa de piedra», y por eso todos aprenden a creer en ella. El ve a Cristo en el pobre; los que se unen a él aprenden a aceptar su visión y unos pocos afortunados aprenden a tener ellos mismos la misma visión. Algunos aprenden incluso a hacer «sopa de piedra».</p>
<p>Deberíamos resaltar aquí especialmente lo que subyace en el corazón de esta práctica. No es sólo que Vicente sea un orador persuasivo, o un buen organizador, sino que reconoce que toda la comunidad cristiana es responsable de las nece­sidades de los pobres. Sólo cuando la comunidad aprende a actuar con unanimi­dad se pueden solucionar estas necesidades y los pobres pueden ser servidos. Y es beneficioso, no sólo para los pobres, sino también para aquéllos que contri­buyen y sirven.</p>
<p>Otro punto que podemos considerar aquí es el tema de la Asamblea General de la Congregación de la Misión, celebrada el verano pasado: «La Familia Vicenciana y el desafío de la misión para el nuevo milenio». El P. Maloney, sor Elizondo y las demás autoridades de la Familia Vicenciana han conseguido un conocimiento más claro, durante estos últimos años, del bien que se puede hacer a los pobres cuan­do colaboran las ramas de la familia. Es un tema que nos puede interesar a todos.</p>
<p>A veces, puede parecer que obligamos a la gente, cuando pedimos su ayuda de tiempo, dinero o esfuerzo para el servicio a los pobres, pero me parece que tanto el Evangelio como san Vicente lo considerarían la oportunidad de dar una gran felicidad a una persona y a la comunidad. Están sirviendo a Cristo y haciendo un importante trabajo cristiano. Es algo que la gente debiera buscar y luchar por hacer y debiéramos estar agradecidos de poder ofrecerles la oportunidad de realizarlo. Más que sentirnos culpables o avergonzados de pedir el tiempo, el dinero o el esfuerzo de la gente, deberíamos estar contentos de ofrecerles la oportunidad de hacer lo que proporciona alegría a los demás y que lleva al que da más cerca de Cristo.</p>
<p>Preguntas para la reflexión</p>
<p>Como miembro de la Familia Vicenciana, ¿cómo puedo hacer «sopa de pie­dra» sabiendo que no sólo es dar vida a los pobres, sino también a aquéllos que aportan los ingredientes necesarios? Dado que las necesidades de los pobres del mundo son cada vez más acuciantes, ¿cómo podemos responder mi Provincia y yo con más fuerza a esta necesidad, cooperando con la Familia Vicenciana? ¿Soy capaz de reconocer que, a veces, la Evangelización se lleva a cabo a través de la inspiración y de la organización más que a través del activismo? ¿Qué historias y experiencias vivencianas me hablan de esta necesidad? ¿Cuál es la piedra que nosotros aportamos?</p>
<h2>3. <strong>La importancia de la persona</strong></h2>
<p>Permítanme contarles otra historia que tiene un sabor más casero:</p>
<p>«Un día, una mujer estaba muy ocupada cuando su hijo quería a toda costa jugar con ella. La mujer buscó cualquier cosa para darle al niño y que se distrajese, y encontró una revista. En la revista había un dibujo grande del mundo y la mujer cogió las tijeras y cortó el dibujo, luego lo cortó en trozos. Pensó que esto man­tendría al niño ocupado un rato. Sin embargo, al cabo de unos momentos, el niño reapareció con el rompecabezas completo y la mujer se sorprendió. Preguntó al niño: &#8220;¿Cómo lo hiciste tan pronto? Eres demasiado pequeño para saber cómo es el mundo&#8221;. Y el niño respondió: &#8220;Bueno, en la otra cara de la hoja que me diste había un dibujo de una persona, formé la persona, y luego cuando le di la vuelta, el mundo estaba en su lugar».</p>
<p>Aunque no es precisamente una lección de Aristóteles, la moraleja es clara: el mundo sólo tiene sentido cuando uno se concentra en la persona. Uno no puede socorrer al mundo entero a la vez, sino sólo a un individuo; pero en ese individuo se resume todo el mundo y Cristo está presente en él.</p>
<p>En una de sus conferencias, san Vicente usa una imagen parecida:</p>
<p>«No debemos considerar a un pobre campesino o a una pobre mujer según su aspecto exterior, ni según las apariencias de su espíritu, dado que, con frecuencia, no tienen ni la figura ni el espíritu de las personas educadas, pues son vulgares y groseros. Pero dadle la vuelta a la medalla y veréis, con las luces de la fe, que son ésos los que nos representan al Hijo de Dios, que quiso ser pobre&#8230; ¡Oh, Dios mío, qué hermoso sería ver a los pobres considerándolos como hijos de Dios y con el aprecio en que los tuvo Jesucristo!» (Síg. XI/4, pág. 725).</p>
<p>Yo considero esto como otra característica de la cercanía de san Vicente a los pobres: el énfasis que pone en la persona y en la presencia de Cristo en cada pobre individualmente. San Vicente no se quedó sólo en la respuesta institucional ante la pobreza. Sus conferencias y sus cartas están llenas de referencias a la manera personal con que uno tiene que socorrer las distintas necesidades de los pobres que encontramos y la relación que debemos mantener con ellos al servir­les. Vicente entra a veces, en sus instrucciones, en detalles delicados para aque­llos que vayan a visitar a los pobres, y habla no sólo de lo que debe hacerse, sino de la actitud que se ha de tener hacia la persona.</p>
<p>Hermanas, es difícil no quedar atrapadas en el «juego de los números» que forma parte de la manera de pensar en nuestro mundo. Yo siento la tensión en mi vida de varias formas. Si sé que voy a pronunciar una homilía y van a asistir sólo cinco personas allí, no hago mucho esfuerzo al prepararla. Si va a haber 500, realmente trabajaré con más profundidad (según esa escala se pueden adivinar el trabajo que me supone hoy mi conferencia). Y no es sólo en el área de los números en donde esta actitud es evidente. A veces, también depende del valor que damos a los individuos. Ustedes o yo, apenas nos perderíamos la oportunidad de hablar o hacer algo por alguien de influencia, pero podría suceder que dejá­semos marchar al pobre, que realmente quisiera unos momentos de nuestro tiem­po. Vicente nos dice que todos quieren hablar con el obispo, pero ¡cuánto más importante para nosotros es querer hablar y servir a los pobres, que representan a Cristo, como a nuestros señores y maestros!</p>
<p>Hay quienes dedican toda su vida a cuidar a una persona —a un niño enfermo, a la esposa, a un padre anciano, a un amigo—. ¿Qué valor tiene esa vida?</p>
<p>Para S. Vicente cada persona es única. Se sirve a las personas de una en una y no en masa. Las organizaciones e instituciones son importantes e incluso esenciales, pero si se pierde el valor de la persona, se pierde también el valor cristiano. Dios no nos llama como grupos o números sin nombre, sino como per­sonas únicas. Vicente sabía esto y quiso enseñar esta disciplina a sus colabo­radores y seguidores: la presencia de Cristo tiene que ser valorada en cada persona.</p>
<p>Preguntas para la reflexión</p>
<p>Mi ministerio y servicio/visión de los pobres ¿tiende a lo numérico e institucio­nal? ¿Me guío más por los números que por la experiencia, por la eficacia más que por la empatía? En mi deseo de contar «con números elevados», ¿pierdo a veces de vista la importancia de la persona? ¿Olvido a veces la doble cara que tiene mi moneda: los pobres a quienes sirvo por un lado y el Hijo de Dios por el otro? ¿Qué historias/experiencias vicencianas me muestran el valor de la persona?</p>
<h2><strong>4. Santidad personal por medio del servicio</strong></h2>
<p>El servicio a los pobres es una escuela de virtud. Permítanme invitarlas a volver conmigo a una de las historias más fundamentales de san Vicente: la de Folleville. Es una historia bien conocida por cada uno de nosotros y se la considera frecuen­temente como punto de partida en el cambio de vida de san Vicente. Las circuns­tancias son sencillas. Llaman a Vicente a la cabecera de un moribundo, en tierras de los Gondí. Vicente oye su confesión y se da cuenta del pecado grave en el que este hombre ha vivido. Entonces Vicente se ve animado o se anima a sí mismo— a predicar una misión en todas esas tierras. Y éste es el comienzo.</p>
<p>¿Qué ha ocurrido? Vicente ha respondido a una necesidad; ha visto que, a través de su ministerio, un hombre ha sido liberado de su pecado. El hombre se salva, pero quizá, en el mismo acto, Vicente también. Todas las cosas que él ha aprendido en el seminario vienen ahora a fructificar en este encuentro. Reconoce su propia capacidad y la forma en que él puede solucionar las necesidades, se transforma y se salva no menos que el hombre que ha confesado.</p>
<p>El servicio a los pobres nos empuja a examinar nuestras propias «virtudes» y nuestro compromiso en la forma de vivir nuestra vida cristiana y vicenciana. Los pobres nos confrontan con la realidad. Vicente habló repetidamente a sus colabo­radores y seguidores de su experiencia y de lo que requiere el trabajar al servicio de los pobres. A veces sus palabras parecen incluso duras, pero es porque no quiere que la gente deje de ser realista. Las circunstancias que hacen pobres a los necesitados y que los mantienen pobres son, con frecuencia, injustas y des­humanizantes, y eso influye en la forma en que ellos viven y reaccionan. Vicente sabía esto y fue en esta realidad en la que quería que sus seguidores creciesen en virtud y dedicación.</p>
<p>Podemos hablar de caridad y de lo maravillosa que es, hasta cansarnos. Podemos cantar el himno de Pablo al amor, en Corintios 1.13, pero cuando el amor lleva una cara sucia e intenta meter su mano en nuestro bolsillo, podemos decepcionarnos. Podemos hablar de generosidad con sus características maravi­llosas, hasta cansarnos, pero cuando nos exige constantemente nuestro tiempo, podemos fallar. Podemos hablar de paciencia, pero al hacerlo, por centésima vez, puede resultar pesada. Podemos hablar de perdón hasta extasiarnos, pero cuan­do la gente nos ataca, nos juzga y nos utiliza, nos sentimos heridos. El trabajo con los pobres nos obliga a confrontar nuestras virtudes con las suyas; pone con claridad delante de los ojos nuestras debilidades. Podemos volver del servicio a los pobres desanimados cuando el ideal se encuentra con la dura realidad.</p>
<p>Y podemos refugiarnos en el apoyo de la oración y de la comunidad, tendemos a ello.</p>
<p>Esto no es para descorazonarnos, sino para animarnos —forzarnos a cam­biar— a la conversión. La experiencia de ver nuestras palabras transformadas en acciones es gratificante; la experiencia de ver nuestras palabras cambiadas en fallos es una experiencia de crecimiento. Examinamos lo que hemos hecho, y vemos cómo podemos cambiar, adaptarnos, crecer. Santiago habla de la Sagrada Escritura como de un espejo. Nuestra experiencia con los pobres puede ser tam­bién un espejo. Nos deja ver el verdadero retrato de nosotros mismos y nos desafía a ver quiénes somos y lo que podemos llegar a ser.</p>
<p>Piensen cómo un niño consigue lo mejor de la gente. Los niños no son las personas más fáciles de complacer a veces. Exigen de la familia mucho tiempo, dinero y paciencia. Pero también logran que salga a la luz lo mejor de las perso­nas: bondad, paciencia, generosidad y amor. Los pobres se les parecen en algo. Sacan al Cristo que llevamos dentro, a nuestra vida consagrada, bajo las formas de virtudes y compromisos. Y al hacerlo, nos prestan un gran servicio que es por lo menos tan significativo como cualquier servicio que podamos prestarles. Cada uno ayudamos al Señor. Vicente observó:</p>
<p>«&#8230;Dios ha prometido un premio eterno a aquellos que den un vaso de agua a un pobre; no hay nada más verdadero, no podemos dudarlo; y esto es para vosotras,</p>
<p>hijas mías, una gran razón para la confianza, porque si Dios promete una eterni­dad feliz a aquellos que dan sólo un vaso de agua, ¿qué no dará a la Hija de la Caridad que ha dejado todo y que le hace una ofrenda de sí misma para servirle todos los días de su vida? ¿Qué le dará? ¡Oh!, ni se puede imaginar. Ella tiene buenas razones para esperar ser del número de aquellos a quienes El dirá: &#8220;Venid, benditos de mi Padre, poseed el Reino que ha sido preparado para vosotros&#8221;.</p>
<p>&#8230;los pobres que han sido asistidos serán sus intercesores ante Dios; vendrán en multitud a su encuentro y dirán a nuestro buen Dios: &#8220;ésta es, Dios mío, la que nos ayudó por tu amor; ésta es, Dios mío, la que nos enseñó a conocerte&#8230; He aquí, Dios mío, la que me enseñó a esperar en Ti; ésta es la que me enseñó tu bondad a través de la suya&#8221;».</p>
<p>Así, el servicio a los pobres es un impulso para continuar la conversión, porque nos pone en una actitud que nos conduce al Señor. Vicente llamaba a los pobres «Nuestros amos y señores». Sí, y son también nuestros maestros, guías y exami­nadores. Pueden sacar de nosotros lo peor y lo mejor, y así es como debe ser.</p>
<h2>Preguntas para la reflexión</h2>
<p>¿Cómo nos sentimos al permitir que los pobres nos lleven hacia la perfección, desafiándonos en la manera de utilizar nuestros recursos, desafiándonos a que rehusemos el ir por caminos fáciles y exigiéndonos la práctica de la virtud heroica? ¿Qué clase de historias vicencianas puedes contar sobre las formas en las que el servicio a los pobres ha sacado lo mejor y lo peor de ti? ¿Ves que el camino del Señor te conduce a ti y a tu Provincia a través de los ghetos, hospitales y barrios pobres de tu país y de este mundo?</p>
<p>Termino. Como dije al principio, no iba a ser una visión exclusiva expresada en una conferencia aprendida. Mi deseo ha sido reflexionar con ustedes sobre algu­nos de los elementos fundamentales de nuestro carisma como yo los entiendo e identifico en la historia de nuestro Vicente de Paúl y en otras historias. Las ideas son sencillas:</p>
<ul>
<li>Cristo está presente en el pobre,</li>
<li>el servicio a los pobres es responsabilidad y privilegio de todos los cristia­nos,</li>
<li>se debe servir y valorar al pobre como persona única,</li>
<li>el servicio a los pobres es nuestro camino de salvación.</li>
</ul>
<p>Hoy les invito a ustedes a reflexionar en estos elementos que nos hacen ser lo que somos; a recordar nuestra historia y a volver a comprometernos, con nuevo vigor y creatividad en el servicio que es don y llamada, a través de Vicente de Paúl y Luisa de Marillac.</p>
<p>&#8212;-</p>
<p>Autor: <strong>Patrick Griffin, C.M.</strong>. • Fuente: <strong>Ecos 1998</strong>. <strong>• Tomado de: <a href="http://somos.vicencianos.org/"><strong>Somos Vicencianos</strong></a>.</strong></p>
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		<title>San Vicente de Paúl y el Rosario</title>
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		<pubDate>Sun, 20 May 2012 05:14:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Javier F. Chento</dc:creator>
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		</p><p><a href="http://cdn2.famvin.org/es/files/2012/05/rosario1.jpg" rel="wp-prettyPhoto[g5844]"><img class="alignright size-medium wp-image-5845" src="http://cdn2.famvin.org/es/files/2012/05/rosario1-230x300.jpg" alt="" width="230" height="300" /></a>San Vicente escribió buen número de cartas, pero ningún libro, salvo el muy breve de las Reglas Comunes. Durante 30 años habló a los misioneros casi todas las semanas, y a las Hijas de la Caridad durante 24. Éstas comenzaron muy pronto y con cuidado a tomar nota de las palabras suyas y de las Hermanas, pero entre los misioneros hubo bastante menos diligencia. Además, los archivos de San Lázaro fueron saqueados –como el resto del establecimiento- el 13 de julio de 1879. No han sobrevivido más que centenar y medio de pláticas a los misioneros, y 120 a las Hijas de la Caridad. Precisa espigar y reunir aquellas palabras.</p>
<p>En las Reglas Comunes de la Congregación de la Misión, san Vicente, juntamente con sus hermanos, elaboró una síntesis de la espiritualidad misionera. Fiel a Jesús, que comenzó por actuar para luego enseñar (1), san Vicente desarrolla ante todo las virtudes fundamentales, extraídas de las máximas evangélicas, y en el capítulo X expone las devociones y prácticas espirituales.</p>
<p>Recordemos que el vocablo devoción no había perdido aún su sentido fuerte, derivado de se devovere = dedicarse, darse: en el siglo XVII, y aun a comienzos del XVIII, «la devoción» no era sólo una piedad más menos sentimental, sino la consagración de todos los dominios de nuestra vida a Dios, a Jesucristo y a su santa Madre, con un deseo ardiente de honrarles y hacerlos conocer y amar; ello envolvía ciertamente la oración, pero además muchas otras cosas.</p>
<p>Comienza el capítulo X con los fundamentos teológicos: venerar y hacer que sean conocidas y amadas la Santísima Trinidad, la Encarnación y la Eucaristía. Luego, en el artículo 4º, recomienda a los misioneros la piedad para con la Virgen Santísima (2):</p>
<p><em>La misma bula (de aprobación de la Congregación) nos recomienda expresamente que veneremos también con un culto especial a la Santísima Virgen María, cosa que debemos hacer también por otras muchas razones. Nos esforzaremos en hacerlo a la perfección con la ayuda de Dios: 1º dando honor cada día con devoción singular a esta nobilísima madre de Cristo y madre nuestra; 2º imitando sus virtudes en la medida de nuestras fuerzas, sobre todo la humildad y la castidad; 3º animando con celo a los demás, siempre que se ofrezca ocasión, a que también la honren constantemente en gran manera y la sirvan con dignidad. </em></p>
<p>Se ve así cómo, para san Vicente, la fuente de toda existencia y de toda vida espiritual es la Santísima Trinidad; cómo el centro, el quicio de la relación entre Dios y los hombres es la Encarnación, Jesucristo, particularmente en la Sagrada Eucaristía, en cuanto sacrificio y en cuanto sacramento; y cómo es en unión con Jesús como veneramos a su Madre.</p>
<p>Es ésta la sólida doctrina que hallamos, en las escasas conferencias que de san Vicente nos quedan, para fundamentar nuestro amor a la Virgen Santísima. Tiene como base el puesto que Nuestra Señora ocupa en el plan de Dios, puesto a la vez muy humilde y muy importante: ella es la escogida de Dios para ser la madre del Salvador y la sierva del Señor, como es «el siervo del Señor» Jesús. Nuestra Señora aparece siempre unida a su Hijo, de modo igual a como su Hijo espera de nosotros que la tomemos por intermediaria. En cuarto lugar, pues, Vicente tenía una gran devoción a Nuestra Señora. Casi todas las veces que glosa una virtud, nos remite, después del ejemplo de Jesucristo, al de la Virgen María, y nos exhorta a pedir virtudes y gracias por su intercesión. Por otra parte, Vicente se mantiene siempre muy doctrinal, sin perder de vista la práctica concreta del servicio. Por ejemplo, como dice el 14 de febrero de 1659 (3), María fue quien mejor ejercitó las máximas evangélicas:</p>
<p><em>Llenemos de ellas (de las máximas evangélicas) nuestro espíritu, llenemos nuestro corazón de su amor y vivamos en consecuencia. Recemos a los apóstoles, que tanto las amaron y tan bien las observaron; recemos a la santísima Virgen que, mejor que ningún otro, penetró en su sentido y las practicó; recemos, finalmente, a nuestro Señor, que las ha establecido, para que nos dé la gracia de ser fieles a su práctica, excitándonos a ello con la consideración de sus virtudes y con su ejemplo (XI, 428). </em></p>
<p>No precisa más qué «servicio» se le debe prestar, dejando margen a la iniciativa y a las costumbres. Él no era dado a la multiplicación de complicadas prácticas puramente devocionales. He aquí lo que responde, hacia 1630, a Luisa de Marillac, en relación con un ejercicio mariano que ella proponía (4):</p>
<p><em>Me agrada la práctica de devoción a María con tal de que proceda Suavemente (I, 149). </em></p>
<p>Estima san Vicente que la mejor manera de servir a Nuestra Señora, lo mismo que a su Hijo, es servirla y honrarla en nuestros hermanos, imitando sus virtudes; pero aprecia grandemente el rosario, del cual forman parte los misterios, que son los de la vida de Jesús.</p>
<p>Esta entrega a la Madre de Dios, llena de confianza, aparece por primera vez el 23 de agosto de 1617, en el acta de asociación de señoras de la primera Cofradía de la Caridad, en Châtillon-les-Dombes, a orillas del Chalaronne (5):</p>
<p><em>Y porque la Madre de Dios es invocada y tomada como patrona para las cosas importantes, y todo resulte y redunde para gloria del buen Jesús, su Hijo, las dichas damas la toman como patrona y protectora de la obra y la piden humildemente que las proteja muy especialmente (X, 567). </em></p>
<p>Tres meses más tarde, tras elaborar juntamente con las señoras, con miras a un servicio a la vez corporal y espiritual, un reglamento bastante más prolijo, que es aprobado por el arzobispo de Lyon, Vicente aguarda, para promulgarlo en la capilla del hospital, (6)</p>
<p><em>El día ocho de diciembre, festividad de la Inmaculada Concepción de la Virgen Madre de Dios, del año 1617 (X, 586). </em></p>
<p>Bérulle gustaba de mostrar cómo lo que Jesús vivió, sintió, dijo, hizo, todo tiene un valor eterno que atraviesa el tiempo y permite que nos unamos a ello, para expresar lo cual empleaba el término estado. Bérulle meditaba e invitaba a meditar sobre los «estados» de Jesús. Vicente, frecuentó la escuela de Bérulle y conservó su espíritu, pero raramente se encuentra en él la palabra estado; prefiere decir misterio.</p>
<p>Ante todo, «misterio» designa en él las verdades esenciales de la fe cristiana – Santísima Trinidad, Encarnación, Redención -. Pero designa además los «estados» de Jesús, sus palabras, sus sentimientos, sus acciones. Y nos propone hacer la oración, ya sobre un «misterio» &#8211; es decir, un aspecto de la vida de Jesús -, ya sobre una virtud (7). Vicente fundamenta toda la vida espiritual sobre la contemplación de la vida, los sentimientos y las acciones de Jesús, o sea de sus virtudes, a cuya irradiación se expone.</p>
<p>Henos aquí a un paso los «misterios del rosario», que son esencialmente los de la vida de Jesús, por él vividos en María, y después con ella, que meditamos nosotros en unión de quien «meditaba todas estas cosas en su corazón» (Lc 2,19).</p>
<p>Del rosario tenía Vicente estima particular. El 26 de enero de 1645 evoca el ejemplo de san Francisco de Sales (al que llama siempre «nuestro bienaventurado padre») (9):</p>
<p><em>Nuestro bienaventurado Padre (san Francisco de Sales) decía que, si no hubiese tenido la obligación de su oficio, no habría dicho más oración que el rosario. Lo recomendó mucho, y él mismo lo rezó durante treinta años sin faltar nunca para alcanzar de Dios la pureza por la que él concedió a su santa Madre, y también para bien morir. Así pues, hijas mías, rezar el rosario es una devoción muy hermosa, particularmente para las Hijas de la Caridad, que tanta necesidad tienen de la asistencia de Dios para tener esta pureza, que les es tan necesaria.(IX, 212­213). </em></p>
<p>No introdujo la obligación de recitarlo en la Reglas Comunes de la Congregación, pero en las 28 facultades obtenidas de Roma, el 22 de diciembre de 1650, para un misionero de Madagascar y transmisibles a otros, leemos que el rosario puede sustituir al breviario (10):</p>
<p><em>23. Rezar el rosario u otras preces, si no pueden llevar consigo el breviario o no pueden rezar el oficio divino por algún impedimento legítimo. (X, 385) </em></p>
<p>Una idea semejante se registra el 8 de diciembre de 1658, cuando explica el hondo valor del rosario a las Hermanas, en cuyas Reglas lo ha introducido (11):</p>
<p><em>Ya sabéis la importancia que tiene hacer bien esta oración, ya que de todas las oraciones solamente ésta, o sea el Padrenuestro, fue la que enseñó Nuestro Señor a los apóstoles; y es esta misma oración, al menos en su parte principal, la que compone el rosario. «Cuando recéis, les dijo, decid: Padre nuestro que estás en los cielos, etcétera» (Mt 6, 9). Imaginémonos, mis queridas hijas, que está en medio de nosotros y que nos dice lo mismo. La otra oración de la que está compuesto el rosario es el Avemaría, que fue hecha por el Espíritu Santo. La empezó el ángel al saludar a la santísima Virgen y la continuó santa Isabel cuando fue visitada por su prima; la Iglesia añadió todo lo demás. De forma que esta oración está inspirada por el Espíritu Santo. Así pues, hijas mías, el rosario es una oración muy eficaz, cuando se hace bien… Por eso vemos a tantas almas santas unidas para alabar a Dios y a la santísima Virgen… Así es, mis queridas hermanas, como tenéis que rezar el rosario; y tenéis que tener cuidado de cumplir bien con lo mandado; es vuestro breviario. (IX, 1145-1146). </em></p>
<p>De pasada explica a las Hermanas que también los turcos tienen un rosario, y que invocan a Alá cuando lo recitan.</p>
<p>En lo que nos queda de san Vicente, no tenemos ninguna meditación de los misterios del rosario, pero de entre los 15, una porción es objeto de</p>
<p>consideraciones dispersas por varias conferencias, tal vez a propósito de otros temas. Como Bérulle, Vicente tomaba por tema de la conferencia del viernes la festividad inmediata del ciclo litúrgico. Pronuncia pláticas sobre Adviento, Navidad, Semana Santa –así pues sobre la Pasión-, Pascua. No hallamos mencionada la Ascensión, pero sí Pentecostés todos los años. Hay otras conferencias que le llevan a hablar de la Anunciación y de la Visitación, si bien nada oímos de la Asunción. Lástima, se perdió lo más, subsisten apenas raros fragmentos. Aunque sea algo artificial, veamos de ordenar la materia bajo los siguientes epígrafes:</p>
<p><strong>MISTERIOS GOZOSOS </strong></p>
<p><strong>LA ANUNCIACIÓN </strong></p>
<p>Cierto que comienza viéndola bajo el aspecto fundamental de la Encarnación, de donde su insistencia sobre la oración del Ángelus: en 1614, 1615 ó 1616, en un sermón sobre la comunión, tiene elevaciones que tocan a la Encarnación, a la preparación de la Virgen María para este misterio y a la acción del Espíritu Santo en ella. Es el primer texto espiritual de san Vicente que tenemos. Vemos allí un paralelo entre la preparación de la venida de Cristo al mundo y la de su venida a nosotros: nuestras comuniones son muy aptamente una continuación de la Encarnación (12):</p>
<p><strong>1. Preparación de la Encarnación </strong></p>
<p><em>(Dios) previó, pues, que como era preciso que su Hijo tomara carne humana de una mujer, era conveniente que le tomase de una mujer digna de recibirle, una mujer que estuviera llena de gracia, vacía de pecado, enriquecida de piedad y alejada de todos los malos afectos. Presentó ya entonces ante su vista a todas las mujeres que habría en el mundo y no encontró a ninguna tan digna de esta gran obra como la purísima e inmaculada virgen María. Por eso se propuso desde toda la eternidad disponerle esta morada, adornarla de los más admirables y dignos bienes que puede recibir una criatura, a fin de que fuera un templo digno de la divinidad, un palacio digno de su Hijo. (X, 43) </em></p>
<p><strong>2. Preparación de su venida a nosotros </strong></p>
<p>Si la previsión eterna puso ya entonces sus ojos para descubrir este receptáculo de su Hijo y, después de descubrirlo, lo adornó de todas las gracias que pueden embellecer a una criatura, como él mismo lo declaró por boca del ángel que le envió como embajador, ¡con cuánta mayor razón hemos de prever nosotros el día y la disposición requerida para recibirle! ¡Cómo hemos de adornar cuidadosamente nuestra alma de las virtudes requeridas por este tan alto misterio y que podemos adquirir por la devoción! (X, 43).</p>
<p><strong>3. El sermón prosigue, demostrando la acción del Espíritu Santo en la Encarnación y la participación de todos los seres en la alegría del nacimiento del Hijo de Dios (13): </strong></p>
<p>El Espíritu santo no quiso que aquella acción tuviera lugar sin contribuir él mismo a ella y escogió la sangre más pura de la Virgen para la concepción de aquel cuerpo. Los ángeles hicieron resonar los aires con sus cánticos y alabanzas, cuando vino a este mundo. San Juan le rindió homenaje, cuando estaba todavía en el seno de su madre. Los magos, que representan a la ciencia humana, contribuyeron también por su parte a su homenaje. Los pastores, símbolo de la sencillez, le mostraron también su reverencia. ¡Y qué diremos incluso de los animales irracionales! Tampoco ellos quisieron faltar a esta adoración. Y lo que es más extraño todavía, hasta las cosas inanimadas, que carecen de inteligencia, hicieron un esfuerzo en la naturaleza para alcanzarla y poder contribuir de este modo a su fe y acatamiento. (X, 43-44)</p>
<p>3. ¿Y nosotros?</p>
<p>Si Dios Padre, Hijo y Espíritu santo, si los ángeles, los niños, los hombres ilustres en dignidad y egregios en sabiduría, si los sencillos, los animales irracionales y las cosas inanimadas contribuyeron unos a prever, otros a preparar, otros a realizar, cada uno en la medida de sus posibilidades, el nacimiento del Hijo de Dios, ¿con cuánta más razón deberá el hombre prever, esforzarse y disponerse a la recepción de este mismo creador? (X, 44)</p>
<p>El 6 de octubre de 1658, Vicente nos urge a entender la importancia teológica del Ángelus, pues en él hacemos memoria de la Encarnación (14):</p>
<p>Hijas mías, se trata de una oración para dar gracias a Dios por haber venido a este mundo a encarnarse por nuestra salvación. Este es el sentido que tiene. Angelus, etcétera, quiere decir que el ángel le anunció a la santísima Virgen que habría de concebir al Hijo de Dios por obra del Espíritu Santo. Y la santísima Virgen, después de saber la forma con que habría de llevarse a cabo este misterio, le respondió: «Bien; es Dios el que así lo quiere; yo soy la esclava del Señor; ¡que se haga en mí según su palabra! ». Esto es lo que quiere decir: Ecce ancilla. Y a continuación se dice: Et Verbum caro factum est et habitavit in nobis: el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Esto es lo que quiere decir el Angelus. Hay que tener la intención de dar gracias a Dios por ese gran misterio siempre que oigáis el sonido de la campana. IX, 1104-1105)</p>
<p>El 26 de septiembre de 1659, hablando a los misioneros sobre la manera de recitar el oficio divino, medita sobre la Anunciación y demuestra la importancia de la alabanza y sus lazos con la Encarnación (15):</p>
<p>Cuando el ángel fue a saludar a la santísima Virgen, empezó por reconocer que estaba llena de las gracias del cielo: Ave, gratia plena 1: Señora, estás llena y colmada de los favores de Dios; Ave, gratia plena. Así lo reconoce y la alaba como llena de gracia. ¿Y qué hace luego? Aquel hermoso regalo de la segunda persona de la santísima Trinidad; el Espíritu Santo, reuniendo la sangre más pura de la santísima Virgen, formó con ella un cuerpo, luego creó Dios un alma para informar aquel cuerpo y a continuación el Verbo se unió a aquella alma y a aquel cuerpo por una unión admirable, y de esta forma el Espíritu Santo realizó el misterio inefable de la encarnación. La alabanza precedió al sacrificio. (XI, 606).</p>
<p>E impresionan a Vicente de manera especial la modestia, la pureza, el pudor particularmente visibles en la Anunciación –dice a las Hermanas el 25 de enero de 1643- (16):</p>
<p>Si queréis ser verdaderas Hijas de la Caridad, os tiene que servir el ejemplo de la Santísima Virgen. Ella tenía tan gran modestia y pudor que, aunque la saludaba un ángel para ser madre de Dios, sin embargo, su modestia fue tan grande que se turbó, sin mirarlo. Esta modestia, mis queridísimas hermanas, os tiene que enseñar a no ofrecerles ningún atractivo a los hombres (IX, 96).</p>
<p>Esta manera de interpretar la turbación de la Virgen no es propia de san Vicente, ni tampoco de los autores espirituales. Sólo la hallamos en la manera como diversos pintores han representado la actitud de la Virgen Santísima frente al ángel. Y es algo que nos resulta caducado… Sin embargo, las mujeres, aun siendo piadosas y hasta Hermanas, ¿se aperciben siempre de que pueden turbar a los hombres? ¡Incluso teniendo edad! Ya san Agustín las ponía en guardia contra la envanecida satisfacción que ello podría depararles. (Regla de san Agustín, (Carta 211), n. 10 en la regla de los monjes)(17)</p>
<p>De tal modo había acertado Vicente a inculcar estas virtudes en sus discípulos, que el 31 de mayo de 1648 es una Hermana quien evoca el gozo de la Virgen Madre en la Anunciación (18):</p>
<p>2.º Me he fijado en la alegría que experimentaría la santísima Virgen, al sentirse tan llena del amor sagrado del Padre y del Hijo, que había realizado en ella el misterio de la Encarnación, los actos de adoración que haría delante de Dios, la acción de gracias y la ofrenda de sí misma que ella le haría (IX, 376).</p>
<p><strong>LA VISITACIÓN </strong></p>
<p>Ve dos aspectos, uno de alabanza a Dios y felicitación a la Virgen Madre; el otro de servicio. Tratemos primero al aspecto de la alabanza.</p>
<p>Por supuesto, san Vicente comentó el Magníficat. El 24 de julio de 1655 lo parafrasea de modo muy original y dinámico (19):</p>
<p><em>¡Quiera la bondad de Dios darnos&#8230; un corazón grande, ancho, inmenso! Magnificat anima mea Dominum!: es preciso que nuestra alma engrandezca y ensalce a Dios, y para ello que Dios ensanche nuestra alma, que nos dé amplitud de entendimiento (de inteligencia, de comprensión) para conocer bien la grandeza, la inmensidad del poder y de la bondad de Dios; &#8230; anchura de voluntad, para abrazar todas las ocasiones de procurar la gloria de Dios. Si nada podemos por nosotros mismos, lo podemos todo con Dios (XI, 122-123) </em></p>
<p>No es la primera vez que san Vicente nos exhorta a la grandeza de miras, a la amplitud de espíritu … Por otra parte, la Visitación le lleva a glosar las virtudes de relación.</p>
<p>Este misterio debiera inspirar vastamente a alguien tan solícito del cuidado de los pobres y enfermos a domicilio, alguien que designa ese servicio con el vocablo visitar. Pero curiosamente, en los textos que sobreviven, no habla de la Visitación bajo el ángulo referido, sino sólo de las visitas a las comunidades por parte de «visitadores» o «visitadoras» que los superiores delegan, y aun de éstos no más de dos veces … No ve en la Visitación los servicios que la Virgen Santísima presta a su prima, sino la manifestación del afecto familiar, la atención dirigida a quien es objeto de la visita, que él antepone al servicio. Es una visión muy enriquecedora y que puede servir de ejemplo a todos cuantos sirven a los pobres: más que técnicos del servicio, importa el ser humildes y fraternales, o aun maternales. En 1641 ó 1642, un 19 de abril, Vicente anuncia a un misionero la visita del P. Dehorngy, que va de su parte, y añade (20):</p>
<p><em>Así pues, yo les veré por medio de él y les abrazaré por medio de él, en el amor de nuestro Señor, a quien suplico que les de a ustedes las disposiciones que tuvieron san Zacarías y santa Isabel para recibir las gracias que les trajo la visita de la santísima Virgen, y al padre Dehorgny que lo anime del espíritu con que llenó a su santa Madre (II, 207). </em></p>
<p>En julio de 1646, al explicar su papel a las Hermanas enviadas para que visiten las casas de Hermanas de París, Vicente hace referencia al ejemplo de la Visitación (21):</p>
<p><em>Hay que hacerla pensando solamente en Dios y como la hizo la santísima Virgen cuando fue a visitar a santa Isabel, esto es, con toda mansedumbre, con amor, con caridad. Ella no reprendió a nadie, sino, que, con su ejemplo, instruyó a santa Isabel y a toda su familia en sus deberes&#8230; Sobre todo, guardaos de pensar que sois personas importantes, por haber sido destinadas a visitar a las otras (IX, 246). </em></p>
<p><strong>LA NATIVIDAD DE CRISTO </strong></p>
<p>En el nacimiento del Salvador san Vicente ve ante todo y muy especialmente el abajamiento. Una carta del 22 de diciembre de 1656 a Jean Martin concluye con la comunicación de los pensamientos de Vicente sobre el tema: el abajamiento del Hijo de Dios, en términos berullanos. El Hijo de Dios, por quien todo fue hecho, que da la existencia a todo ser, según enseña el prólogo al evangelio de san Juan, se hace criatura, algo que no existe por sí mismo, sino que existe por voluntad y amor de Dios (22):</p>
<p><em>Por aquí no tenemos más novedad que el misterio que se nos acerca y que nos hará ver al Salvador del mundo como anonadado bajo la forma de un niño. Espero que nos encontraremos juntos a los pies de su cuna para pedirle que nos lleve tras él en su humillación. Con este deseo y en su amor soy, Padre, su muy humilde servidor (VI, 144). </em></p>
<p>Bérulle habría escrito páginas para parafrasear esta meditación de Filipenses 2; Vicente se contenta con dos frases, pero a tal punto densas y repletas de consecuencias… El 15 de noviembre anterior, en la repetición de oración, Vicente había expuesto de una manera más concreta este abajamiento del Hijo de Dios para convertirse en el Salvador. El que, con 6 semanas de intervalo, le venga este mismo pensamiento en una conferencia y luego en una carta, prueba lo penetrado que estaba de sus meditaciones y cómo vivía de ellas (23):</p>
<p><em>¿Y no vemos también cómo el Padre eterno, al enviar a su Hijo a la tierra para que fuera la luz del mundo, no quiso sin embargo que apareciera más que como un niño pequeño, como uno de esos pobrecillos que vienen a pedir limosna a esta puerta? ¡Padre eterno, tú enviaste a tu Hijo a iluminar y enseñar a todo el mundo, pero ahora lo vemos aparecer de esa manera! Pero esperad un poco y veréis los designios de Dios; como ha decidido que el mundo no se pierda, por eso, en su compasión, ese mismo Hijo dará su vida por ellos. Pero, padres y hermanos míos, si consideramos por otra parte la gracia que les ha concedido a los de la compañía de librarse de este naufragio, ¿verdad que estaréis de acuerdo en que Dios protege de una manera especial a esta pobre, pequeña y miserable compañía? Esto es, padres, lo que más debe animarla a que se entregue cada vez más a su divina Majestad de la mejor manera que le sea posible, para llevar a cabo su gran obra (XI, 263-264). </em></p>
<p>¿Hay fórmula más bella para describir la misión de Jesús, que deben continuar la Iglesia y la Compañía?</p>
<p>San Vicente gusta de ver a Nuestra Señora como Virgen y Madre. Así la contempla el 7 de diciembre de 1643 en el coloquio sobre los expósitos; y ve su imagen en las Hermanas, sin por ello idealizar el servicio a los niños (24):</p>
<p><em>Pensad que sois sus madres. ¡Qué honor estimarse madre de unos hijos cuyo Padre es Dios! Y como tales, sentid mucho gusto en servirles, en hacer todo lo que podáis por su conservación. En esto, hijas mías, os pareceréis en cierto modo a la santísima Virgen, ya que seréis madres y vírgenes a la vez. Acostumbraos a mirar de esta forma a los niños, y esto facilitará la fatiga que sintáis junto a ellos, porque sé muy bien que no os faltará (IX, 137). (&#8230;) Dad gracias a Dios, hijas mías, por haber sido escogidas para una vocación tan perfecta, rogadle que os dé todas las gracias necesarias para serle fieles. Yo se lo suplico de todo mi corazón, y le pido para vosotras la gracia de imitar a la Santísima Virgen, en el cuidado, vigilancia y amor que tenía para con su Hijo, a fin de que, como ella, verdaderas madres y vírgenes a la vez, eduquéis a estos niños en el temor y amor de Dios, para que puedan con vosotras glorificarlo eternamente (IX, 144-145). </em></p>
<p>Se puede pensar en la salutación de Isabel -«dichosa la que ha creído»- en la Visitación. Texto que asociaríamos con lo que dice san Lucas, después del hallazgo de Jesús en el templo: «María meditaba todas estas cosas en su corazón» (Lc 2, 19).</p>
<p>El 1º de mayo de 1648, deseoso de mostrar a las Hermanas hasta dónde nos incorpora a su obra Dios, pone este ejemplo (26): “A una buena mujer que le decía, Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te alimentaron, Nuestro Señor respondió, Más dichosos son los que oyen mi palabra y la guardan» (27):</p>
<p><em>Ved, hermanas mías, el aprecio que nuestro Señor tiene de su palabra: confiesa que su madre es bienaventurada por haberlo llevado, por haberla escogido Dios desde toda la eternidad para ser la madre de su Hijo, una madre bendita entre todas las mujeres, que confiesa que Dios ha hecho en ella grandes cosas y que todas las generaciones la proclamarán bienaventurada 7; y nuestro Señor pone por encima de esa madre «al que escucha su palabra y la guarda» (IX, 364-365). </em></p>
<p><strong>LA PRESENTACIÓN DE JESÚS EN EL TEMPLO </strong></p>
<p>No he encontrado ningún pasaje en relación con este tema.</p>
<p><strong>JESÚS HALLADO EN EL TEMPLO </strong></p>
<p>Tampoco he hallado textos sobre la búsqueda angustiada de Jesús por María y José, pero podemos traer a colación pensamientos que atañen a la vida de la Sagrada Familia antes y después de ese suceso.</p>
<p>San Vicente recomendó muchas veces a las Hijas de la Caridad un método de oración que él mismo había seguramente ejercitado: consistía en contemplar a la Virgen María. Era el método según el cual oraba santa Juana de Chantal. También se encuentra en los Ejercicios de san Ignacio, nº 248, hacia el comienzo de la 4ª semana, el primero de tres modos de orar. No se comienza por considerar, de manera abstracta, tal o cual virtud de Nuestra Señora, sino su semblante, cómo se servía de los ojos, de la boca, de los oídos… Oigámosle el 2 de agosto de 1640 (28):</p>
<p><em>Una señora que he conocido se sirvió mucho tiempo de la mirada de la santísima Virgen para todas sus oraciones. Miraba primeramente a sus ojos, y luego decía en su espíritu: «¡Qué ojos tan hermosos y tan puros!; jamás los has utilizado más que para dar gloria a mi Dios (IX, 47-48). </em></p>
<p>Vuelve al tema el 31 de mayo de 1648 (29):</p>
<p><em>«¿Qué es lo que hacíais vosotros, ojos de la santísima Virgen?». Y sentía interiormente esta respuesta: «Cultivaba la modestia y me mortificaba en las cosas que pudiesen traerme algún deleite». «¿Qué más hacíais?». «Miraba a Dios en sus criaturas y pasaba de allí a la admiración de su bondad». Y volvía a empezar: «¿Qué más hacíais, ojos de la santísima Virgen?». «Me deleitaba mirando a mi Hijo, y al mirarle me sentía elevada al amor de Dios». «¿Qué más hacíais?». «Sentía mucho gusto mirando al prójimo y principalmente a los pobres». (IX, 390) </em></p>
<p>Vicente medita sobre las virtudes familiares de la Virgen Santísima. Son textos que podemos asociar con el quinto misterio gozoso, después de hallado Jesús en el templo.</p>
<p>Tiene Vicente devoción a la Sagrada Familia: la incluye en el Reglamento de los sacerdotes de las Conferencias de los Martes (30); su imagen está estampada en la parte inferior del frontispicio de las Reglas de la Congregación de la Misión; y habla muy a menudo de Jesús, Nuestra Señora y san José. El origen de esta devoción está en el aire de la época, mas probablemente también en los sentimientos para con su propia familia terrena –lo diremos de inmediato-. Y se la supo transmitir a algunas Hermanas; he aquí lo que dice una de ellas, el 1º de enero de 1644, a efectos de la cordialidad (31):</p>
<p><em>La segunda razón: he pensado en la santísima Trinidad&#8230; Con ese respeto cordial honraremos también las relaciones de san José, de la santísima Virgen y de Jesús (IX, 153). </em></p>
<p>El 18 de agosto de 1647 es la interioridad lo que contempla, el recogimiento, la unión con Dios vinculada al servicio del prójimo (32):</p>
<p><em>La santísima Virgen salía por las necesidades de su familia y para aliviar y consolar a su prójimo; pero era siempre en la presencia de Dios; y fuera de eso, permanecía siempre tranquila en su casa, conversando espiritualmente con Dios y con los ángeles. Pedidle, hijas mías, que os obtenga de Dios este recogimiento interior para disponeros a la santísima comunión del cuerpo y de la sangre de su divino Hijo, para que podáis decir: «¡Mi corazón está preparado; Dios mío, mi corazón está preparado!» (IX, 315-316). </em></p>
<p>Tema al que vuelve el 1º de mayo de 1648:</p>
<p><em>De la santísima Virgen se dice que recogía en su corazón las palabras de su Hijo; se llenaba de ellas y las meditaba luego, de forma que no perdía nada de todo cuanto decía (L 2, 51). Pues bien, mis queridas hijas, si la santísima Virgen, que tenía tanto trato y comunicación con Dios, y se le descubrían los sagrados misterios sin que perdiese nunca la presencia de Dios, si con todas sus luces naturales y sobrenaturales, de las que estaba soberanamente dotada por encima de todas las criaturas, no dejaba de recoger con esmero las sagradas palabras de su Hijo, ¿qué no hemos de hacer nosotros por intentar conservar en nuestros corazones la unción de estas santas palabras? (IX, 370-371). </em></p>
<p>En una conferencia entre 1634 y 1646, san Vicente mira a Jesús y habla de las relaciones con su Madre y con san José (34):</p>
<p><em>El Hijo de Dios. aunque más sabio en todas las cosas que san José y la Virgen, y aunque se le debía todo honor, no dejaba sin embargo de estar sujeto a ellos y de servir en la casa en los oficios más bajos, y se dice de él que crecía en edad y sabiduría 5. Hijas mías, este ejemplo tiene que ser un poderoso motivo para haceros mansas, humildes y sumisas (IX, 220). </em></p>
<p>San Vicente extrae sin duda esta atención a la Sagrada Familia de las propias raíces familiares. Hay en él ciertas frases duras, sobre la necesidad de desasirse de la familia para servir a los pobres, pero no nos dejemos impresionar por ellas; si uno quiere darse íntegro a los pobres, es necesaria semejante renuncia, renuncia que él mismo arrostró; pero no envuelve la repulsa del afecto, y Vicente nos dice lo mucho que el afecto le hizo sufrir. No, no renegó del amor a su familia. Le conocemos más de una confesión, así ésta, ante las Hijas de la Caridad, el 15 de noviembre de 1657, a los 76 años (35):</p>
<p><em>Cuando veo a un sacerdote que se lleva a su madre para atenderla en su casa, le digo: «Señor, ¡qué felicidad la suya de poder devolver en cierto modo a su madre lo que ella le dio, con el cuidado que de ella tienen!» (IX, 937). </em></p>
<p>Sobreentiéndase: “en cuanto a mí, no pude tener esa dicha, cierto… mas ello tampoco estuvo exento de dolor”. (Continuará)</p>
<p><strong>LOS MISTERIOS DOLOROSOS </strong></p>
<p><strong>LA AGONÍA EN GETSEMANÍ </strong></p>
<p>San Vicente evoca bastante a menudo la agonía de Jesús en el huerto de los olivos. El 17 de junio de 1657, con las Hijas de la Caridad (36):</p>
<p><em>Nos basta con que Nuestro Señor nos vea y sepa que padecemos por su amor y por imitar los grandes ejemplos que él nos dio, especialmente en el huerto de los olivos, cuando aceptó el cáliz (Mt 26, 39-44) para excitarnos a la indiferencia; pues, aunque le pidió al Padre que pasase de él aquel cáliz, si fuera posible, sin que tuviera que beberlo, añadió inmediatamente que se hiciera la voluntad de Dios, demostrando que se encontraba en una perfecta indiferencia ante la vida o la muerte (IX, 871-872</em>).</p>
<p>El 6 de octubre de 1658 explica a Hermanas que no saben leer cómo meditar sobre la Pasión, lo cual es una manera excelente de hacer oración (37):</p>
<p><em>Hay que hacer lo que aquí se dice: acordarse de la pasión de Nuestro Señor en el huerto, conmoverse al considerar su tristeza y el motivo por el que se puso a hacer oración, demostrar grandes deseos de imitarle en su resignación y sobre todo rezar a Dios cuando sintáis alguna congoja. Mirad, hijas mías, no os desaniméis nunca, las que no sepáis leer; si tenéis buena voluntad, Dios os concederá el don de oración (IX, 1103). </em></p>
<p>El 7 de marzo de 1659 se dirige a los misioneros para animarles a que acepten las pruebas como expresión de la voluntad de Dios (38):</p>
<p><em>Nuestro Señor, al meditar en el huerto de los olivos en los tormentos que tendría que sufrir, los miraba como queridos por su Padre; nosotros hemos de decir como él: «Que no se haga, Señor, mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42). (XI, 454). </em></p>
<p>En septiembre de 1658, al recordar toda la Pasión, desde la agonía hasta la cruz, Vicente hace que captemos a la vez el realismo del desamparo de Jesús, y el consuelo que obtiene de la fe (39):</p>
<p><em>Nuestro Señor, en el huerto de los olivos, no sentía más que aflicción, y en la cruz sólo sentía dolores, que fueron tan excesivos que parecía como si, juntamente con el desamparo de los hombres, también lo hubiese abandonado su Padre; sin embargo, en los estertores de la muerte y en estos excesos de su pasión, se alegraba de cumplir la voluntad de su Padre (Mt 27, 46) (XI, 365). </em></p>
<p>Entendemos que no era un regocijo muy sensible: lo que él experimentaba era angustia y desamparo; pero en el ápice del alma sentía el consuelo de saber, por la fe, que estaba en las manos del Padre, pues hacía su voluntad … He ahí el solo consuelo que también a nosotros puede cabernos, en cuanto a nosotros mismos y en cuanto a nuestros allegados.</p>
<p><strong>LA PASIÓN </strong></p>
<p>El 28 de marzo de 1659, Vicente considera la Pasión más prolijamente y en especial medita con los misioneros sobre la Cruz, en una conferencia sobre la mansedumbre, para ilustrar hasta dónde llegaba la mansedumbre de Jesús, -pues ser uno manso cuando todo va bien es fácil; pero ¿seguir siéndolo en la Cruz, entre tormentos?:</p>
<p><em>Hermanos míos, si el Hijo de Dios se mostraba tan bondadoso en su trato con los demás, su mansedumbre brilló todavía más en su pasión, hasta el punto de que no se le escapó ninguna palabra hiriente contra los deicidas que le cubrían de injurias y de bofetones y se reían de sus dolores. A Judas, que lo entregaba a sus enemigos, lo llamó amigo (Mt 26, 50). ¡Vaya amigo! Lo veía venir a cien pasos, a veinte pasos; más aún, había visto a aquel traidor desde su nacimiento, y sale a su encuentro con aquella palabra tan cariñosa: «Amigo». Y siguió tratando lo mismo a los demás: «¿A quién buscáis?», les dijo, «¡Aquí estoy!» (Jn 18,4) (XI, 480). Meditemos todo esto, hermanos míos y encontraremos actos prodigiosos de mansedumbre que superan el entendimiento humano; consideremos cómo conservó esta misma mansedumbre en todas las ocasiones. Le coronan de espinas, le cargan con la cruz, lo extienden sobre ella, le clavan a la fuerza las manos y los pies, lo levantan y hacen caer a la cruz con violencia en el hoyo que habían preparado; en una palabra, lo tratan con la mayor crueldad que pueden, sin poner en todo esto nada de dulzura. Hermanos míos, os ruego a todos que penséis en aquel horrible tormento, la pesadez de su cuerpo, la rigidez de sus brazos, el rigor de los clavos, el número y delicadeza de sus nervios. ¡Qué dolor, hermanos míos! ¿Es posible imaginar mayor dolor? Si queréis meditar en todos los excesos de su pasión tan amarga, admiraréis cómo pudo y cómo quiso padecerlos aquel que no tenía que hacer más que transfigurarse en el Calvario, lo mismo que lo hizo en el Tabor, para hacerse temer y adorar. Y después de esta admiración, diréis como nuestro manso redentor: «Ved si hay dolor semejante a mi dolor» (Lam 1, 2). (XI, 480-481). ¿Y qué es lo que dijo en la cruz? Cinco palabras, de las que ni una sola demuestra la menor impaciencia. Es verdad que dijo: «Elí, Elí, Padre mío, Padre mío ¿por qué me has abandonado?» 16; pero esto no es una queja, sino una expresión de la naturaleza que sufre, que padece hasta el extremo sin consuelo alguno, mientras que la parte superior de su alma lo acepta todo mansamente; si no, con el poder que tenía de destruir a todos aquellos canallas y de hacerlos perecer para librarse de sus manos, lo habría hecho; pero no lo hizo. ¡Jesús, Dios mío! ¡Qué ejemplo para nosotros que nos ocupamos en imitarte! ¡Qué lección para los que no quieren sufrir nada! (XI, 481). </em></p>
<p>Ahora bien, aquí como en otros misterios de Jesús, nos impele Vicente a vivirlos por parte nuestra, a actualizarlos. Y esta contemplación tan viva de la Pasión de Jesús le prepara a contemplarla también en aquellos que la continúan el día de hoy. Abelly nos ha conservado, sin fecha, este hermoso pasaje dirigido a los misioneros (47):</p>
<p><em>No hemos de considerar a un pobre campesino o a una pobre mujer según su aspecto exterior, ni según la impresión de su espíritu, dado que con frecuencia no tienen ni la figura ni el espíritu de las personas educadas, pues son vulgares y groseros. Pero dadle la vuelta a la medalla y veréis con las luces de la fe que son ésos los que nos representan al Hijo de Dios, que quiso ser pobre 1; él casi ni tenía aspecto de hombre en su pasión 2 y pasó por loco entre los gentiles y por piedra de escándalo entre los judíos 3; y por eso mismo pudo definirse como el evangelista de los pobres: Evangelizare pauperibus misit me 4. ¡Dios mío! ¡Qué hermoso sería ver a los pobres, considerándolos en Dios y en el aprecio en que los tuvo Jesucristo! Pero, si los miramos con los sentimientos de la carne y del espíritu mundano, nos parecerán despreciables (XI, 725). </em></p>
<p>Las Hijas de la Caridad lo habían entendido bien y sabían decirlo a su manera: el 16 de marzo de 1642, tras evocar Vicente la Pasión de Jesús, una Hermana añade (48):</p>
<p><em>Una hermana observó que sería conveniente, al entrar en la habitación de los enfermos, ver en ellos a nuestro Señor en la cruz, y decirles que su cama tenía que representarles la cruz de nuestro Señor en la que ellos sufren con él (IX, 78). </em></p>
<p>En nuestro tiempo nadie osaría decirlo como por sistema, sobre todo sin conocer a las personas: se las podría ofender. Aun así, sigue siendo actual el vivir de una fe semejante.</p>
<p><strong>LOS MISTERIOS GLORIOSOS </strong></p>
<p><strong>LA RESURRECCIÓN </strong></p>
<p>Nos faltan todas las conferencias sobre Pascua, y no poseemos tampoco meditación alguna sobre la resurrección de Jesús. Pero con motivo del servicio, espiritual o corporal, Vicente nos enseña cómo en nuestra misión estamos asociados a la obra de la resurrección. Alude más a Lázaro resucitado por Jesús, que a Jesús mismo resucitado, pero podemos aun así asociar este texto con la doctrina de san Pablo, quien nos enseña que, muertos con Jesús, se nos convoca a resucitar con él.</p>
<p>Vicente, que había entrado en posesión de San Lázaro por un deseo azaroso de su prior, vio en el patronazgo de este santo un significado providencial. Oigámosle exponer a los misioneros la obra de los retiros espirituales, en un pasaje no fechado (49):</p>
<p><em>Esta casa, hermanos míos, servía antes de refugio para los leprosos; se les recibía aquí y ninguno se curaba; ahora sirve para recibir pecadores, que son enfermos cubiertos de lepra espiritual, pero que se curan, por la gracia de Dios. Más aún, son muertos que resucitan. ¡Qué dicha que la casa de San Lázaro sea un lugar de resurrección! Este santo, después de haber permanecido durante tres días en el sepulcro, salió lleno de vida (Jn 11, 38-44)… Pero ¡qué vergüenza si nos hacemos indignos de esta gracia!… ; no serán más que cadáveres y no verdaderos misioneros; serán esqueletos de San Lázaro y no Lázaros resucitados, y mucho menos hombres que resucitan a los muertos (XI, 710-711) </em></p>
<p>El servicio corporal de los enfermos y heridos se beneficia de la misma consideración: el tema de la resurrección vuelve una y otra vez en relación con las Hijas de la Caridad. El 23 de julio de 1654, habla a 4 Hermanas destinadas a Sedan (50):</p>
<p><em>Entonces, ¿para qué tenéis que ir a ese sitio? Para hacer lo que Nuestro Señor hizo en la tierra. El vino a reparar lo que Adán había destruido, y vosotras vais poco más o menos con ese mismo designio. Adán había dado la muerte al cuerpo y había causado la del alma por el pecado. Pues bien, Nuestro Señor nos ha librado de esas dos muertes, no ya para que pudiéramos evitar la muerte, pues eso es imposible, pero nos libra de la muerte eterna por su gracia, y por su resurrección da vida a nuestros cuerpos, pues en la santa comunión recibimos el germen de la resurrección… Para imitarle, vosotras devolveréis la vida a las almas de esos pobres heridos con la instrucción, con vuestros buenos ejemplos, con las exhortaciones que les dirigiréis para ayudarles a bien morir o a recobrar la salud, si Dios quiere devolvérsela. En el cuerpo, les devolveréis la salud con vuestros remedios, cuidados y atenciones. Y así, mis queridas hermanas, haréis lo que el Hijo de Dios hizo en la tierra (IX, 652). </em></p>
<p>Un lenguaje similar el 8 de septiembre de 1657, al dar a las Hermanas noticias de las que curan a los heridos en Polonia (51):</p>
<p><em>¡Salvador mío! ¿No es admirable ver a unas pobres mujeres entrar en una ciudad sitiada? ¿Y para qué? Para reparar lo que los malos destruyen. Los hombres van allá para destruir, los hombres van a matar, y ellas para devolver la vida por medio de sus cuidados. Ellos los envían al infierno, pues es imposible que en medio de aquella carnicería no haya algunas pobres almas en pecado mortal; pero esas pobres hermanas hacen todo lo que pueden para mandarlas al cielo (IX, 911). </em></p>
<p><strong>PENTECOSTÉS </strong></p>
<p>Vicente hace frecuente referencia en sus cartas al Espíritu Santo, a menudo bajo la forma de breve invocación. Cuando habla a los misioneros el 13 de diciembre de 1658, pasa del espíritu de Nuestro Señor –en el sentido de mentalidad- al Espíritu Santo en cuanto persona; del simple estado de gracia santificante, pasa a lo que llamamos «vida mística», la acción de Dios en nosotros (52):</p>
<p><em>Hemos de saber que su espíritu está extendido por todos los cristianos que viven según las reglas del cristianismo;… Pero ¿cuál es este espíritu que se ha derramado de esta forma? Cuando se dice: «El espíritu de nuestro Señor está en tal persona o en tales obras» 21, ¿cómo se entiende esto? ¿Es que se ha derramado sobre ellas el mismo Espíritu Santo? Sí, el Espíritu Santo, en cuanto su persona, se derrama sobre los justos y habita personalmente en ellos. Cuando se dice que el Espíritu Santo actúa en una persona, quiere decirse que este Espíritu, al habitar en ella, le da las mismas inclinaciones y disposiciones que tenía Jesucristo en la tierra, y éstas le hacen obrar, no digo que con la misma perfección, pero sí según la medida de los dones de este divino Espíritu (XI, 410-411</em>).</p>
<p>Dice a los misioneros un día de Pentecostés no fechado (53):</p>
<p><em>Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él (Jn 14, 23). Estas palabras del evangelio de hoy (día de Pentecostés), que nos hablan del amor, nos servirán de tema para hablar del amor que nuestro Señor pide de nosotros… Así lo haremos (entrar en este amor), si estamos animados por el Espíritu Santo, que es el amor que une a las personas de la Santísima Trinidad en sí misma y a las almas con la Santísima Trinidad. Hagamos para ello un acto interior, recurriendo a la Santísima Virgen y diciéndole: Sancta Maria, ora pro nobis… Si amamos a Nuestro Señor, seremos amados por su Padre (Jn 14, 21), que es tanto como decir que su Padre querrá nuestro bien, y esto de dos maneras: la primera, complaciéndose en nosotros, como un padre con su hijo; y la segunda, dándonos sus gracias, las de la fe, la esperanza y la caridad por la efusión de su Espíritu Santo, que habitará en nuestras almas (Rom 5, 5), lo mismo que se lo da hoy a los apóstoles, permitiéndoles hacer las maravillas que hicieron. La segunda ventaja de amar a Nuestro Señor consiste en que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo vienen al alma que ama a nuestro Señor (Jn 14, 23), lo cual tiene lugar: l.º por la ilustración de nuestro entendimiento; 2.º por los impulsos interiores que nos dan de su amor, por sus inspiraciones, por los sacramentos, etcétera. El tercer efecto del amor de nuestro Señor a las almas es que no sólo las ama el Padre, y vienen a ellas las tres divinas personas, sino que moran en ellas. El alma que ama a Nuestro Señor es la morada del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, donde el Padre engendra perpetuamente a su Hijo y donde el Espíritu Santo es producido incesantemente por el Padre y el Hijo (XI, 734-737). </em></p>
<p>Su conferencia a las Hijas de la Caridad, el 25 de enero de 1643, sobre las virtudes de las campesinas, termina así (55):</p>
<p><em>Que el Espíritu Santo derrame en vuestros corazones las luces que necesitáis, para caldearlo con un gran fervor y &#8216;laceros fieles y aficionadas a las prácticas de todas estas virtudes, para que, por la gloria de Dios, estiméis vuestra vocación en cuanto vale y la apreciéis de tal manera que podáis perseverar en ella el resto de vuestra vida, sirviendo a los pobres con espíritu de humildad, de obediencia, de sufrimiento y de caridad, y seáis bendecidas. En el nombre el Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (IX, 103).. </em></p>
<p><strong>MARÍA NUESTRA REINA </strong></p>
<p>Sin emplear ese término, Vicente consagró a ella la Compañía de las Hijas de la Caridad, de la misma manera que alguien se entregaría al servicio de una reina. Vicente consagra la Compañía de las Hijas de la Caridad a la Virgen Santísima el 8 de diciembre de 1658 (56):</p>
<p><em>Puesto que esta Compañía de la Caridad se ha fundado bajo el estandarte de tu protección, si otras veces te hemos llamado Madre nuestra, ahora te suplicamos que aceptes el ofrecimiento que te hacemos de esta Compañía en general y de cada una de nosotras en particular. Y puesto que nos permites que te llamemos Madre nuestra y eres realmente la Madre de misericordia, de cuyo canal procede toda misericordia, y puesto que has obtenido de Dios, como es de creer, la fundación de esta Compañía, acepta tomarla bajo tu protección». Hijas mías, pongámonos bajo su dirección, prometamos entregarnos a su divino Hijo y a ella misma sin reserva alguna, a fin de que sea ella la guía de la Compañía en general y de cada una en particular (IX, 1148). </em></p>
<p>Todo ello nos lleva a hacernos conscientes de que, para seguir a Jesús, que ocupa el centro de los misterios del Rosario, podemos a nuestra vez participar en las virtudes de Nuestra Señora e implorar su intercesión. El 2 de febrero de 1647, según concluye la plática sobre la obediencia, san Vicente llega incluso a dar una cascada de intercesores, la cual brinda, en sucintas palabras, una visión total de Dios y de la Iglesia (57):</p>
<p><em>Se lo pido al Padre Eterno por el Hijo, al Hijo por su santísima Madre y a toda la Trinidad por nuestras pobres hermanas que están ahora en el cielo (IX, 287). </em></p>
<p>Concluyamos nosotros con otra consagración a la Santísima Virgen, la de la Compañía, el 8 de agosto de 1655, cuya fórmula resulta de notable actualidad (58):</p>
<p><em>Santísima Virgen, tú que hablas por aquellos que no tienen lengua y no pueden hablar, te suplicamos, … que asistas a esta pequeña Compañía. Continúa y acaba una obra que es la mayor del mundo; te lo pido por las presentes y por las ausentes. Y a ti, Dios mío, te suplico por los méritos de tu Hijo Jesucristo que acabes la obra que has comenzado (IX, 733).</em></p>
<p>&#8212;&#8212;</p>
<p>Autor: <strong>Bernard Koch, C.M.</strong>. • Traducción: <strong>Luis Huerga Astorga, C.M. • Tomado de: <a href="http://somos.vicencianos.org/"><strong>Somos Vicencianos</strong></a>.</strong></p>
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		<title>La pedagogía de santa Luisa</title>
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		<pubDate>Fri, 18 May 2012 05:19:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Javier F. Chento</dc:creator>
				<category><![CDATA[Formación]]></category>

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		<description><![CDATA[1. La Comunidad en sus orígenes El 29 de noviembre de 1633, Luisa, con el consentimiento de Vicente de Paúl, había acogido en su casa a cuatro o cinco jóvenes con el fin de prepararlas para el servicio a los pobres enfermos en las Caridades y proporcionar una base espiritual a su asistencia caritativa. Gracias [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="float:right; margin:0 0 10px 15px; width:240px;">
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		</p><p><strong>1. La Comunidad en sus orígenes</strong></p>
<p><a href="http://cdn2.famvin.org/es/files/2012/05/cartel6.jpg" rel="wp-prettyPhoto[g5849]"><img class="alignright size-full wp-image-5850" src="http://cdn2.famvin.org/es/files/2012/05/cartel6.jpg" alt="" width="300" height="285" /></a>El 29 de noviembre de 1633, Luisa, con el consentimiento de Vicente de Paúl, había acogido en su casa a cuatro o cinco jóvenes con el fin de prepararlas para el servicio a los pobres enfermos en las Caridades y proporcionar una base espiritual a su asistencia caritativa. Gracias a su formación, llegarán a ser, sin que aspiren a otra cosa, <em>«pobres Hijas de la Caridad totalmente entregadas a Dios </em><em>para el servicio de los pobres», </em>según la expresión de Vicente de Paúl.</p>
<p>En el transcurso de los ocho meses siguientes, el señor Vicente explicó a las Hermanas, en tres conferencias, el orden del día establecido para ellas, o, dicho en otros términos, su reglamento. La cuarta conferencia no tuvo lugar sino seis años después. Fue, por lo tanto, Luisa quien asumió el cargo principal y la parte más importante en la formación de las Hermanas.</p>
<p>De la correspondencia entre Vicente y Luisa de Marillac sacaremos los criterios según los cuales han de formarse las Hijas de la Caridad. No era una tarea fácil esta formación. Y así podemos leer en una carta de Vicente a Luisa:</p>
<p>«No dudo de que no sean tal y como me las describe usted; pero hemos de esperar que se formarán&#8230; Bueno será que les diga usted en qué consisten las virtudes sólidas, sobre todo la de la mortificación, interior y exterior, de nuestro propio juicio y de nuestra voluntad, el no insistir en los recuerdos, la mortificación de la vista, del oído y de los demás sentidos; la mortificación en el hablar, en el afecto que tenemos a las cosas malas, inútiles y aun a las buenas, por amor a Nuestro Señor, que así se comportó; y habrá que afianzarlas mucho en esto, sobre todo en la virtud de la obediencia y en la de la indiferencia» (Síg. I, 305).</p>
<p>El señor Vicente constató con satisfacción y alegría el buen éxito de este trabajo educativo. No obstante, la formación de las jóvenes del campo era para Luisa de Marillac gran tarea, tanto más cuanto que nunca se la veía completamen­te terminada. Caídas y recaídas forman parte de la naturaleza humana. Pero, al cabo de unos años, a Luisa le pareció constatar cierto éxito en sus esfuerzos como se ve cuando escribía así al señor Vicente:</p>
<p>«Fue tal día como mañana cuando las primeras empezaron a reunirse el Comu­nidad, aunque muy pobremente; de esto hará unos cinco o siete años. He tenido esta tarde un pensamiento que me ha llenado de alegría y es que así como, por la gracia de Dios, son ahora mejores que al principio, después de los pocos años que espero estar todavía en la tierra, las que Dios ponga a su lado atraerán sobre ellas más bendiciones por sus buenos ejemplos. Es lo que deseo con todo mi corazón&#8230;» (Santa Luisa de Marillac, Corr. y Escr. C. 39, pág. 52).</p>
<p>Durante aquellos años —serán en definitiva los veinte siguientes— Luisa de Marillac se entregó con toda su alma a la gran tarea de la fundación de la Com­pañía y formación de sus hijas. A partir de 1640, como así lo decidió el señor Vicente, a aquellas «Hijas», a aquellas «jóvenes», se las llamará «Hermanas»: <em>«Pienso que será más humilde llamar a las Hijas de la Caridad con el título de </em><em>Hermanas que con el de &#8220;jóvenes&#8221; (o &#8220;hijas&#8221;)» </em>(Síg. II, pág. 120, hacia 1640).</p>
<p><strong>2. La finalidad educativa que se proponía Luisa</strong></p>
<p>La principal finalidad de los esfuerzos de santa Luisa en la formación de las Hermanas coincido con el fin principal de la Compañía: el cumplimiento de la Voluntad divina en el servicio a Cristo en los pobres. En numerosas cartas, Luisa orienta a las Hermanas hacia la comprensión de este gran objetivo. Absolutamente todo en la existencia de Luisa está dirigido al cumplimiento de la voluntad de Dios. Llega hasta el punto de preferir la destrucción de la Compañía que el saberla fuera de la línea de la voluntad divina. El conocimiento del designio de Dios y su cumplimiento suponen y exigen la fidelidad al espíritu de nuestra vocación.</p>
<p>Luisa explica a las Hermanas la importancia de tender hacia las virtudes pro­pias de una Hija de la Caridad: la humildad, la sencillez, el amor a Dios y a los pobres, la pobreza, la castidad y la obediencia. Y precisamente en esta enseñanza matizada y a la vez profunda es donde reside todo el abanico de su pedagogía.</p>
<p><strong>3. Las predisposiciones personales de Luisa</strong></p>
<p>La propia educación de Luisa, la experiencia de su vida, su piedad esclare­cida, en una palabra, su fuerte personalidad, constituyen la sólida base de la formación pedagógica que Luisa ofrece con prodigalidad a aquellas mujeres que se esfuerzan por alcanzar una vida santa, bajo una nueva forma de entrega ca­ritativa, vivida en una comunidad religiosa.</p>
<p>Luisa se dirige a todo ser humano con su cortesía natural, fundada en el respeto a la persona. De ahí proceden su sencillez y su discreción. Sin dudarlo, podemos adelantar que su vida espiritual eleva su cortesía y su respeto al prójimo al nivel de la verdadera caridad, y que su modestia y su discreción se transforman en humil­dad y en abnegación cristiana. Gracias a su inteligencia y a su experiencia de la vida, puede animar fácilmente con tales virtudes las realidades cotidianas. ¿No es, al fin y al cabo, la vida de cada día, el campo por excelencia de la santificación? Esa es la encrucijada de los caminos que nos lleva ya al cumplimiento de la volun­tad de Dios, ya al callejón sin salida de nuestras cortas miras personales. Luisa de Marillac conoce bien esas alternativas. Y sabe orientar, interpretar y encontrar el sentido de los acontecimientos diarios de tal suerte que las Hermanas se sienten arrastradas a una relación directa con Cristo. La vida diaria se convierte para Luisa en signo y rasgo a través del cual Dios le manifiesta su voluntad. Esa manera de ver es lo que comunica a sus Hermanas. Y está tanto más preparada para ello cuanto que, por su parte, se dedica a ejecutar la voluntad de Dios. Luisa se dedica a buscar personalmente el cumplimiento de la voluntad de Dios, de una manera absoluta e incondicional. Pero su vida y su acción ejemplares, su aspiración radical a adquirir las virtudes, su profunda humildad y su intenso amor a Dios, todo ello, no puede permanecer oculto. Las Hermanas lo veían, sentían su efecto; la chispa del ejemplo brotaba e inflamaba a las jóvenes, impulsándolas hacia una conducta dig­na de admiración. Es impresionante constatar en Luisa las múltiples formas de guiar, animar, entusiasmar, alentar y estimular a las Hermanas.</p>
<p><strong>El estilo de educación que usa Luisa en su correspondencia </strong></p>
<p>4.1. Pedagogía de la individualización</p>
<p>Cuando Luisa escribe una carta, se dirige ante todo a esa persona. Sabe muy bien que el origen, el nivel cultural, el temperamento y el carácter de las Hermanas son muy diversos. Mientras unas necesitan cierto rigor, otras requieren que se las tranquilice y se las aliente. Por ejemplo, Luisa escribe a una Hermana Sirviente de Chars: «Yo pensaba haberle dicho muy claro que el señor Vicente me había indicado que era preciso dejar de tocar la campana para sus ejercicios, por varias razones que ahora sería demasiado largo indicar y que además no es necesario para ustedes, que saben es cuestión de obediencia&#8230;» A continuación, Luisa explica cuáles serían las consecuencias de ese toque de campana en pueblos en los que no hay más que dos Hermanas. Y añade otra razón para no hacerlo: «¿No es eso llamar la atención cuando Nuestro Señor nos enseña a hacerla en secreto si sólo afecta a nuestro interés particular?»</p>
<p>Luisa enfoca el problema sin rodeos. Juliana lo comprenderá así. El final de esta carta prueba el buen entendimiento que existe entre ambas: «Le agradezco, querida Hermana, la buena fruta (que me ha enviado); pero como nos promete enviarnos más, le ruego que la rodee bien de hierba, dentro de la cesta e incluso entre las frutas, porque todo ha llegado golpeado. No nos ha dicho si el pastel lo había hecho usted. Si es así, es usted una buena repostera. Nuestras enfermas y delicadas se lo agradecerían de corazón si fueran ellas quienes le escribieran. Y también lo harían por sus frutas».</p>
<p>Sabemos así quiénes fueron las que se comieron las cosas buenas&#8230; El final de la carta es muy característico de Luisa. Deja las cosas sin importancia de la vida diaria para entrar espontáneamente en Dios. «Suplico a la bondad de Dios le conceda un aumento de sus gracias, y a sor Genoveva un gran deseo de su perfección» (Santa Luisa, Escr. y Esp. C. 381, 1 de septiembre de 1651).</p>
<p>Un estilo personalizado y un contenido realista los encontramos también en la carta siguiente: «Mi muy querida Hermana: ¡Pues bien!, de nuevo ha tenido usted una lamentable caída!; presenta usted la falta de nuestra Hermana de manera distinta a como es. Esta Hermana se había impacientado mucho al ver varios gatos en torno a usted y a ella, durante la oración, y usted dice que es que desagradan a otra Hermana&#8230; ¡Dios mío, Hermana! ¡Qué amable es la verdad! ¡Cuánto tiempo hace que le he rogado que se deshaga usted de esos animales, y ni lo tiene en cuenta! ¡Y una Hermana faltará por no obedecerla a usted con prontitud!&#8230; Consuélese con la esperanza de que los Ejercicios le harán bien&#8230; Ruegue a Dios que me conceda la humildad&#8230;» (Id., C. 728, pág. 656).</p>
<p>No todas las Hermanas pueden soportar ese lenguaje tan claro. Y Luisa no quiere desalentar. Las Hermanas tienen que sentir la seguridad de que las ama y las estima. Por eso, a veces, su consejo adopta otra forma: estimula y alienta.</p>
<p>4.2. Pedagogía de estimular y alentar</p>
<p>Al escribir a determinadas Hermanas, da a sus recomendaciones el estilo de un estímulo, de un aliento que no deja traslucir directamente la reprensión como tal. Esta forma se encuentra en Luisa con bastante frecuencia. Así ocurre, por ejemplo, en la carta dirigida a las Hermanas de Chantilly: «Alabo a Dios con todo mi corazón por la gracia que su bondad les ha concedido de servir de edificación en el lugar en el que le place emplearlas; pero tengan buen cuidado de estarle reconocidas mediante la práctica de las virtudes que les pide, sobre todo una gran cordialidad y buena inteligencia entre ustedes. ¿Estoy equivocada en reco­mendarles esta virtud sin la que no podrían, no sólo ser buenas Hijas de la Caridad, sino ni siquiera buenas cristianas? Quiero creer también que guardan con la mayor exactitud que pueden sus sencillas reglas, sin perjuicio para los pobres, cuyo servicio debe ser siempre preferido a todo; pero de la manera que es preciso y no según su propia voluntad. Les hemos enviado sus estampas del año, iguales en todo a las nuestras: es esa santa (santa Genoveva) la que debe mostrarnos nuestro oficio, puesto que ella fue tan feliz sirviendo a los pobres en la persona de Nuestro Señor, así como nosotras servimos a Nuestro Señor en la persona de los pobres&#8230;» (Id., C. 316, pág. 309).</p>
<p>Este fino recuerdo de la finalidad y del sentido de nuestra acción es discreto y afectuoso. Es de admirar la perseverancia obstinada con la que Luisa presenta en todas las ocasiones posibles, a las Hermanas, esa elevada finalidad. En sus cartas encontramos expresiones que nos sorprenden por su hábil progresión.</p>
<p>4.3. Pedagogía de la confianza en las posibilidades del otro</p>
<p>Las cartas de Luisa reflejan una pedagogía de la confianza. Ponen de relieve ciertos sentimientos, dando por supuesto que las virtudes y buenas acciones propuestas son ya una realidad o se hallan en vías de serlo. Esta idea podríamos expresarla mediante esta frase un tanto banal pero que encierra una realidad:</p>
<p>«Tendemos a ser un reflejo de la imagen que los demás se hacen de nosotros: el juicio de los demás nos condiciona y moldea».</p>
<p>La carta siguiente ilustra esa idea:</p>
<p>— con relación al afecto fraterno:</p>
<p>«Alabo a Dios con todo mi corazón por el sincero afecto hacia su Hermana que Su Bondad pone en usted: eso es lo que mantiene la unión y la tolerancia mutua&#8230; Y lo que hace que no lleguen a hablar mal la una de la otra cuando tienen que hablar la una de la otra porque si ocurre cualquier cosa pequeña entre ambas, después de ha­berse pedido perdón, todo queda olvidado» (Id. Corr. y Escr. C. 545, pág. 502).</p>
<p>— con relación a la utilización de las pequeñas ganancias (sor Cristina Rideau será nombrada tesorera en 1660):</p>
<p>«Si llega a ahorrar algo, empléelo en el sostenimiento de ustedes, pues sé muy bien que no quiere atesorar, por la gracia de Dios. Ama usted demasiado la santa pobreza y la confianza en Dios, que son los dos pilares de la Compañía de las Hijas de la Caridad» (Idem).</p>
<p>4.4. Pedagogía de la estima</p>
<p>La pedagogía de Luisa, pasando a través del testimonio de la estima, aparece de manera más especial en sus cartas de los años siguientes. Es una forma dictada sin duda por su modestia y más especialmente por su profunda humildad y su respeto a la persona. Ese respeto a la persona es una constante en la vida y en la correspondencia de Luisa que toma a la persona en serio. Sí, toma en serio ante todo a sus Hermanas. Nunca encontramos en ella el menor alarde de presun­ción, sino más bien —y con frecuencia de manera asombrosa— el ruego de que se pida por ella para que Dios le conceda la humildad.</p>
<p>4.5. Pedagogía del testimonio</p>
<p>Luisa recomienda sin cesar a las Hermanas la humildad. En la carta siguiente, dirigida a una Hermana Sirviente, lo hace, como ya hemos visto otras veces, a través de una recomendación indirecta: «&#8230;Me parece que hago mal en hablarle de ello (de lo que ha citado más arriba), al decirle que mi impotencia para obrar me ha hecho ver con mucha claridad la diferencia entre una Hermana Sirviente que dice: &#8220;hagamos&#8221;, y una que se contenta con decir: &#8220;haga&#8221;, y no pone ella manos a la obra; porque en el primer caso, se pone una al igual con sus Herma­nas y en el segundo se sale de la igualdad y del trabajo y se aísla en su auto­ridad&#8230;»</p>
<p>Y más adelante: «Creo, querida Hermana, que no tiene usted tiempo que dar a otra cosa ni a otra finalidad que al servicio de los pobres, y que no le vendrá al pensamiento que está usted obligada a visitar o a escribir a las personas religiosas o a las señoras, a menos de que haya una gran necesidad de hacerlo. Sí tiene algún tiempo de más, creo que estará mejor empleado en ganar algunas monedas trabajando para sus pobres, o bien instruyendo a algún pobre enfermo diciéndole algunas buenas palabras encaminadas a su salvación, que empleán­dolo en hacer cumplidos&#8230; La seguridad que tengo de su amor y su firmeza hacia su vocación, me hace decirle francamente todo lo que se me viene al espíritu y darle todos los consejos que creo deber darle porque preveo deben ser de pro­vecho para aquéllas de las que pienso quiere Dios servirse para hacer subsistir la Compañía en el espíritu de sencillez y humildad de Jesucristo. Si no la cono­ciera a usted bien y no tuviera la seguridad de que recibe bien y con tolerancia lo que le digo, me guardaría mucho de actuar así con usted&#8230;» (Id., C. 713, pág. 642).</p>
<p>Entre otras cosas, este texto revela la preocupación de Luisa por la permanen­cia de la obra.</p>
<p><strong>5. El punto fuerte de la pedagogía de Luisa, lo que motiva sus esfuerzos</strong></p>
<p>A pesar de su temperamento, inclinado a inquietarse, Luisa da testimonio aquí de una gran firmeza cuando se trata de buscar en todo la voluntad de Dios y la disposición firme para cumplirla. Cuanto más la alejan los años de la fecha de la «Luz de Pentecostés» (en 1623), tanto más parece que el resplandor de aquella Luz ilumina los acontecimientos de cada día.</p>
<p>Después de su peregrinación a Chartres (1644) y la primera aprobación de la Compañía —primero como «Caridad»—, Luisa, en una obediencia de fe sin reser­vas, va progresando por el camino de la construcción y de la consolidación de su obra, al mismo tiempo que hace avanzar a sus compañeras por el mismo camino.</p>
<p>5.1. El conocimiento del designio de Dios</p>
<p>Las directrices del señor Vicente y la vida de Luisa, profundamente interior y rica, encuentran su expresión en una síntesis maravillosa, y a través de numerosas cartas, destinadas a formar a las Hermanas espiritualmente. En fe y humildad, ama a sus Hermanas, a las que considera como dones de Dios y como el cumplimiento de aquella «su luz de Pentecostés». Por eso, cada una de ellas es merecedora de todo su afecto. Y a esa tarea se entrega con toda la riqueza de sus dones de espíritu y de corazón. Forma, escucha, ayuda, recomienda, aconseja, encamina imperceptiblemente a las Hermanas hacia los mayores sacrificios. En esto, su pedagogía es una verdadera escuela de santidad.</p>
<p>5.2. Escuela de santidad</p>
<p>En este aspecto, coloca muy alto el listón referente a la autoeducación de aquellas Hermanas. No todas tienen la misma capacidad. No todas saben corres­ponder a sus esperanzas. Entonces, Luisa escribe largas cartas a las comunida­des. Con frecuencia, en esas cartas se dirige a cada una y, según los casos, formula reproches, elogios, palabras de aliento&#8230; que las Hermanas comprenden bien. En todo caso, esas cartas las guardaron como tesoros. Si no lo hubieran hecho, hoy no las tendríamos.</p>
<p><strong>6. Los objetivos inmediatos que se señala santa Luisa</strong></p>
<p><strong></strong>Luisa debe poder contar con las Hermanas de las casas alejadas de París. Para esto desarrolla todo su saber psicológico. Recomienda a las Hermanas:</p>
<p>6.1. El coraje, la valentía</p>
<p>Con una sencilla recomendación, dice a las Hermanas cómo empezar la jorna­da: «Le ruego diga a todas nuestras Hermanas que las saludo y les pido que todas las mañanas se levanten con nuevos ánimos de servir bien a Dios y a los pobres&#8230; Adoremos y amemos siempre las disposiciones de la Divina Providencia, único y verdadero apoyo de las Hijas de la Caridad&#8230;» (S. L. Corr. y Esc. C. 218, pág. 225).</p>
<p>6.2. La tolerancia mutua</p>
<p>Construir la vida de comunidad y mantener en el hogar el espíritu de amor, de atención y de tolerancia requieren una gran exigencia. Luisa lo sabe. En el servicio a los pobres, la bondad y la tolerancia son igualmente importantes. Luisa evoca la razón principal de esforzarse en la cordialidad cuando escribe: «¿Dónde están la dulzura y la caridad hacia nuestros queridos amos, los pobres enfermos, que han de conservar tan cuidadosamente? Si nos apartamos, por poco que sea, del pensamiento de que son los miembros de Jesucristo, eso nos llevará infaliblemente a que disminuyan en nosotras esas hermosas virtudes&#8230; Renuévense, pues&#8230;, recordando que El las ha conducido, por su Providencia, al lugar en que se encuentran y las ha hecho vivir juntas&#8230; Si nuestra Hermana está triste, si tiene un carácter melancólico o demasiado vivo o demasiado lento, ¿qué quiere que haga si ese es su natural?, y aunque a menudo se esfuerce por vencerse, no puede impedir que sus inclinaciones salgan al exterior. Su Hermana, que debe amarla como a sí misma, ¿podrá enfadarse por ello, hablarle de mala manera, ponerle mala cara? ¡Ah, Hermanas mías!, cómo hay que guardarse de todo esto y no dejar traslucir que se ha dado usted cuenta, no discutir con ella, sino más bien pensar que pronto, a su vez, necesitará que ella observe con usted la misma conducta. Y eso será, queridas Hermanas, ser verdaderas Hijas de la Caridad, ya que la señal de que un alma posee la caridad, con todas las otras virtudes, es la de soportarlo todo&#8230;» (Id. C. 115, págs. 117-118).</p>
<p>6.3. La entrega sin reserva</p>
<p>Un poco más tarde, escribe a la misma comunidad para estimular a todas las Hermanas a un nuevo empezar en la búsqueda de la virtud. Luisa tiene, para cada una de las Hermanas en particular, una palabra de aliento. En unas frases hace alusión al rasgo del carácter de la Hermana que requiere ser vigilado o que ha de desarrollarse. Se dirige, en primer lugar, a aquélla que tiene, probablemente, un poco de instrucción: la Hermana Sirviente; veamos lo que ésta puede leer: «¿Está usted muy animosa? ¿Hace como el Buen Pastor que expone su vida por el bien y conservación de las ovejas que tiene a su cargo? Así quiero creerlo; porque, si es cierto que no siempre tenemos ocasiones de exponer nuestra vida, no nos faltan, en cambio, las de sacrificar nuestra voluntad para acomodarnos a la de los demás, de romper con nuestros hábitos e inclinaciones&#8230; de vencer nuestras pasiones para no excitar las ajenas&#8230; para vivir en la estrecha unión de la verda­dera caridad de Jesús Crucificado&#8230;» A continuación, se dirige de manera parti­cular a cada una de las Hermanas, como, por ejemplo: «Diga a sor María Marta que espero lo sea no sólo de nombre, sino efectivamente, porque al llamarse María tiene que vivir en una gran pureza, dulzura y modestia, dispuesta a sacri­ficarse por todos, y su nombre de Marta la obliga a una gran exactitud para cumplir su Regla en todos sus quehaceres&#8230;» (Id. C. 119, pág. 123).</p>
<p>6.4. La perseverancia</p>
<p>En una nueva fundación (Serqueux), las Hermanas tenían muchas contradiccio­nes a las que hacer frente y superar. Luisa sabe darles seguridad y convencerlas para que se mantengan firmes:</p>
<p>«¡Ah, queridas Hermanas!, ¡cuánto consuelo me parece que tienen en medio de tanta fatiga!, ¡buen ánimo! Trabajen en su perfección aprovechando tantas ocasiones que tienen de sufrir los malos modos, de ejercitar la dulzura, la paciencia, y de vencer todas las contradicciones que encuentren» (Id. C. 140, pág. 142).</p>
<p>6.5. La magnanimidad</p>
<p>«Tengan un gran corazón que no encuentre nada difícil por el santo amor de Dios, en el que soy, y en el de su Hijo Crucificado&#8230;» (Id. C. 140, pág. 142).</p>
<p>6.6. La intensidad en la entrega</p>
<p>En la época de la Fronda, la miseria cotidiana toma tales proporciones que quedamos admiradas ante la fuerza del carisma de las Hermanas para hacer frente a tan grandes aflicciones. Observemos que Luisa no retira del todo a sus Hermanas de las zonas peligrosas, sino que las deja en ellas e incluso las envía. Sabe entusiasmar a las Hermanas para que acepten los mayores sacrificios por Jesucristo. Sabe también motivar y justificar este espíritu de abnegación y de sacrificio. En una carta a las Hermanas de Brienne, leemos:</p>
<p>«En nombre de Dios, mis queridas Hermanas, no se desanimen por sus trabajos ni por pensar que no tienen más consuelo que el de Dios. ¡Ah, si supiéramos los secretos de Dios cuando nos pone en tal estado, veríamos que debería ser éste el tiempo de nuestros mayores consuelos! ¡Pues qué! Ven ustedes cantidad de miserias que no pueden socorrer; Dios las ve también y no quiere darles más alivio. Lleven con ellos sus penas, hagan todo lo posible por ayudarles en algo, y permanezcan en paz. Es posible que ustedes tengan también su parte de necesidad, y ese ha de ser su consuelo, porque si estuvieran ustedes en la abundancia, sus corazones no podrían soportarlo viendo sufrir tanto a nuestros (señores) y amos. Por otra parte, si Dios castiga a su pueblo a causa de nuestros pecados, ¿no es razonable que suframos con los demás? ¿Quiénes somos noso­tros para creer que estamos exentas de los males públicos? Si la bondad de Dios no nos expone a las miserias más grandes, démosle gracias por ello, y estemos persuadidas de que es sólo su misericordia, sin ningún otro mérito» (Id. C. 410, pág. 388).</p>
<p>6.7. La confianza en la divina Providencia</p>
<p>Por lo que se refiere a las Hermanas que sirven a los niños expósitos en el castillo de Bicétre, Luisa teme lo peor. El ejército había establecido su campamen­to en los alrededores del castillo. A pesar de su gran inquietud, Luisa escribe a las Hermanas de una manera tranquilizadora, invitándolas a la confianza en la divina Providencia para vencer todo pánico:</p>
<p>«&#8230;mis queridas Hermanas&#8230; Estoy segura de que (Dios) les infunde valor y ánimo suficientes para morir antes que permitir que Dios sea ofendido por ustedes, y que su modestia da a conocer que pertenecen al Rey de reyes a quien todas las potencias están sometidas. Cuide usted de que nuestras Hermanas estén siempre todas juntas y tengan mucho cuidado con las niñas mayores, a las que deben tener siempre a la vista o encerradas en la escuela, aun cuando así no puedan prestarles a ustedes ningún servicio. ¡Animo, queridas Hermanas! ¿Y quién ha de tenerlo más que ustedes, puesto que se hallan en la aflicción y en el ejercicio de la caridad? ¡Ah! ¡cómo se complace Nuestro Señor al ver los sentimientos de amor que parten de sus corazones, la sumisión a su santa voluntad que acepta todo lo que esa voluntad quiere en ustedes y de ustedes! No dudo de que, todas y cada una, han pensado en hacer una buena confesión con todas las disposiciones necesarias, sobre todo, el propósito de ser en adelante sus fieles servidoras re­nunciando más que nunca a ustedes mismas&#8230;</p>
<p>P.D. Aunque les hablo de confesarse, no crean, queridas Hermanas, que intento infundirles el temor de que van a morir. No, de ninguna manera; es para ayudarles a que estén siempre en gracia de Dios, de tal suerte que El tenga siempre su mirada puesta en ustedes» (Id. C. 276, pág. 274).</p>
<p>Cuanto más aumenta el número de Hermanas y de establecimientos, Luisa es más consciente de que Dios es quien guía y gobierna estas obras. Lo que noso­tras no podemos, sobre todo, es ponerles obstáculos. La confianza en su direc­ción providencial y en el cumplimiento de la Voluntad divina han de ser siempre la primera máxima, como lo atestigua el contenido de una carta a una Hermana que se encontraba inquieta y descontenta de la situación, en una nueva fundación (Ussel):</p>
<p>«No se inquieten si pasa mucho tiempo sin que vean las cosas en el estado en que podrían desearlas; hagan lo que buenamente puedan con gran paz y tranqui­lidad para dejar lugar a las disposiciones de Dios sobre ustedes, y no se preocu­pen de lo demás&#8230;» (Id. C. 654, pág. 593).</p>
<p>6.8. La humilde aceptación del sufrimiento reparador</p>
<p>A una Hermana que era inclinada a la crítica y al mal humor, Luisa traza un programa de santificación que podría ser nuestro programa de vida. En él aparece un pensamiento que, sin duda, medita con frecuencia en su oración: La justicia divina nos castiga severamente si no correspondemos a nuestra vocación. Vea­mos el texto:</p>
<p>«&#8230;les deseo&#8230; sean santas para trabajar útilmente en la obra de Dios, porque no basta con ir y dar, sino que es necesario un corazón purificado de todo interés y no dejar nunca de trabajar en la mortificación en general de todos los sentidos y pasiones, y para ello, queridas Hermanas, hemos de tener continuamente ante la vista nuestro modelo que es la vida ejemplar de Jesucristo a cuya imitación es­tamos llamadas no sólo como cristianas sino también por haber sido elegidas por Dios para servirle en la persona de sus pobres; sin esto, queridas Hermanas, las Hijas de la Caridad son las personas más de compadecer de todo el mundo, y si llegaran a desconocer las gracias de Dios y a ser infieles a ellas, creo que la divina justicia no las castigaría nunca lo bastante severamente en la eternidad» (Id. C. 257, pág. 259).</p>
<p>Con estas miras espirituales, una de las preocupaciones de Luisa es la de estabilizar a la joven comunidad en un género de vida sencillo.</p>
<p><strong>7. La preocupación constante por un estilo de vida pobre y sencillo</strong></p>
<p>Luisa desea vivamente que las Hermanas lleven una vida de estilo pobre y modesto escogiendo alojamientos y casas sencillas. En ese aspecto, la misma santa Luisa era ejemplar. Para el arreglo de la Casa Madre, no admitía más que piedras viejas, lo que no resultaba muy halagador para un arquitecto. Cuando se trató de que concedieran un nuevo alojamiento a las Hermanas en Bernay y de su instalación por los concejales, Luisa moderó la prisa de las Hermanas, escribién­doles esta prudente reflexión:</p>
<p><em>«Créame, querida Hermana, cuando veo establecimientos tan espléndidos, en los </em><em>que todo sonríe al principio, temo siempre por lo que venga detrás&#8230; Pienso, </em><em>Hermana, que cuando se trate de buscarles alojamiento definitivo, tendrá usted cuidado en elegir una vivienda propia para unas pobres muchachas» </em>(Id. C. 475, pág. 444).</p>
<p>El amor de Luisa por la pobreza encuentra su orientación en la del Hijo de Dios. Vivir como Jesucristo significa honrar la pobreza del Hijo de Dios. Lo repite a sus Hermanas en varias ocasiones. Ciertamente, las Hermanas eran pobres. Por su origen social, con frecuencia conocían la pobreza. Ahora bien, estas jóvenes vuelven a encontrar en comunidad una vida de restricciones que tienen que llevar ellas mismas. Además, tratan mucho con las Damas de la Caridad: de ahí la tentación de acceder a una vida más confortable. Luisa educa tanto con su propio ejemplo como por sus palabras, que descubren, sin rodeos, los fallos, después se enderezan, construyen y comunican dinamismo. La pedagogía de Luisa no tiene nada que ver con un método calculador o con un ejercicio de poder. Luisa recuer­da la gran gracia de la vocación que reclama una respuesta de amor por Jesús Crucificado y una fidelidad ejemplar que intenta siempre ajustarse al proyecto divino. Ella quisiera convencer, suscitar y fortalecer la buena voluntad de cada Hermana. Veamos un ejemplo:</p>
<p>«Y usted, querida sor&#8230; ha vuelto a caer en sus malas costumbres&#8230; Hija mía, hágase un poco de violencia&#8230; Yo creo&#8230; que la causa de la mayor parte de las faltas que comete es que maneja usted dinero y que siempre le ha gustado tenerlo. Si quiere seguir mi consejo, deshágase de esa afición&#8230; y excítese al amor a la santa pobreza para honrar la del Hijo de Dios, y por este medio conseguirá lo que necesita para ser verdadera Hija de la Caridad. De otro modo, dudo mucho de su perseverancia&#8230; Y ahora, ¡ánimo, mi buena Hermana! Espero que no habrá de despreciar mis pobres consejos, y siendo así, reconociendo cuán digno es Dios de ser amado y servido&#8230; especialmente haberla puesto en ese lugar en que tantas bendiciones ha derramado sobre su santo empleo&#8230;» (Id. C. 15, pág. 32).</p>
<p><strong>8. La actitud que hay que adoptar ante los graves problemas que surgen </strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>8.1. El recuerdo de la humildad y del amor a la cruz</p>
<p>a) El jansenismo</p>
<p>La joven Comunidad encuentra obstáculos que no proceden ni de las Herma­nas ni del carácter de las Hermanas. Hay dificultades graves que amenazan la existencia de una obra o de todo un establecimiento. Es el caso, por ejemplo, de un error de la época: el jansenismo. Las dos Hermanas de la ciudad de Chars se veían en conflicto entre lo que les ordenaba el párroco jansenista, su confesor, y los principios de su comunidad. Las Hermanas habían superado ya situaciones conflictivas de doctrina muy delicadas en las que se debatían los teólogos. Y, no solamente no supieron mantener la calma, sino que no dieron testimonio de un comportamiento prudente. El párroco mandó a una de las Hermanas que maltra­tase ante su vista a una niña de trece años. La Hermana se opuso a ello. A consecuencia de este incidente, el sacerdote negó la comunión a la Hermana, a la vista de todos. La Hermana le dirigió, ante la gente, palabras duras, relativas a las diferentes medidas vejatorias que él le hacía sufrir. Luisa pidió disculpas al párroco por el enfado de la Hermana debido a su temperamento.</p>
<p>Pero, por lo que se refiere al acontecimiento en sí, Luisa se pone de parte de las Hermanas. Sabe que debe sostener su perseverancia: es la manera de resistir, lo que la Hermana debe aprender. Por último, las Hermanas tuvieron que retirarse de Chars (ver Id. C. 592, C. 593).</p>
<p>b) La muerte prematura de muchas Hermanas</p>
<p>Otro problema que se plantea en esa época era el de la muerte prematura de muchas Hermanas. Ciertamente, la esperanza de vida en aquel tiempo no era muy elevada. Pero la muerte lleva consigo vacíos dolorosos. Por lo que a Luisa se refiere, estas pérdidas no pueden superarse más que en la cruz de Cristo.</p>
<p>8.2. La evidencia de la disponibilidad</p>
<p>Lo sorprendente es la evidencia de la disponibilidad en la que Luisa sabe que se encuentran sus Hermanas frente a la muerte. ¿Es el espejo de su propia disponibilidad o es que ha formado a las Hermanas para esta capacidad de la entrega de sí, serena y sólida? Veamos cómo se dirige a una Hermana de treinta y tres años, que se encuentra muy grave:</p>
<p>«Adoro con todo mi corazón la orden de la divina Providencia que parece querer disponer de su vida,. si la santísima voluntad de Dios es que le entregue usted su alma, ¡bendito sea su santo nombre!; bien sabe el dolor que me causa no poderla asistir en este último acto de amor, que estoy segura va usted a hacer, de entregar voluntariamente su alma al Padre Eterno, con el deseo de honrar el instante de la muerte de su Hijo. Nuestra buena sor Isabel le lleva la seguridad del afecto de todas nuestras Hermanas y el deseo de que las recuerde en el cielo cuando Dios le haya hecho a usted misericordia&#8230;» (Id. C. 91, pág. 98).</p>
<p>8.3. La convicción de fe</p>
<p>Esta gran disponibilidad va a estar sostenida por la convicción firme de que Dios va a escuchar las oraciones de la Hermana:</p>
<p>«Recuerde usted, pues, querida Hermana, las necesidades de la pobre Compañía a la que Dios la ha llamado; sírvale de abogada ante su bondad para que se digne cumplir sus designios sobre ella; y si su bondad se lo permite, ruegue a nuestros ángeles de la guarda que nos ayuden. Adiós, querida Hermana, suplico de todo corazón a Jesús Crucificado que la bendiga con todas las virtudes que El practicó en la Cruz&#8230;» (Id.).</p>
<p>8.4. La adhesión del corazón y de la voluntad</p>
<p>Luisa siente, cada vez, dolorosamente la muerte de una Hermana, pero es también la ocasión de enseñar a sus hijas, de manera natural, imperceptible y en una situación determinada, la adhesión del corazón y de la voluntad al designio de Dios. No vacila en decir:</p>
<p>«Hemos de acatar de buen grado el divino beneplácito que ha dispuesto de nuestra buena Hermana, a quien no me atrevo a llorar. ¡Que la voluntad de nuestro absoluto Señor se cumpla siempre por nosotras y en nosotras!» (Id. C. 79, pág. 88).</p>
<p>8,5. El sentido de lo concreto y de las medidas prácticas</p>
<p>A pesar de la pena tan grande que tiene, Luisa se enfrenta con esta realidad dolorosa ayudando a las Hermanas a que cumplan todo lo necesario para los fune­rales. Sus consejos son de gran valor, porque conoce el precio de las velas, el nom­bre del cerero, la calle en que vive&#8230; Da consejos concretando quién debe informar a quién. Nada queda olvidado. Así aprenden las Hermanas a conocer el ambiente de luto causado por el fallecimiento de una Hermana y cómo podrá encontrar su expresión más sencilla, digna y afectuosa. Más adelante, leemos en la misma carta:</p>
<p>«El señor Vicente nos ha dado orden de que se la entierre esta tarde después de vísperas. Le ruego avise usted al señor cura para saber si está de acuerdo. La vigilia se cantará de cuerpo presente, y el funeral será el miércoles.</p>
<p>Ocúpese, por favor, de que haya seis hachas de media libra cada una y seis cabos de medio cuarterón. Estoy pensando que podía usted tomar las seis hachas de la iglesia y así no habría que comprarlas.</p>
<p>Hacen falta también cuarenta velas para las Hermanas, de dos liardas cada una. Que se la entierre en la sepultura de la difunta sor Micaela. Se precisa un ataúd y una corona de flores blancas; que nuestras Hermanas de San Nicolás avisen a las de San Benito, San Esteban y a las de los niños; a las demás, las avisaremos nosotras».</p>
<p>Y después, Luisa confía en su compañera: «No sé si se me olvida algo, usted suplirá lo que a mí se me olvide».</p>
<p>Indica también la dirección de la tienda de velas: «&#8230; tiene usted un cerero en la Plaza Maubert. Mande un recado a la señora Metay (Dama de la Caridad), que la ayudará para todo eso» (Id. C. 79, pág. 88).</p>
<p>8.6. El compartir un beneficio espiritual</p>
<p>Sin embargo, la organización de los funerales, no es todo. Luisa no deja pasar el fallecimiento de una Hermana sin dirigirse a la Comunidad. Toma parte y alienta; en realidad, era ella la que necesitaba más consuelo. Pero permanece fiel a su adhesión a la voluntad de Dios y no deja de transmitir a las Hermanas cierto beneficio espiritual que ella sabe sacar de la experiencia de la muerte de una compañera. Escribe:</p>
<p>«Es verdad que hay que alabar y bendecir a Dios por todo y pedir por ella; les ruego que el ejemplo de sus virtudes, especialmente su sumisión y su amor al servicio de los pobres, les sirva para tener con Dios la fidelidad que le deben» (Id. C. 263, pág. 264).</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>9. Conclusión</strong></p>
<p>En la vida agitada y excesivamente precaria de este tiempo, el temor podía ser un compañero permanente. Por eso es tanto más admirable ver la superación que Luisa realizó en su propia vida. No existe prácticamente ninguna carta en la que Luisa no anime a las Hermanas a confiar las exigencias, las dificultades y las agitaciones de la vida de todos los días al cuidado y a la dirección de la divina Providencia. Su valor encuentra apoyo en la voluntad de Dios. En la cruz, supo acoger la vida cotidiana con todo lo que le reservó como voluntad de Dios, como expresión de su amor, como su Providencia, para llevar este amor al prójimo, a Cristo en la persona de los pobres. En una carta, dice:</p>
<p>«&#8230;ruego (a la Compañía) renueve su buen ánimo de servir a Dios y a los pobres con mayor fervor, humildad y caridad que nunca; trabajando por mantener el recogimiento interior en medio de sus ocupaciones, especialmente en la de estar sometidas al beneplácito divino, abandonadas a la Providencia y no entregadas a un cuidado ansioso por conocer todos los movimientos de su espíritu, lo que con frecuencia termina en virtud imaginaria&#8230; La perfección no consiste en eso, sino en la sólida caridad» (Id. 638, pág. 580).</p>
<p>Encontramos constantemente en Luisa una acertada mezcla de lo espiritual y del sentido práctico.</p>
<p>Al final de una carta que hace elevar el espíritu de las Hermanas hacia Dios, Luisa da rápidamente —impulsada por esta misma caridad— un buen consejo a una Hermana que tiene dificultad para oír:</p>
<p>«Para la enfermedad de sor Ana hay que ponerle una gota de aceite de ruda en el oído, por la noche antes de acostarse, tapándolo con un poco de algodón; no hay nada mejor» (Id. pág. 581).</p>
<p>Y la frase siguiente —la última— podría dirigirse a todas nosotras:</p>
<p>«Sean, pues, animosas avanzando por momentos por el camino en el que Dios las ha puesto para que vayan hacia El» (Id. C. 426, pág. 402).<br />
&#8212;&#8211;</p>
<p>Autor: <strong>Alfonsa Richartz</strong>. • Fuente: <strong>Ecos de la Compañía 1998</strong>. • Tomado de: <a href="http://somos.vicencianos.org/"><strong>Somos Vicencianos</strong></a>.</p>
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		<title>San Vicente y Dios Padre</title>
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		<pubDate>Wed, 16 May 2012 05:11:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Javier F. Chento</dc:creator>
				<category><![CDATA[Formación]]></category>

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		<description><![CDATA[Visión de conjunto San Vicente, como todos los espirituales, está impregnado de la Biblia y de la vida de Jesús. 1. Sabe que Dios, desde el Antiguo Testamento, se revela como Padre, pero que es Jesús quien lo da a conocer plenamente. En el Antiguo Testamento, Dios es Creador (Dt. 32, 18; Qo. 12, 1; [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="float:right; margin:0 0 10px 15px; width:240px;">
		<img src="http://cdn2.famvin.org/es/files/2012/05/God2.jpg" width="240" />
		</p><h2><strong>Visión de conjunto<br />
</strong></h2>
<p><a href="http://cdn2.famvin.org/es/files/2012/05/God2.jpg" rel="wp-prettyPhoto[g5841]"><img class="alignright size-medium wp-image-5842" src="http://cdn1.famvin.org/es/files/2012/05/God2-214x300.jpg" alt="" width="214" height="300" /></a>San Vicente, como todos los espirituales, está impregnado de la Biblia y de la vida de Jesús.</p>
<p><strong>1. </strong>Sabe que Dios, desde el Antiguo Testamento, se revela como <strong>Padre, </strong>pero que es Jesús quien lo da a conocer plenamente.</p>
<p>En el <strong>Antiguo Testamento, </strong>Dios es Creador (Dt. 32, 18; Qo. 12, 1; 2 M 7, 23; Si. 1, 8; 24, 12), Maestro (Baal), Señor (Adonai), la Roca y la Fuerza (2 S 22,2; Sal. 88 (89), 27; Jr.16, 19; Jb 9,4), pero también es Padre (Dt. 32, 6; Sal. 88 (89), 27; Is. 63, 16; 64, 8; Jr. 3, 4; 31, 9). E incluso «Padre y Madre» (Is. 66, 13; Si. 4, 11) y Esposo.</p>
<p><strong>Jesús </strong>nos dice que su misión consiste en revelar al «Padre», sin negar su Omnipotencia y englobando la Ternura de la Madre: Jesús mismo dijo, refiriéndose a Jerusalén, que había querido «reunir a sus hijos, como una gallina reúne a sus pollos bajo las alas» (Mt. 23, 37); pero también se muestra como Padre: «hijos míos» (Marc. 10, 24; Jn. 13, 33); también como el Señor y como la Roca (cf. 1 Cor. 10, 4).</p>
<p>Cómo revela al Padre: Él lo conoce por su misma generación, eternamente, pero en su humanidad, emplea palabras sacadas de la experiencia:</p>
<p>— a partir de la representación humana del que desempeñó el cometido de un padre, San José:</p>
<ul>
<li>Mi Padre trabaja siempre (Jn. 5, 17);</li>
<li>El Padre quiere al Hijo y le muestra todo lo que Él hace (Jn. 5, 20);</li>
<li>Como el Padre me amó (Jn. 15, 9);</li>
<li>Como el Padre me envió (Jn. 20, 21);</li>
</ul>
<p>- o a partir de lo que conoce de otros padres:</p>
<ul>
<li>¿Quién de vosotros dará a su hijo&#8230;? (Mt.7, 10; Lc. 11, 12);</li>
<li>La preocupación del padre por el hijo perdido (Lc. 15, 20 y 24).</li>
</ul>
<p><strong>San Vicente </strong>continúa este método empleado por Jesucristo. En él,</p>
<p>_ se dejan entrever las huellas de su padre terreno,</p>
<p>_ y utiliza los mismos temas que Jesús con una mirada de amor de las tres Personas hacia las criaturas que Ellas han lanzado a la existencia: Dios es Providencia. Aquí interviene especialmente el tema de la Misericordia (San Pablo: Pater Misericordiarum) y de la Ternura.</p>
<p><strong>2. </strong>San Vicente insiste particularmente en la <strong>misericordia: </strong>la misericordia del Padre y nuestra misericordia, imagen de la del Padre.</p>
<h2><strong>Dios Padre</strong></h2>
<p>Como en Nuestro Señor Jesucristo:</p>
<p><strong>A. Descubrimos en las expresiones de San Vicente rasgos de su padre te­rreno</strong></p>
<p>Nos recomienda el desprendimiento de la familia y él la practicó, pero esto no quiere decir que tengamos que dejar de amar. Hay muchos indicios que muestran que guardó un recuerdo emocionado de sus padres y que aflora varias veces a partir de 1645.</p>
<p>En sus recuerdos no hay que omitir a su <strong>madre. </strong>Todos hemos leído esta confesión en su conferencia del 15 de noviembre de 1657, a las Hermanas:</p>
<p><em>«Cuando veo a un sacerdote que se lleva a su madre para atenderla en su casa, le digo: &#8216;Señor, ¡qué felicidad la suya de poder devolver en cierto modo a su madre lo que ella le dio, con el cuidado que de ella tiene!&#8217;» </em>(Conf. Esp. n<sup>2</sup> 1794).</p>
<p>Bella confidencia que podemos unir con la única carta a su madre del 17 de febrero de 1610, cuya copia ha llegado hasta nosotros, en la que manifiesta la esperanza de ir a verla pronto (Síg. I, p.88): 29 años&#8230; 76 años&#8230; No ha olvidado nada de su trayectoria y de todo sabe hacer un trampolín para ir a Dios y a los pobres y para amar la Compañía, pues añade: la Compañía es vuestra madre, por eso es normal que trabajéis por su subsistencia y por formar a las jóvenes.</p>
<p><strong>Con relación a su padre, </strong>no ha relatado explícitamente más que el recuerdo de haber sentido vergüenza, hablando una vez a los misioneros (Síg. XI/4, 693) y otra a la señora de Lamoignon, quien lo contó en el proceso de beatificación, cf. P. Coste, <em>Monsieur Vincent&#8230;l, </em>30, pero implícitamente podemos suponer que sólo recordaba esto.</p>
<p><strong>1. </strong>San Vicente habló de su ternura recíproca entre padre e hijo, sin decir que se trataba de él mismo, pero esto se intuye. El 11 de julio de 1649, explica así a las Hijas de la Caridad la relación de Dios con nosotros:</p>
<p style="padding-left: 30px"><em>«¿Pensáis, hermanas mías, en el placer que Dios experimenta viendo a un </em><em>alma atenta a agradarle, deseosa de ofrecerle todo lo que hace? No </em><em>podemos imaginar, hermanas mías; y con razón se puede decir que esto </em><em>da alegría a Dios. Sí, aquí está su alegría, aquí está su placer, aquí es­tán sus delicias. Es como cuando un niño se preocupa de ofrecer a su padre todo lo que se le da; si alguien le da algo, no descansa hasta encontrar a su padre: &#8220;Toma, padre mío; mira lo que tengo; me han dado esto; he hecho esto&#8221;. Y aquel padre se complace indeciblemente al ver la docilidad del niño y esas pequeñas señales de su amor y de su depen­dencia. Lo mismo pasa, mis queridas hijas, con Dios, y en un grado muy distinto. Cuando un alma, desde la mañana, le dice: &#8220;Dios mío, te ofrezco todo lo que me suceda hoy&#8221;, y cuando, además, en las principales oca­siones que se le presentan de hacer o de padecer algo, echa una ojeada interior hacia su divina Majestad para decirle con un lenguaje mudo: &#8220;Dios mío, esto es lo que voy a hacer por tu amor; este servicio me parece molesto y duro de soportar, pero por tu amor nada me es imposible&#8221;; entonces, hijas mías, Dios aumenta la gracia a medida que su bondad ve el uso que de ella hace el alma, y, si tuvo hoy fuerzas para superar una dificultad, mañana la tendrá también para pasar por encima de otras muchas más grandes y molestas» </em>(Conf. Esp. Nº 606).</p>
<p>¿No es un recuerdo de juventud? Podemos ver en ello cómo San Vicente sabe descubrir el amor y la alegría de Dios Padre a partir de nuestras relaciones con nuestro padre. Hacer de todo lo que vivimos un camino hacia Dios y una expe­riencia espiritual es el secreto de los santos, es también el suyo.</p>
<p>Esto nos hace captar el drama de nuestra época, en la que demasiados niños y mayores no han tenido una familia apacible y duradera, no han conocido a su padre, o tienen una siniestra imagen paterna&#8230; Decirles que Dios es Padre, ¿qué es lo que puede despertar en ellos? Dios es familia en sí mismo, Padre, Hijo, Amor en el Espíritu: ¿cómo ir a Dios como Padre cuando una familia humana está rota?</p>
<p><strong>2. </strong>Las familias más unidas no son, sin embargo, forzosamente homogéneas ni están continuamente en armonía; sin embargo, los padres aman a sus hijos con sus diferencias y sus infidelidades. Vicente tuvo hermanos y hermanas de diferentes edades y temperamento.</p>
<p>San Vicente quedó impresionado por las dos parábolas de los dos hijos: el hijo pródigo y el fiel (Lc. 15,11-32), y el que dice «sí» y no hace, mientras que su hermano dice «no» pero hace lo mandado (Mt 21, 28-31). Las comentó varias veces a las Hijas de la Caridad y el tono con que habla hace pensar que evoca también sus propias experiencias.</p>
<p>El domingo 19 de septiembre de 1649, hablando con las Hermanas del amor de Dios, cuenta una tercera parábola, procedente de San Francisco de Sales quien, a su vez, la había tomado de unos teólogos que no nombra. De hecho, lo que viene de San Francisco es sólo el tema, el contenido y el tono son diferentes.</p>
<p style="padding-left: 30px"><em>«Hay amor efectivo cuando se obra por Dios sin sentir sus dulzuras. Este </em><em>amor no es perceptible al alma; no lo siente; pero no deja de producir su </em><em>efecto y de cumplir su misión. Esta diferencia se conoce, dice el bien­</em><em>aventurado obispo de Ginebra, en el ejemplo de un padre que tiene dos </em><em>hijos. Uno es todavía pequeño. El padre lo acaricia, se divierte jugando con él, le gusta oírle balbucear, piensa en él cuando no lo ve, siente vivamente sus pequeños dolores. Si sale de casa, sigue pensando en aquel niño; si vuelve, va en seguida a verlo y lo acaricia lo mismo que Jacob hacía con su pequeño Benjamín. El otro hijo es ya un hombre de 25 ó 30 años, dueño de su voluntad, que va adonde quiere, que vuelve cuando le parece bien, que se ocupa de los asuntos de la casa; y parece que su padre no lo acaricia nunca, ni que lo ame mucho. Si hay alguna preocupación, el hijo es el que tiene que cargar con ella; si el padre es labrador, el hijo se cuidará de todo el trabajo de los campos y pondrá manos a la obra; si el padre es comerciante, el hijo trabajará en su nego­cio; si el padre es abogado, el hijo le ayudará en las prácticas judiciales. Y en nada se conocerá que lo ama su padre.</em></p>
<p style="padding-left: 30px"><em>Pero se trata de hacer testamento, y entonces el padre demostrará que </em><em>lo ama más que al pequeño, a quien acariciaba tanto, porque le conce­derá la mejor parte de sus bienes y le dará lo mejor. Esto se observa en las costumbres de algunos países, que los mayores se quedan con todos los bienes de la casa, mientras, que los pequeños sólo tienen una peque­ña legítima. Y de esta forma se ve que, aunque aquel padre tenga un amor más sensible y más tierno al pequeño, tiene un amor más efectivo al mayor» </em>(Conf. Esp. Nº 787).</p>
<p>Ciertamente, en 1649, Vicente ha encontrado a centenares de labradores, comer­ciantes, hombres de justicia; pero su padre era labrador, uno de sus tíos abogado en el tribunal de primera instancia de Dax y su protector abogado en el mismo y juez en Pouy y él fue preceptor de sus hijos&#8230; Además, Vicente tenía un hermano mayor, Juan, de edad como para «se ocupara de los asuntos de la casa» y de tener «cui­dado de todo el trabajo de los campos». En 1598, el padre de San Vicente muere. El 15 de agosto de 1628 Vicente es padrino, en Pouy, de un hijo de su hermano Do­mingo, a quien llamaron Vicente; el 31 de agosto siguiente, recibe el bautismo Cata­lina, nieta de Juan, hija de Pedro: se ve la diferencia entre los hermanos; y Juan ya había muerto en 1626, cuando Vicente hizo donación de sus bienes a sus hermanos y hermanas (Síg. X, 77-78).</p>
<p>¿No nos esclarece esto sobre nuestra relación con Dios tanto como varios sermones?</p>
<p style="padding-left: 30px">Otro recuerdo: no hay que juzgar al propio padre, no se le desprecia por su apariencia exterior. En la Conferencia del 1 de enero de 1654, a las Hijas de la Caridad, en la que trata de la conducta que hay que mantener fuera de la casa: <em>«El cuarto medio consiste en entregaros a Dios para no tener nunca que decir nada de la dirección general de la Compañía ni de la dirección particular de la hermana sirviente, sino que os portéis siempre lo mismo que un niño que aprecia todo lo que su padre hace y dice. El hijo de un labrador cree que su padre y su madre son los más capaces que la naturaleza puede producir. Si la sirviente hace o dice alguna cosa que no os gusta, no penséis que obra mal. No os toca a vosotras hablar en contra de lo que ha hecho; tenéis que creer que lo que hace está bien; porque fijaos, hijas mías, hay una gracia para esto y hay un ángel particular para este caso. Dios da las gracias suficientes a las que llama a ese cargo. No creáis que se dan siempre los cargos a las más capaces o a las más virtuosas- </em>(Conf. Esp.nº 1095).</p>
<p>«El hijo de un labrador cree que su padre y su madre son los más capaces que la naturaleza pueda producir» ¿no le traiciona esto, a él que se dice siempre «hijo de un pobre labrador»?</p>
<p>Recíprocamente, un padre está contento de ver los progresos de su hijo.</p>
<p>Entre las Hermanas, San Vicente expresó exactamente lo contrario a la confe­sión de su vergüenza ante los cohermanos, es decir, el orgullo que un padre puede tener por su hijo, y éste debió ser el caso de su propio padre —lo que explica su remordimiento de haber tenido vergüenza de él—. Hablando del amor de Dios, el domingo 19 de septiembre de 1649, dijo: <em>«¿Qué creéis, hijas mías, que hacéis cuando lleváis la comida por las </em><em>calles? Alegráis a muchas personas con ese puchero; alegráis a las per­</em><em>sonas buenas, que se dan cuenta de que vais a trabajar por Dios; alegráis </em><em>a los pobres, que están esperando su alimento; pero sobre todo alegráis a Dios que os ve y conoce el deseo que tenéis de agradarle al llevar a cabo su obra. Un padre, que tiene un hijo mayor y de buen aspecto se complace en contemplar la apostura de su hijo desde la ventana que da a la calle, y experimenta una alegría inimaginable. De la misma forma, hijas mías, Dios os ve, no ya por una ventana, sino por todas partes por donde vais, y observa de qué manera vais a hacer un servicio a sus pobres miembros, y siente un gozo indecible cuando ve que vais de buena manera y deseando solamente hacerle ese servicio. ¡Ese es su gran gozo, su alegría, su delicia! ¡Qué felicidad, mis queridas hijas, el poder llenar de alegría a nuestro Creador!» </em>(Conf. Esp. Nº 778).</p>
<p>Ciertamente, San Vicente, en 1648, había visto buen número de hijos «de buen aspecto» cuyo padre estaba orgulloso. ¿Es temerario ver también, en este peque­ño detalle, un recuerdo del orgullo de su padre al ver a su hijo preceptor en casa del Sr. de Comet, «ya hecho un hombre (en aquella época se era mayor de edad a los 14 años) y de buen aspecto»? ¿Y más tarde, al verlo volver de vacaciones, estudiante de la Universidad? Quien no hubiera vivido esto, ¿pensaría en hablar de ello y de manera tan concreta y viva? Se ve la escena: Vicente pasa y percibe a su padre mirándolo por la ventana, quizá poco tiempo antes de morir, pues el padre muere en 1598, en su segundo año universitario.</p>
<p><strong>B. </strong>Vicente nos habla también del Padre que está en el Cielo</p>
<p>Lo mismo que nosotros, como toda la Iglesia, San Vicente conoce a Dios a través de su Creación, pero lo conoce como Padre a través de la experiencia de Nuestro Señor Jesucristo, a través de lo que Jesús dice del Padre.</p>
<p><strong>1. Es el Padre, el primero, quien nos conoce y nos ama en su Hijo. </strong>Mucho más que nuestras cualidades o nuestros méritos, es a Jesús a quien el Pa­dre ve en nosotros, dice Vicente a las Hijas de la Caridad, el 18 de agosto de 1647: <em>«De esta forma, hermanas mías, la Hija de la Caridad que ha comulgado bien no hará nada que no sea agradable a Dios; porque hará las acciones del mismo Dios. El Padre eterno ve a su Hijo en esa persona; ve todas las acciones de esa persona como acciones de su Hijo. ¡Qué gracia, hijas mías! ¡Estar segura de que Dios la ve, de que Dios la considera, de que Dios la ama!» </em>(Conf. Esp. Nº 553).</p>
<p>El Padre se complace en los sencillos y pequeños porque ve a Jesús en ellos. Lo repite con frecuencia a las Hijas de la Caridad, como el 1 de mayo de 1648:</p>
<p style="padding-left: 30px">«Sí, hermanas mías, Dios se goza tanto en esto, que hasta se puede decir que su mayor contento es darse a conocer a los humildes. ¡Hermosas pa­labras de Jesucristo, que nos demuestran que no es en el Louvre <sup>9</sup> y entre los príncipes donde Dios pone sus delicias! Lo dice en un lugar de la Es­critura: &#8220;Padre mío, te alabo y te doy gracias porque has ocultado tus mis­terios a los grandes del mundo y se los has manifestado a los humildes&#8221;. A Él no le gusta la pompa y el ornato exterior; se complace en el alma humilde, en el alma que es instruida por él solo y que no hace caso de la ciencia de este mundo. ¡Qué gran motivo éste, hermanas mías, para que os aficionéis a las conferencias, puesto que es allí donde Dios os da a conocer sus secretos y donde os descubre los medios para progresar en la virtud!» (Conf. Esp. Nº 668).</p>
<p>Siguiendo a Berulle, a otros espirituales y en las Letanías de Jesús, que rezaba y hacía rezar todos los días, Vicente observó que <strong>Jesús, igual al </strong><strong>Padre, es también un Padre para nosotros, </strong>«Padre del siglo futuro» (Is. 9, 6). «Padre de los Pobres» (Letanías que aplican a Jesús lo que Job decía de sí mismo, 29, 16). Jesús mismo no se ha nombrado «Padre», pero nos ha dicho al menos dos veces «hijitos»: Mc. 10, 24 y Jn 13, 33.</p>
<p>Él es «nuestro buen Padre», dice Vicente a los Misioneros (Síg. XI/4, 572; Abelly, III, 12) así como a las Hijas de la Caridad, el 9 de Febrero de 1653:</p>
<p style="padding-left: 30px">«Habéis dejado vuestro pueblo, vuestros parientes y vuestros bienes; ¿y para qué? para seguir a nuestro Señor y sus máximas. Sois hijas suyas y Él es vuestro Padre; os ha engendrado y os ha dado su espíritu; el que viese la vida de Jesucristo vería sin comparación algo semejante en la vida de una Hija de la Caridad» (Conf. Esp. n<sup>9</sup> 970).</p>
<p>Vicente habla ordinariamente de <strong>Dios Trinidad, </strong>de las relaciones entre Padre, Hijo y Espíritu Santo. Pero nombra varias veces al <strong>Padre.</strong></p>
<p>• El 28 de noviembre de 1649, habla a las Hijas de la Caridad sobre el trabajo, elevándose hasta la contemplación de las tres Personas divinas, que trabajan en el interior de su Trinidad y en la Creación:</p>
<p style="padding-left: 30px">«&#8230; el mismo Dios trabaja continuamente, continuamente ha trabajado y trabajará. Trabaja desde toda la eternidad dentro de sí mismo por la generación eterna de su Hijo, al que jamás dejará de engendrar. El Padre y el Hijo no han dejado nunca de dialogar, y ese amor mutuo ha produ­cido eternamente al Espíritu Santo, por el que han sido, son y serán distribuidas todas las gracias a los hombres.</p>
<p style="padding-left: 30px">Dios trabaja además fuera de sí mismo, en la producción y conservación de este gran universo, en los movimientos del cielo, en las influencias de los astros, en las producciones de la tierra y del mar, en la temperatura del aíre, en la regulación de las estaciones y en todo este orden tan hermoso que contemplamos en la naturaleza, y que se vería destruido y volvería a la nada, si Dios no pusiese en él sin cesar su mano.</p>
<p style="padding-left: 30px">Además de este trabajo general, trabaja con cada uno en particular; tra­baja con el artesano en su taller, con la mujer en su tarea, con la hormiga, con la abeja, para que hagan su recolección, y esto incesantemente y sin parar jamás. ¿Y por qué trabaja? Por el hombre, mis queridas hermanas, por el hombre solamente, por conservarle la vida y por remediar todas sus necesidades. Pues bien, si un Dios, soberano de todo el mundo, no ha estado ni un solo momento sin trabajar por dentro y por fuera desde que el mundo es mundo, y hasta en las producciones más bajas de la tierra, a las que presta su concurso, ¡cuán razonable es que nosotros, criaturas suyas, trabajemos, como se ha dicho, con el sudor de nuestras frentes» (Conf. Esp. n<sup>2</sup> 805-807).</p>
<p>San Vicente evoca también este doble aspecto de la actividad de Dios hablan­do de la administración de los bienes, y lo hace varias veces. Por ejemplo, al final de los avisos a Antonio Durand, joven superior, en 1656:</p>
<p style="padding-left: 30px">«Ya ve, padre, cómo de las cosas de Dios de que estábamos hablando he de pasar a los negocios temporales; de ahí puede deducir que toca al superior mirar no solamente por las cosas espirituales, sino que ha de preocuparse también de las cosas temporales; pues, como sus dirigidos están compuestos de cuerpo y alma, debe también mirar por las necesi­dades del uno y de la otra, y esto según el ejemplo de Dios que, ocupado desde toda la eternidad en engendrar a su Hijo, y el Padre y el Hijo en producir al Espíritu Santo, además de estas divinas operaciones ad intra creó el mundo ad extra, ocupándose continuamente en conservarlo con todas sus dependencias y produciendo todos los años nuevos granos en la tierra y nuevos frutos en los árboles, etc. Y el mismo cuidado de su adorable Providencia llega hasta hacer que no caiga ni una sola hoja de un árbol sin su aprobación; tiene contados todos los cabellos de nuestra cabeza <sup>16</sup>. Y alimenta hasta al más pequeño gusanillo y al más humilde insecto. Esta consideración me parece muy oportuna para hacerle com­prender que no debe dedicarse únicamente a lo que es más elevado, como son las funciones que se refieren a las cosas espirituales, sino que además es preciso que el superior, que en cierto modo representa toda la amplitud del poder de Dios, atienda a las más menudas cosas tempo­rales, sin creer que esta atención es indigna de él» (Síg. XI/3, 241).</p>
<p><strong>4. </strong>San Vicente meditó también cómo la generación del Hijo es la raíz de <strong>su </strong><strong>Misión en la tierra: </strong>porque el Padre engendra eternamente a su Hijo por eso lo envía temporalmente a la tierra, a vivir nuestra condición mortal. El Padre ama al Hijo, pero lo envía&#8230; a sufrir, dice, hablando a las Hijas de la Caridad sobre la obediencia, el 23 de mayo de 1655:</p>
<p style="padding-left: 30px">«Cuando el Padre eterno quiso enviar a su Hijo al mundo, le propuso todas las cosas que tenía que hacer y padecer. Ya conocéis la vida de Nuestro Señor, cómo estuvo llena de sufrimientos, Su Padre le dijo: &#8216;Per­mitiré que seas despreciado y rechazado por todos, que Herodes te haga huir desde tus primeros años, que seas tenido por un idiota, que recibas maldiciones por tus obras milagrosas; en una palabra, permitiré que todas las criaturas se pongan contra ti.</p>
<p style="padding-left: 30px"><em>Eso es lo que el Padre eterno le propuso al Hijo, que le respondió: `Padre, </em><em>haré todo lo que me mandes&#8217;. Esto nos demuestra que hay que obedecer </em><em>en todas las cosas en general» </em>(Conf. Esp. Nº 1311).</p>
<p>La voluntad del Padre, a la que Jesús obedece, es de hecho, obedecer a los hombres, incluso a los malvados (Mt. 17, 21; Mc. 9, 30; Lc. 9, 44 (entregado en manos de los hombres); Mt. 20, 18 (entregado a los príncipes de los sacerdotes). Y cuando en Getsemaní dice: &#8216;Padre, hágase tu Voluntad&#8217;, es la de los príncipes de los sacerdotes la que se hará&#8230; y en ello ve la de su Padre . San Vicente meditó esto y lo explica a las Hijas de la Caridad, en junio de 1642:</p>
<p style="padding-left: 30px">«Mis queridísimas hermanas, nuestra conferencia de hoy será un tema de los más importantes que hay para vuestra perfección, la santísima obe­diencia, virtud tan agradable a Dios, que el Espíritu Santo ha dicho, por los Padres de la Iglesia, que la obediencia vale más que el sacrificio e hizo que su Hijo la practicase durante treinta años en la tierra, hasta la muerte. Jesucristo prefirió la santa obediencia a su propia vida. ¿No dijo a san Pedro, cuando quería impedir que los judíos le prendiesen: &#8220;¿No queréis que haga la voluntad de Dios mi Padre, que consiste en obedecer a los soldados, a Pilato y a los verdugos? Y sí no fuese porque tengo que cumplir esta santísima voluntad, habría legiones de ángeles que me ven­drían a liberar? (Mt 26, 52-54)» (Conf. Esp. Nº119).</p>
<p><strong>Esto es verdad también para nosotros. </strong>Aparte del decálogo y del Nuevo Testamento, no oímos a Dios decirnos cuál es su voluntad&#8230; sino que siempre descubrimos esta voluntad, desde la Fe, a través de los hombres, individuos o comunidad, personas que nos quieren bien o no, y a través de los acontecimien­tos, las «causas segundas». Pensemos en los mártires o en todos los que son víctimas de la injusticia o de enfermedades crueles&#8230; Sería tan sencillo y fácil hacer la voluntad del Padre expresada con claridad&#8230; pero es en la noche y entre la niebla donde es bello creer en la luz&#8230;</p>
<p>Está claro, San Vicente no ve al Padre como a un «abuelo», como a un buen­ padre cariñoso; sabe por experiencia que si no hablamos de Él más que como lo hacen algunos versículos de los Salmos: «caminarás sobre áspides y víboras» Sal. 91 (90), 13; «muchas son las desdichas del justo, pero de todas lo libra el Señor» Sal. 34 (33), 20; el Salmo 36 entero, el Salmo 17, 49-51, etc.), llevaremos a algunos que sufren aflicciones a una terrible decepción, cuando no reciban alivio a su prueba aquí abajo.</p>
<p>El Padre no es cruel, pero el mundo creado por ÉL, lo mismo que la historia de los hombres, marcados por el pecado original, subsiste en medio de un juego de fuerzas ciegas, que a veces nos laminan. Vicente había visto demasiado como para tener una fe ingenua en la bondad del Creador: su Fe es un combate en medio de la noche, penetrado del misterio de un Dios que no interviene con frecuencia frente al mal. San Vicente recuerda que es la cruz de sus suplicios donde los mártires vieron la victoria con Jesús, pero experimentó que esta Fe sobrevive por encima de terribles cuestiones: algunas frases a este respecto dejó escapar. El 24 de agosto de 1647, describe los sufrimientos del P. Duperroy, en Polonia, a quien le habían cauterizado al hierro incandescente, algunas costillas careadas (en aquel entonces no había anestesias), y añade: «&#8230; decía dentro de mí mismo: &#8216;¿,Es ésa, Señor, la recompensa con que pagas a tus servidores, a ese hombre en el que jamás hemos notado la más pequeña falta, a esta persona que siempre ha permanecido fuerte como una roca en el lugar en que lo había colo­cado tu divina providencia, a pesar de todas esas calamidades de la guerra, de la peste y del hambre?&#8217;. Sin embargo, así es como trata Dios a sus servidores» (Síg. XI/3, 286).</p>
<p>Una frase así muestra que sus consejos de paciencia en los sufrimientos, ofreciéndolos al Padre, no son palabras fáciles, sino la victoria de la Fe sobre la angustia de la sensibilidad en las pruebas del otro: el Padre nos ama, incluso cuando, como a Jesús, parezca que nos abandona&#8230; Esto ocurrió a las Hijas de la Caridad y el pobre «Señor Vicente» trata de reconfortarlas, el 3 de Junio de 1653:</p>
<p style="padding-left: 30px">«Y nuestro Señor, cuando estaba en la cruz, ¿no se encontraba en medio de una gran desolación? ¿No sufría su naturaleza muchas penas por la repugnancia que sentía ante la muerte? Aunque supiese perfectamente que era por la salvación de los hombres y por la gloria de Dios su Padre, sin embargo, estaba lleno de dolores y trabajado por penas interiores, hasta exclamar: &#8220;¡Padre mío, Padre mío! ¿Por qué me has abandonado?&#8221;. Pues bien, hermanas mías, ¿no veis por este ejemplo que esta disposición tan penosa no impide que uno sea agradable a Dios, ya que nuestro Señor no dejó de ser fiel a Dios su Padre? ¿No realizó en esos momentos tan dolorosos la obra admirable de la redención de los hombres? Conso­láos, pues, mis queridas hermanas, cuando sintáis esas penas, ya que así, por ser Hijas de la Caridad, tenéis la manera de imitar a nuestro Señor, vuestro Esposo, que ha sufrido tanto, y no creáis que sois infieles por tener tentaciones» (Conf. Esp. Nº 1042).</p>
<p>El P. Saint-Jure, a quien conoció San Vicente, también meditó esto: <em>El hombre </em><em>espiritual, 2ª</em> parte, VIII, 6. ¡Cuántas personas hoy viven lo mismo!&#8230; Corremos el riesgo de hacerles daño diciéndoles demasiado a la ligera que Dios es Padre: «¿cómo un padre puede permitir esto?», dirán&#8230; Como Vicente, comencemos por escuchar, participar, vivir nosotros mismos esos interrogantes crueles.</p>
<p>Cualquiera que sea nuestra «misión», activa y luminosa o pasiva y dolorosa, <strong>¿cómo actúa el Padre en nosotros? </strong>Ciertamente, los acontecimientos y los hombres nos hacen sufrir brutalmente más de una vez, pero ¿Dios? Vicente repite más de una vez que Él no quiere ser seguido por esclavos, sino por una adhesión libre, y por tanto, como nos dijo San Juan (6, 44), el Padre no nos empuja, nos atrae, espera que le pidamos lo haga. Escuchemos lo que San Vicente decía a las Hermanas el 14 de Julio de 1650:</p>
<p style="padding-left: 30px">«El primero consiste en pedir a Dios esa gracia; porque, hijas mías, ¿quién podría estar seguro de dar un solo paso en el camino de la virtud, si Dios mismo no nos pusiese en él y nos guiase? Es una verdad que proclama el Evangelio. &#8220;Nadie, dice nuestro Señor, viene a mí si el Padre no lo trae&#8221;. Pues bien, hijas mías, para obtener esta gracia de la bondad de Dios, es justo que se la pidamos» (Conf. Esp. 862).</p>
<p>La Misión de <strong>Jesús </strong>no lo separaba de su Padre sino que vivía este servicio a su Padre y a los hombres en intimidad permanente con su Padre, incluso en la Cruz, cuando se sentía abandonado.</p>
<p>Éste es el modelo de nuestra unión de contemplación y acción, como lo expre­sa en la meditación con los misioneros, el 21 de febrero de 1659:</p>
<p style="padding-left: 30px">«¡Salvador mío Jesucristo, que te santificaste para que fueran santificados los hombres, que huiste de los reinos de la tierra, de sus riquezas y de su gloria y sólo pensaste en el reino de tu Padre en las almas&#8230; Si tú viviste así para con un otro tú, ya que eres Dios en relación con tu Padre, ¿qué deberemos hacer nosotros para imitarte a ti, que nos sacaste del polvo y nos llamaste a observar tus consejos y aspirar a la perfección? ¡Ay, Señor! Atráenos a ti, danos la gracia de entrar en la práctica de tu ejemplo y de nuestra regla, que nos lleva a buscar el reino de Dios y su justicia y a abandonarnos a él en todo lo demás; haz que tu Padre reine en nosotros y reina tú mismo haciendo que nosotros reinemos en ti por la fe, por la esperanza y por el amor, por la humildad, por la obediencia y por la unión con tu divina majestad » (Síg. XI/3, 442).</p>
<p><strong>7. </strong>Siguiendo a Jesús, de quien somos los miembros, <strong>gozamos de esta intimi­dad con el Padre </strong>en la que pensamos demasiado poco. Evocando la inha­bitación de la Santísima Trinidad en nosotros, San Vicente comienza por el Padre, en términos bastante claros como para hacernos ver que no repite una lección, sino que comparte las luces que ha recibido. A los misioneros, con ocasión de Pentecostés (no hay indicación del año) dice:</p>
<p style="padding-left: 30px">«Si amamos a nuestro Señor, seremos amados por su Padre, que es tanto como decir que su Padre querrá nuestro bien, y esto de dos maneras: la primera, complaciéndose en nosotros, como un padre con su hijo; y la segunda, dándonos sus gracias, las de la fe, la esperanza y la caridad por la efusión de su Espíritu Santo, que habitará en nuestras almas, lo mismo que se lo da hoy a los apóstoles&#8230;</p>
<p style="padding-left: 30px">La segunda ventaja de amar a nuestro Señor consiste en que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo vienen al alma que ama a nuestro Señor, lo cual tiene lugar: 1.º por la ilustración de nuestro entendimiento; 2.° por los impulsos interiores que nos dan de su amor, por sus inspiraciones, por los sacramentos, etcétera.</p>
<p style="padding-left: 30px">El tercer efecto del amor de nuestro Señor a las almas es que no sólo las ama el Padre, y vienen a ellas las tres divinas personas, sino que moran en ellas. El alma que ama a nuestro Señor es la morada del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, donde el Padre engendra perpetuamente a su Hijo y donde el Espíritu Santo es producido incesantemente por el Padre y el Hijo» (Síg. Xl/4, 736).</p>
<p>(Las mismas ideas encontramos en el Padre Saint-Jure, <em>Del conocimiento y del amor del Hijo de Dios, N.S.J.C., </em>París 1634; edición de Lyon 1866, tomo II, p. 153, citado por Luis Cognet, <em>La espiritualidad moderna, </em>I, <em>L&#8217;essor, </em>p. 447-448. San Vicente leía esto y hacía leer sus <em>Meditaciones sobre las verdades [... ] de la Fe, </em>París 1642, (cf. San Vicente, Conf. Esp. n<sup>2</sup> 179).</p>
<p>Y por último, incluso en los momentos en que nos sentimos abandonados por Él, debemos creer que el Padre nos escucha. Vicente lo dice a las Hijas de la Caridad, a propósito de la oración, el 31 de mayo de 1648:</p>
<p style="padding-left: 30px">«Jesucristo nos ha ofrecido toda la seguridad de que seremos bienveni­dos ante el Padre cuando oremos. No se ha contentado con hacer una simple promesa aunque hubiera sido más que suficiente, sino que ha dicho: &#8220;En verdad os digo que todo lo que pidáis en mi nombre, se os concederá&#8221;. Así pues, con esta confianza, mis queridas hijas, ¿no hemos de poner todo nuestro cuidado en no perder las gracias que la bondad de Dios quiere concedernos en la oración, si la hacemos de la forma debida?» (Síg. IX/1, 380).</p>
<p>Esto nos lleva al tema de la Misericordia del Padre.<strong><br />
</strong></p>
<h2><strong>La misericordia</strong></h2>
<p>San Vicente habló mucho de la ternura, por una parte, 4º y 5º actos de caridad (Reglas Comunes, II, 12), que nos hace sensibles a las alegrías y a los dolores de los demás, y de la misericordia, por otra parte, que añade la compasión por los sufrimientos, las debilidades y los pecados de los demás, junto con el perdón. La enfoca desde nuestra parte, exhortándonos a vivirla, pero sabe que «es el propio espíritu de Dios» (Síg. (XI/3, 233) quien nos la puede dar.</p>
<p>Como nosotros, San Vicente considera, ante todo, la misericordia del Padre bajo el aspecto del <strong>perdón de los pecados. </strong>Con frecuencia nos invita a la conversión, a pedir perdón y misericordia a Dios, con gran confianza. Repite también que es la misericordia de Dios la que nos preservará de los pecados, que arruinarían tanto la Compañía de los Misioneros como la de las Hijas de la Caridad.</p>
<p>Los pasajes son muy numerosos, bastará uno solo. El largo borrador de la exhortación a un hermano moribundo, en1645, es una de las más bellas medita­ciones de San Vicente sobre la misericordia divina. Por suerte, tenemos todavía una copia fiel. Ciertamente, en ella nombra a Nuestro Señor, pero no es equivo­carnos si pensamos que habla del Padre. Veamos solamente algunos extractos:</p>
<p style="padding-left: 30px">«Ahora resulta que es nada menos que&#8230; el primero de todos los misio­neros, nuestro Señor, el que quiere llevarle a la misión del cielo&#8230; Sin duda, tiene usted que esperarlo así de su bondad y, con esta confianza, decirle humildemente: «¡Señor mío! ¿De dónde a mí tanta dicha? ¡Ay! ¡No soy yo el que la he merecido!&#8230; Por tanto, sólo lo espero de tu bondad y liberalidad, mi buen Señor. Y aunque&#8230; he cometido innumerables peca­dos, desidias e infidelidades que me hacen indigno de ello, yo espero sin embargo de tu bondad y liberalidad infinitas que me perdonarás esta gran deuda&#8230; Pues bien, es cierto que uno de los mayores honores y la mayor gloria que es usted capaz de darle en estos momentos, es esperar con toda la extensión de su corazón en su bondad y en sus méritos infinitos, a pesar de esa indignidad y esas infidelidades cometidas en el pasado; porque el trono de su misericordia es la grandeza de las faltas que per­dona. Esa confianza es la que él espera de usted&#8230;» (Síg. XI/3, 63).</p>
<p>Pero por ella misma, la misericordia se expresa ante todo por la creación y la Providencia: <strong>dar la vida, la vida espiritual, </strong><em>y </em>procurar los medios para con­servarla y hacerla crecer.</p>
<p>Desde las primeras conferencias a las Hijas de la Caridad, San Vicente les enseña que Dios nos da la existencia espiritual llamándonos a su vida divina y a su servicio:</p>
<p>Esta imagen está tomada de la <em>Conferencia II </em>de San Francisco de Sales, Annecy, p. 22, y de los recuerdos de su amigo Jean Pierre Camus, <em>El espíritu de San Francisco de Sales, </em>VIII, sección 13, edición Migne, columna 434.</p>
<p style="padding-left: 30px">«Pero ¿cómo es que os ha escogido Dios para tan grande bien? Esa es la voluntad de Dios, escoge personas de poco valor. Escogió a los apósto­les para derribar la idolatría y convertir a todo el mundo. Sabed, hijas mías, que Dios empezó la Iglesia por unos pobres y decid: &#8220;Yo tampoco soy nada; por eso Dios me ha escogido para hacerle un gran servicio. Dios lo ha querido. Jamás me olvidaré de mi bajeza y adoraré siempre su gran misericordia sobre mí&#8221;&#8230; Animo, hijas mías; ved qué misericordia ha tenido Dios con vosotras al escogeros las primeras para esta fundación. Cuando Salomón quiso construir el templo de Dios, puso como fundamento algunas piedras preciosas para testimoniar que lo que quería hacer era muy excelente. ¡Quiera la bondad de Dios concederos la gracia de que vosotras, que sois el fundamento de esta compañía, seáis eminentes en la virtud! (Conf. Esp. Nº 26 y 34).</p>
<p>Lo repite el 19 de Julio de 1640, en una oración de consagración: ¡Oh, Dios mío! Nos entregamos totalmente a Ti; concédenos la gracia de vivir y morir en la perfecta observancia de una verdadera pobreza. Yo te la pido para todas nuestras hermanas presentes y lejanas. ¿No lo queréis también así hijas mías? Concédenos también de la misma forma la gracia de vivir y morir castamente. Te pido esta misericordia para todas las hermanas de la Caridad y para mí, y la de vivir en una perfecta observan­cia de la obediencia. Nos entregamos también a Ti, Dios mío, para honrar y servir toda nuestra vida a nuestros señores los pobres, y te pedimos esta gracia por tu santo amor. ¿No lo queréis así también vosotras, mis queridas hermanas? (Conf. Esp. Nº 59).</p>
<p>Lo mismo en cuanto a la Obra de los Niños Expósitos, el 7 de Diciembre de 1643:</p>
<p style="padding-left: 30px">«Al considerar el plan de la divina Providencia en este propósito, me he admirado mucho, hijas mías, de la elección que ha hecho desde toda la eternidad de vosotras, pobres muchachas de aldea, sin experiencia, sin ciencia &#8230; ¡Desde toda la eternidad, Dios pensaba en vosotras para un asunto de tal importancia! no solamente pensaba en fundar una Compa­ñía para este objeto, sino que se preocupaba incluso de escogeros a cada una en particular para formar parte de ella. Hijas mías, si com­prendieseis bien el plan de Dios sobre vosotras, os sentiríais felices de esta misericordia. ¡Que nuestro Señor os conceda esta gracia!» (Conf. Esp. n<sup>2</sup> 219).</p>
<p>Pues bien, para servir a Dios y a los pobres, hacen falta muchas virtudes, especialmente la mansedumbre y el respeto, dice el 19 de agosto de 1646, y es también la misericordia de Dios quien nos dará esta vida de virtudes:</p>
<p style="padding-left: 30px">«Le doy gracias de todo corazón y le suplico, al él que es la manse­dumbre, el amor y la caridad, que quiera, por su divina misericordia, <em>insinuar en vuestros corazones las verdades que ha mostrado a vuestros </em><em>espíritus. ¡Quiera su bondad infinita derramar en ellos este espíritu de respeto y de mansedumbre que, por su misericordia, os ha dado a cono­</em><em>cer como tan necesario!» </em>(Conf. Esp. Nº 434).</p>
<p><strong>3. </strong>San Vicente nos invita por último a <strong>ser imágenes de la misericordia del </strong><strong>Padre, </strong>por ejemplo el 6 de agosto de 1656, hablando sobre el espíritu de misericordia:</p>
<p style="padding-left: 30px">«Cuando vayamos a ver a los pobres, hemos de entrar en sus sentimien­tos para sufrir con ellos y ponernos en las disposiciones de aquel gran apóstol que decía: Omnibus omnia factus sum, me he hecho todo para todos (1 Cor 9,22). Para ello es preciso que sepamos enternecer nuestros corazones y hacerlos capaces de sentir los sufrimientos y las miserias del prójimo, pidiendo a Dios que nos dé el verdadero espíritu de misericordia, que es el espíritu propio de Dios: pues, como dice la iglesia, es propio de Dios conceder su misericordia y dar este espíritu. (Oración de las Letanías de los Santos). Pidámosle, pues, a Dios, hermanos míos, que nos dé este espíritu de compasión y de misericordia, que nos llene de él, que nos lo conserve, de forma que quienes vean a un misionero puedan decir: &#8216;He aquí un hombre lleno de misericordia&#8217;. Pensemos un poco en la necesidad que tenemos de misericordia, nosotros que debemos ejercitarla con los demás y llevar esa misericordia a toda clase de lugares, sufriéndolo todo por misericordia—.</p>
<p style="padding-left: 30px">Así pues, tengamos misericordia, hermanos míos, y ejercitemos con todos nuestra compasión, de forma que nunca encontremos un pobre sin con­solarlo, si podemos, ni a un hombre ignorante sin enseñarle en pocas palabras las cosas que necesita creer y hacer para su salvación. ¡Oh Salvador,&#8230; concédenos ese espíritu, junto con el espíritu de mansedum­bre y de humildad» (Síg. X113, 233).</p>
<p>Dios nos ha creado a su imagen y semejanza, no solamente con un espíritu dotado de inteligencia y de corazón, de bondad, sino también como <strong>Providencia.</strong></p>
<p>Los Padres lo habían expresado y esto lo vuelve a tratar Santo Tomás de Aquino, <em>Quaestiones Disputatae De Veritate, </em>cuestión 5, artículo 5 (Edición Léonine XXII, I, 151-152):</p>
<p style="padding-left: 30px">«Cuanto más próximo al primer principio (Dios) es un ser, tanto más noble es su lugar en el orden de la Providencia. Ahora bien, entre todos (152) los seres espirituales son más próximos al primer Principio, por eso se dice que están dotadas de su Imagen. Y por eso, no solamente reciben de la divina Providencia el ser objeto suyo, sino incluso el ser providen­cias&#8217;.(&#8230;) Y entre esas criaturas se encuentra el hombre, etc.».</p>
<p>Es también una idea que le gusta a San Vicente, que es tomista (excepto por lo que se refiere a la Gracia, en que es molinista): somos las manos de la Provi­dencia, por quienes las gentes podrán creer que el Padre es bueno.</p>
<p>Lo repite a sus cohermanos y a los superiores, encargados de la gestión de los bienes materiales, es preciso unir la vida de unión íntima con Dios y el servicio previsor a los cohermanos y a los pobres. Lo explica, por ejemplo, a los misioneros el 13 de diciembre de 1658, a propósito de los diversos servicios en la Compañía:</p>
<p style="padding-left: 30px">«¡Dios mío!, la necesidad nos obliga a poseer bienes perecederos y a conservar en la Compañía lo que Dios le ha dado; pero hemos de aplicar­nos a esos bienes lo mismo que Dios se aplica a producir y a conservar las cosas temporales para ornato del mundo y alimento de sus criaturas, de modo que cuida hasta de un insecto; lo cual no impide sus operaciones interiores, por las que engendra a su Hijo y produce al Espíritu Santo; hace éstas sin dejar aquellas (Mt.23,23). Así pues, lo mismo que Dios se com­place en proporcionar alimento a las plantas, a los animales y a los hom­bres, también los encargados de este pequeño mundo de la compañía tie­nen que atender a las necesidades de los particulares que la componen. No hay más remedio que hacerlo así Dios mío; si no, todo lo que tu Provi­dencia les ha dado para su mantenimiento se perdería, tu servicio cesaría y no podríamos ir gratuitamente a evangelizar a los pobres» (Síg. XI/3, 413).</p>
<p>De nuevo el 21 de febrero de 1659, a propósito de la búsqueda del Reino de Dios, expresa: «Nuestro Señor, en san Mateo, al hablar de esa confianza que hemos de tener en Dios, dice: &#8216;Ved los pájaros que ni siembran ni cosechan; sin embargo, Dios les pone la mesa en todas partes, los viste y los alimenta; hasta las hierbas del campo, y los lirios, tienen unos adornos tan maravi­llosos que ni Salomón, en toda su gloria, ha tenido otros semejantes&#8217;. Pues bien, si Dios mira por las aves y las plantas, ¿por qué no os vais a fiar <em>vosotros, incrédulos, de un Dios tan bueno y providente? &#8230; He de decir </em><em>aquí que los superiores están obligados a velar por las necesidades de cada uno y de proveer a todo lo necesario. Lo mismo que Dios se ha obligado a proporcionar la vida a todas sus criaturas, hasta a un insecto, también quiere que los superiores y encargados, como instrumentos de su providencia, velen para que no les falte nada necesario ni a los sacer­dotes, ni a los clérigos, ni a los hermanos, ni a cien, o doscientas, o trescientas personas o más, que estuviesen aquí, ni al menor, ni al más grande. Pero también, hermanos míos, tenéis que descansar en los cui­dados amorosos de la misma providencia para vuestro sustento, y conten­taros con lo que se os dé, sin indagar si la comunidad tiene con qué, o no tiene, ni preocuparos más que de buscar el reino de Dios, ya que su sabiduría infinita proveerá a todo lo demás» ( </em>Síg. X1/3, 438).</p>
<p>Bastaría retener <strong>dos apóstrofes:</strong></p>
<ul>
<li>el primero a las Hijas de la Caridad, el 11 de Noviembre de 1657: <em>«estáis destinadas a representar la bondad de Dios delante de esos po­bres» </em>(Conf. Esp. Nº 1759)</li>
<li>y el otro a los Misioneros, el 30 de Mayo de 1659, sobre la Caridad: Reglas Comunes,ll,12, y XII, 551-552, 552-553, 554-555, 560): <em>«y nosotros, hermanos míos, si tenemos amor, hemos de demostrarlo lle­</em><em>vando al pueblo a que ame a Dios y al prójimo, a amar al prójimo por Dios </em><em>y a Dios por el prójimo. Hemos sido escogidos por Dios como instrumentos </em><em>de su caridad inmensa y paternal, que desea reinar y ensancharse en las </em><em>almas. ¡Si supiéramos lo que es esta entrega tan santa! ¡Jamás lo </em><em>comprenderemos bien en esta vida, pues si lo comprendiéramos, obraría­mos de manera muy distinta, al menos yo, miserable de mí! </em>(Síg. XI/4, 553).</li>
</ul>
<h2><strong>Conclusión</strong></h2>
<p>La misericordia explica que <strong>los rasgos dominantes </strong>en que insiste San Vicente a propósito de Dios son <strong>la confianza </strong>y el <strong>amor, </strong>y la <strong>alegría que Dios tiene al </strong><strong>ver a un alma que se entrega a Él y pone en Él su confianza.</strong></p>
<p>Lo enseña con frecuencia. Citemos la conferencia del 1 de Mayo de 1648 a las Hijas de la Caridad: <em>«Sí, hermanas mías, el gusto de Dios, <span style="text-decoration: underline">la alegría de Dios, el contento de </span></em><em><span style="text-decoration: underline">Dios</span></em><em> por así decirlo, consiste en estar con los humildes y sencillos que </em><em>permanecen en el conocimiento de su miseria» </em>(Conf. Esp. n<sup>2</sup> 656) o también, el 19 de diciembre de 1657: <em>pues recibe todo su placer de las almas que se han entregado a él </em><em>para servirle» </em>(Conf. Esp. Nº 1869).</p>
<p>San Vicente, al mismo tiempo considera <strong>la grandeza inmensa de Dios </strong>y cree en la <strong>importancia de la adoración, </strong>y sabe recordárnoslas.</p>
<p><strong>La humildad, </strong>una de las tres virtudes de las Damas y de las Hijas de la Caridad y de las cinco virtudes del misionero, <strong>no es en el fondo sino un aspecto de la adoración, </strong>es reconocer nuestro estado de criaturas (sentido de la palabra «anonadamiento») y lo infinito de Dios. Dice en la conferencia sobre las cinco virtudes, el 22 de agosto de 1659: <em>«La humildad hace que una persona se anonade, <span style="text-decoration: underline">para que sólo se vea </span><span style="text-decoration: underline">a Dios en ella y se le dé gloria a </span>él». (&#8230;) por la humildad nos anonadamos y establecemos a Dios como soberano Ser» </em>(Síg. XI/4, 588).</p>
<p>Entonces <strong>se establecerán lazos entre Dios y nosotros, entre los pobres y </strong><strong>nosotros, </strong>como decía San Vicente a las Hijas de la Caridad, el 13 de febrero de 1646: <em>«los pobres asistidos por ella </em>(la Hija de la Caridad) <em>serán sus interceso­</em><em>res delante de Dios; acudirán en montón a su encuentro; dirán al buen Dios: &#8220;Dios mío, ésta es la que nos asistió por tu amor; Dios mío, ésta es la que nos enseñó a conocerte (&#8230;) ésta es la que me enseñó a creer que había un Dios en tres personas; yo no lo sabía. Dios mío, ésta es la que me enseñó a esperar en Ti; ésta es la que me enseñó tus bondades por medio de las suyas» </em>(Conf. Esp. Nº 416).</p>
<p>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;-</p>
<p>Autor: <strong>Bernard Koch, C.M.</strong>. • Año de publicación original: <strong>1999</strong>. • Fuente: <strong>Ecos de la Compañía • Tomado de: <a href="http://somos.vicencianos.org/"><strong>Somos Vicencianos</strong></a>.</strong></p>
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		<title>Power Point &#8220;Beber de su cáliz no es tan fácil&#8221; (Cuaresma 2012)</title>
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		<pubDate>Mon, 20 Feb 2012 10:00:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Javier F. Chento</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Sor María Vicenta nos vuelve a ofrecer una de sus presentaciones, en esta ocasión con motivo de la Cuaresma 2012: &#8220;De nuevo me es grato compartir con toda la Familia Vicenciana,el montaje trabajado para la cuaresma con el deseo de que nos ayude a reflexionar y a vivir el compromiso de una auténtica conversión&#8230; «Fijémonos [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="float:right; margin:0 0 10px 15px; width:240px;">
		<img src="http://cdn1.famvin.org/es/files/2012/02/cuaresma2012.jpg" width="240" />
		</p><p><a href="http://cdn1.famvin.org/es/files/2012/02/cuaresma2012.jpg" rel="wp-prettyPhoto[g5659]"><img class="alignright size-medium wp-image-5660" src="http://cdn2.famvin.org/es/files/2012/02/cuaresma2012-199x300.jpg" alt="" width="199" height="300" /></a>Sor María Vicenta nos vuelve a ofrecer una de sus presentaciones, en esta ocasión con motivo de la Cuaresma 2012:</p>
<p style="padding-left: 30px"><em>&#8220;</em><strong><em>De nuevo me es grato compartir con toda la Familia Vicenciana,el montaje trabajado para la cuaresma con el deseo de que nos ayude a reflexionar y a vivir el compromiso de una auténtica conversión&#8230;</em></strong></p>
<p style="padding-left: 30px">«Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras» (Hb 10, 24) es el lema elegido por el Papa para la Cuaresma 2012, que comienza el 22 de febrero, miércoles de ceniza.</p>
<p style="padding-left: 30px">La Cuaresma(son palabras del Papa) nos ofrece una vez más la oportunidad de reflexionar sobre el corazón de la vida cristiana: la caridad. En efecto, este es un tiempo propicio para que, con la ayuda de la Palabra de Dios y de los Sacramentos, renovemos nuestro camino de fe, tanto personal como comunitario. Se trata de un itinerario marcado por la oración y el compartir, por el silencio y el ayuno, en espera de vivir la alegría pascual.</p>
<p style="padding-left: 30px">Muchas gracias.</p>
<p style="padding-left: 30px">Un abrazo y el testimonio de mis oraciones<em></em></p>
<p style="padding-left: 30px"><em>Sor María Vicenta &#8220;</em></p>
<h2>Descarga el Power Point &#8220;Beber de su cáliz no es tan fácil&#8221; aquí:</h2>
<table style="width: 256px" border="0" align="center">
<tbody>
<tr>
<td>Formato PPT <em>(Power Point):</em></td>
</tr>
<tr>
<td><a href="http://somos.vicencianos.org/?dl_id=180" target="_blank"><img src="http://somos.vicencianos.org/vicencianos/files/ppt.png" alt="PDF" width="256" height="256" /></a></td>
</tr>
</tbody>
</table>
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		<title>Fundamento de la devoción de Luisa de Marillac al misterio de Navidad</title>
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		<pubDate>Fri, 23 Dec 2011 02:22:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Javier F. Chento</dc:creator>
				<category><![CDATA[Formación]]></category>

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		<description><![CDATA[Al principio del último párrafo de su meditación sobre el «Nacimiento de Jesús», Luisa de Marillacemplea la palabra «Encarnación». Es la única vez que hace uso de ella en los dos textos que acabo de estudiar. Y, sin embargo, es la palabra clave, la palabra que explica su gozo de Navidad y el camino seguido [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="float:right; margin:0 0 10px 15px; width:240px;">
		<img src="http://cdn2.famvin.org/es/files/2011/12/Santaluisademarillac.jpg" width="240" />
		</p><p><a href="http://cdn2.famvin.org/es/files/2011/12/Santaluisademarillac.jpg" rel="wp-prettyPhoto[g5590]"><img class="alignright  wp-image-5591" src="http://cdn2.famvin.org/es/files/2011/12/Santaluisademarillac.jpg" alt="" width="262" height="388" /></a>Al principio del último párrafo de su meditación sobre el «Nacimiento de Jesús», Luisa de Marillacemplea la palabra «Encarnación». Es la única vez que hace uso de ella en los dos textos que acabo de estudiar. Y, sin embargo, es la palabra clave, la palabra que explica su gozo de Navidad y el camino seguido en sus meditaciones ante el pesebre o ante el Mis­terio del Nacimiento del Salvador.</p>
<p>Es, por lo tanto, legítima la pregunta: «¿Por qué no emplea con más frecuencia en los textos citados esa palabra ‘Encarnación’?». La razón es, sencillamente, la precisión de su espíritu y de sus conocimientos teo<sup>,</sup> lógicos: hace una clara distinción entre la concepción y el nacimiento de Jesús y reserva estrictamente la palabra «Encarnación» para el momento y cl misterio en que la Virgen, según la expresión del Vaticano II, «recibió al Verbo de Dios en su alma y en su cuerpo» (LG. 53).</p>
<p>La claridad de su visión de los dos acontecimientos —concepción y na­cimiento del Salvador— lleva a Luisa de Marillac a atribuir una importan­cia mayor al misterio propiamente de la «Encarnación» que al del «Na­cimiento» o Natividad. Sin duda, no lo dice expresamente, pero lo deja entrever a través de sus escritos acerca de las fiestas de la Anunciación y de la Natividad de Jesús. La lectura de los mismos desemboca en tina conclusión muy clara: la riqueza de sus meditaciones ante el pesebre y la alegría con que la hace vibrar la celebración del aniversario del Naci­miento de Jesús tienen su fuente en su fe y en su contemplación del Misterio de la Encarnación.</p>
<p>Por eso, la idea que pudiéramos hacernos de Luisa de Marillac cuando la vemos en actitud de adoración ante el pesebre, podría ser incompleta si no la escucháramos hablarnos del misterio de la Encarnación propia­mente dicho. Su alma se vuelca y su fe se expresa en las páginas que titula «Misterio de la Encarnación», «Anunciación de la Virgen» y «Estado de Jesucristo en el seno de la Virgen» (Escritos, ed. fr. pp. 801-806; Castañares, III, pp. 171-176).</p>
<h2><strong>1.° Una fe vibrante</strong></h2>
<p>De estos textos, los dos primeros me parecen más especialmente ade­cuados para hacernos percibir cómo vibraba el alma de Luisa ante el Misterio que inaugura la obra de la Redención universal.</p>
<p><em>El tono solemne de su estilo, </em>cosa que no es habitual en la Funda­dora, nos obliga a descubrir cuánto la motiva el proyecto divino y ese primer minuto de la entrada del Verbo de Dios en la Historia humana. Empieza de esta forma la página sobre el «Misterio de la Encarnación» (id. p. 801; C. III, 171):</p>
<p><em>«El hombre que había sido creado por la omnipotente mano de </em><em>Dios a su imagen y semejanza, se había desfigurado a sí mismo por </em><em>el mal uso que había hecho de su parte más noble que es la libertad </em><em>de <sup>,</sup>su voluntad, y Dios, que no lo había creado para perderlo, le </em><em>promete enviar a su Hijo para merecerle misericordia.»</em></p>
<p>La solemnidad reside, por una parte, en la dimensión de la frase, pero es cierto que su extensión se la impone a Luisa en cierto modo la gravedad de las ideas que expresa y en las que percibe el vínculo y unidad que las ensamblan entre sí: la creación del hombre y la omnipotencia del Creador; la semejanza divina impresa en el ser humano y su desfiguración por el pecado; la voluntad salvífica de Dios y su proyecto misericordioso de enviar a su Hijo a la Humanidad.</p>
<p>La misma solemnidad vuelve a encontrarse unas líneas más abajo: <em>«Después de los siglos que la longanimidad divina había dispuesto </em><em>dejar transcurrir, quiso Dios manifestar al hombre la fidelidad de </em><em>sus promesas, y su Hijo que es la Sabiduría eterna, tomó carne hu­</em><em>mana para hacer que la imagen de Dios, borrada en el hombre por </em><em>el pecado, quedase ventajosamente reparada por ese medio de gra­</em><em>cia y amor.»</em></p>
<p><em>Lirismo: </em>Bajo esa majestad de la frase, se percibe el ardor de la fe de Luisa, al mismo tiempo que el inmenso respeto con el que rodea las sublimes verdades que está evocando. Es como un fuego, un rescoldo escondido que va a estallar, que estalla de hecho en las exclamaciones que entretejen de lirismo esas páginas de contemplación. Por ejemplo, a continuación de la frase que acabamos de citar:</p>
<p><em>«¡Oh efecto de una bondad infinita!, ¡que un Dios, en cierto modo, </em><em>no pueda o no quiera estar nunca separado del hombre!»</em></p>
<p>Más patente es todavía ese lirismo cuando Luisa se refiere a la Anun­ciación de la Virgen (Ibid. p. 802; C. III, 172):</p>
<p><em>«¡Oh amor admirable! En la creación hicisteis un hombre que con </em><em>su consentimiento voluntario perdió a toda la naturaleza humana; </em><em>y queriendo restablecerla en gracia, por el camino de la redención, </em><em>pedisteis el consentimiento de María para engendrar al Hombre-Dios, </em><em>haciendo que Dios se hiciese hombre. ¡Oh hombre! ¡cómo queda </em><em>realzada tu bajeza! ¡oh debilidad humana! ¡qué poderosa eres! ¡Oh </em><em>Dios!, ¡qué inescrutables son vuestros secretos! ¡Nadie os pudo dar </em><em>consejo fuera de Vos mismo para poner en ejecución tan poderoso </em><em>amor!»</em></p>
<p>Otros muchos pasajes están así también transidos de expresiones lí­ricas. La abundancia de las mismas prueba de qué manera palpa Luisa la grandeza de las verdades que están alimentando su meditación.</p>
<h2><strong>2.° La encarnación, obra de amor</strong></h2>
<p>Hemos dicho que esa vibración de Luisa proviene de su sensibilidad natural iluminada por la fe; pero procede también y sobre todo de su inteligencia sumida en la claridad, en las luces de esa misma fe. ¡Qué bien comprende el motivo a la vez que la finalidad de la Encarnación!:</p>
<p><em>«Esta obligación por la que Dios se compromete con el hombre au­</em><em>mentó por sí misma el amor que el Todopoderoso tenía a su crea­</em><em>tura, ‘no con relación a Dios que no puede aumentar ni disminuir </em><em>jamás ninguno de sus atributos, sino con relación al hombre al </em><em>que esa unión de la divinidad con su humana naturaleza, en el proyecto de Dios, le hizo más amable a su divinidad» </em>(id. p. 801. C. 171).</p>
<p>La Encarnación se le representa a Luisa como una obra de amor, y en la irradiación de esta verdad fundamental, contempla la acción de cada uno de los actores de este Misterio.</p>
<p>Primero, Dios mismo. Percibe el Amor del que da prueba al crear al hombre, y más aún en su voluntad de enviar a su Hijo en persona para restituir al hombre en la senda de la verdadera felicidad. El pasaje ante­riormente citado lo afirma con elocuencia. Por lo demás, ésta es la idea que subyace en todas estas páginas.</p>
<p>Sería de lamentar el no destacar aquí que la meditación de Luisa de Marillac tiene un aspecto trinitario; lo comprobaremos mejor leyendo lo que escribe acerca de la intervención de la Santísima Trinidad en la En­carnación, cuando medita en el «Estado de Jesucristo en el seno de su Madre». Pero cómo no citar ahora lo que dice (p. 893; C. III, 249) en una de sus reflexiones sobre el Espíritu Santo:</p>
<p><em>«El designio de la Santísima Trinidad desde la creación era que </em><em>el Verbo se encarnase para elevar al hombre a la excelencia del ser </em><em>que Dios quería darle por la unión eterna que quería tener con él, </em><em>lo que es la más admirable de las operaciones exteriores de Dios.»</em></p>
<p>Luisa de Marillac capta aspectos particulares del amor de ese Dios, tal como el que «en cierto modo, no pueda o no quiera estar nunca separado del hombre». Es entonces cuando se detiene a considerar la manera de que Dios se va a servir para realizar la Encarnación:</p>
<p><em>«Podíais, oh Todopoderoso, sin el consenso de la creatura, formar un cuerpo humano, y ya de por sí habría sido esto un efecto de </em><em>vuestro portentoso poder; pero quisisteis actuar milagrosamente y </em><em>serviros de la naturaleza humana en la persona de una Virgen, no </em><em>desdeñando nuestra bajeza, ¡Vos, grandeza infinita! Lo que nos hace </em><em>ver que el designio de Dios era verdaderamente la unión íntima de </em><em>nuestra naturaleza con su divinidad, unión a la que el pecado se </em><em>oponía» </em>(p. 801-802; C. III, 172).</p>
<p>Antes de dirigir la mirada a la que iba a aportar su colaboración hu­mana al Todopoderoso, Santa Luisa se maravilla ante otro proceder que pone de manifiesto la delicadeza divina:</p>
<p><em>«Queriendo dar a conocer la grandeza de su obra en el hombre, </em><em>Dios se coloca en cierto modo en plano de igualdad con él, enviando </em><em>un Arcángel como embajador a su débil creatura para saber si ella </em><em>quería contribuir a esta unión.»</em></p>
<p>Y esta forma de actuar de Dios pro­voca la admiración de Luisa, cuya pluma prodiga con tal motivo las frases admi­rativas que antes hemos citado: «¡Oh admirable amor! en la creación hicisteis un hombre…».</p>
<p>A partir de este momento, Luisa de Marillac sigue al Arcángel en el cumpli­miento de su embajada; le escucha en su saludo a la doncella de Nazaret y des­pués de habérselo repetido en latín <em>y </em>en francés exclama:</p>
<p><em>«¡Palabras admirables! Nunca se le dirán a nadie sino a Vos, oh </em><em>Virgen Santísima, en quien habita la plenitud de la gracia como una consecuencia lógica del designio de Dios sobre Vos» </em>(p. 802; C. III, 173).</p>
<p>Del papel del Arcángel en este acontecimiento, Luisa saca varias lec­ciones, pues su admiración por la delicadeza del amor de Dios experimenta la necesidad de descender a lo concreto:</p>
<p><em>«La elección que. Dios hace de una creatura para enviar una em­</em><em>bajada a la Virgen acerca del cumplimiento de la Encarnación de </em><em>su Hijo, me hace comprender que no podemos contentarnos con </em><em>hacer el bien a los demás o con procurárselo por otro medio, sino </em><em>que hemos de hacerlo de manera suave, proponiendo las cosas que </em><em>haya que hacer, pero dejando a las personas en libertad» </em>(p. 803; C. III, 174).</p>
<p>Saca, pues, dos lecciones relacionadas con el prójimo: «Hacer el bien a los demás». El amor de Dios hacia los hombres reclama como respuesta el amor de los hombres hacia sus semejantes. Pero esto no basta: es ne­cesario cuidar de que en este servicio a los demás se dé el respeto a las personas, el respeto a su libertad.</p>
<p>De este modo, la Encarnación, obra del amor de Dios hacia la huma­nidad, convida a ésta a implantar un amor práctico hacia los hombres que la constituyen.</p>
<h2><strong>3.° La Santísima Virgen</strong></h2>
<p>La meditación de Luisa de Marillac se detiene evidentemente de una manera especial en Aquella a quien el Todopoderoso, por medio del Angel, propone ser la Madre de Dios hecho Hombre. Y Luisa va siguiendo, se­gundo a segundo, el desarrollo del acontecimiento más extraordinario de la Historia universal.</p>
<p>Considera la lucha que se entabla en el alma de María después de haber oído el mensaje de que es portador el Angel. Duelo entre dos fidelidades a Dios: la fidelidad a la virginidad prometida y la fidelidad al deseo divino que se le acaba de expresar. Y entonces, Luisa se dirige directamente a la heroína de esta lucha:</p>
<p><em>«Preciso es, Santísima Virgen, dar una respuesta. Y ¿cómo ibais a </em><em>aceptar la proposición del Angel? No podíais faltar a la fidelidad prometida a Dios a quien habíais consagrado vuestra virginidad; y </em><em>por otra parte, tampoco era </em>razonable <em>que, habiéndoos escogido Dios </em><em>para cumplir la promesa hecha por su bondad al hombre de darle su </em><em>Hijo, le fuerais infiel» </em>(‘p. 802; C. III 173).</p>
<p>Entre las impresiones que suscita este texto, no podemos dejar de ob­servar ésta: Luisa que es y se muestra tan «razonable» parece decir a la jovencita de Nazaret: ‘tienes que aceptar, porque el bien general (la rea­lización de la Redención prometida por Dios) pasa por encima del bien particular’ (tu virginidad).</p>
<p>¿Qué va a pensar Luisa de Marillac cuando el drama interior de María llegue. .a su desenlace al pronunciar las palabras de aceptación: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra»? La alegría y el en­tusiasmo brotan de su corazón y de su mente:</p>
<p><em>«¡Oh palabras todopoderosas, va que se pronuncian por voluntad de </em><em>Dios que las hace eficaces!»</em></p>
<p>Tranquilizada acerca de la autenticidad del mensaje divino que se le acaba de transmitir, la Virgen pronuncia las palabras que le inspira su 1<sup>-</sup>espeto a la Voluntad de Dios, y esas palabras son «todopoderosas» y «efi­caces», porque la libre sumisión de María hace posible la Encarnación del Hijo de Dios.</p>
<p>Sin embargo, antes de ponerse de cara al instante mismo en que ‹¿El Verbo se hizo carne», Luisa se detiene a considerar la virtud que en ese momento ejercita la que se convierte en Madre de Dios, es decir, humildad:</p>
<p><em>«Esas palabras (he </em>aquí la esclava…), <em>oh digna Madre, nos dan a </em><em>conocer la sólida humildad de vuestra alma, en la que quedó infusa junto con el conocimiento de Dios y el de vuestro ser sometido a su omnipotencia.»</em></p>
<p>Observemos de pasada la fuente que Luisa de Marillac atribuye a la hu­mildad, esa virtud en cuya práctica se empeñó toda su vida y trató de enseñar: el conocimiento de la grandeza de Dios, por una parte y, por otra, el estado de dependencia de la creatura con relación a su Creador.</p>
<p>La contemplación de la humildad de María en el instante en que se operó en ella la unión de Dios con la Humanidad, inspira a Luisa una pa­ráfrasis del Magnificat:</p>
<p><em>«Sacratísima Virgen vuestra humildad cede el paso a la verdad, por­</em><em>que, al abatiros con estas palabras ‘he aquí la esclava del Señor…’, </em><em>os engrandece haciéndoos aparecer en verdad Corno la única ‘sierva </em><em>del Altísimo que, no habiendo ‘necesitado nunca a nadie, os hace sin </em><em>embargo, conocer a vos que le sois necesaria para su designio. ¡Oh </em><em>admirable sierva del Señor, que pronuncias para cooperar al Mis­</em><em>terio de la Encarnación la palabra ‘Fiat’ de la que Dios se sirvió </em><em>en la creación!»</em></p>
<p>Pero después de esa, podríamos decir, preparación que se ha dado a sí misma maravillándose ante el ‘Fiat’ de la Virgen, Luisa considera y hasta saborea las consecuencias de aquella palabra:</p>
<p><em>«Considera, alma mía, el efecto de esta palabra ‘Fiat’. ¿Podéis sos­</em><em>tener su peso, Virgen Santísima? Si las palabras del Angel os produ­</em><em>jeron tanta sorpresa, ¿qué fue cuando el Verbo se hizo carne, al </em><em>instante mismo, en vuestras castas entrañas? ¡Oh maravilla de mara­</em><em>villas! ¡ni el mundo, ni cien mil mundos podrían contener al autor </em><em>de este misterio, y María lo lleva en su seno! ¿Es posible, Santísima </em><em>Virgen, que vuestra alma no quedara extasiada en el acontecer de </em><em>esta admirable operación? Ello habría sido imposible sin una comu­</em><em>nicación especial de la Divinidad que os abismaba en el <sub>.</sub>verdadero </em><em>amor, al haceros recibir tal dignidad por el Amor mismo».</em></p>
<p>Indudablemente se trata del bello lenguaje de la Fe. Pero, junto a la cristiana, ¿no descubrimos también al alma tan naturalmente maternal de Luisa de Marillac, que se estremece al contemplar a la Mujer en la que el Verbo tomó carne?</p>
<h2><strong>4.° «Estado de Jesucristo en el seno de su madre»</strong></h2>
<p>Por haber vivido perso­nalmente de manera tan profunda los gozos y los dolores de la maternidad, Luisa de Marillac quedó conquistada por la devo­ción a Jesús viviente en el seno de María. En el siglo xvii, diferentes maestros es­pirituales escribieron bellos textos sobre los estados del Verbo Encarnado, autores a los que sin duda leyó la Fundadora de las Hijas de la Caridad. Es posible que no los hubiera saboreado tan intensamente y que no hubiera escrito ella misma esas dos páginas tan ricas y cálidas que encontramos en sus escritos (pági­nas 805-806; C. III, p. 175), si, en ella, la madre no hubiera inspirado a la cristiana.</p>
<p>Veamos, por ejemplo, cómo medita la madre:</p>
<p><em>«¡Qué diferencia, Jesús, amor mío, entre vuestro estado de encerra­</em><em>miento v el de los otros niños que disminuyen en sus madres las fuer­</em><em>zas y el ánima, infundiéndoles mil temores! Muy de otra manera </em><em>sucede en Vos, Virgen Santísima, vuestro corazón y vuestro cuerpo se </em><em>ven a la vez fortalecidos; pero sois la única en conocer las causas y ex­</em><em>perimentar su suavidad. A nosotros nos prueba que es la vida de </em><em>Jesús en Vos, el que Vos sola podéis decir en verdad: Vivo yo, mas ya </em><em>no yo, sino Jesús en mí.»</em></p>
<p>Las últimas líneas de este párrafo constituyen la lógica transición entre la reflexión del corazón maternal de Luisa y su meditación como cristiana. Esta última es la que se abre y florece en una riqueza extraordinaria de pensamiento. Nos lo muestra la continuación del párrafo:</p>
<p><em>«… Permitid a mi corazón que quisiera consumirse de amor por el </em><em>Hijo y la Madre, permitidle, Niño Dios, que os pregunte qué hacéis </em><em>en ese estado en el que sin dejar de ser Dios con el Padre y el Espí­</em><em>ritu Santo, sólo Vos estáis personalmente unido a nuestra naturaleza. </em><em>Estáis ahí </em>operando el principio de todos los misterios de nuestra Redención. <em>Estáis ahí reparando con la santidad de vuestra concep­</em><em>ción la corrupción del pecado que los hombres contrajeron en sus </em><em>orígenes. Mientras tanto, vuestro cuerpecito va creciendo y robuste­</em><em>ciéndose para poder realizar cumplidamente los fines de vuestra En­</em><em>carnación y llevar en este inundo una vida que sirva de modelo. Y </em><em>como desde el primer instante de vuestra existencia tenéis pleno uso </em><em>de razón, conocéis la dicha de estar tan estrechamente unido con la </em><em>divinidad por lo que le tributáis los homenajes que le debéis.</em></p>
<p>Y <em>como, además, nada ignoráis de cuanto puede agradar a Dios y co­nocéis bien sus designios sobre vuestra Encarnación, los aceptáis con </em><em>entera voluntad y os ofrecéis y entregáis totalmente a Dios para pa­</em><em>decer y obrar en todo como mejor le plazca. ¡Bendito seáis para </em><em>siempre, Señor, por este conocimiento que vuestra bondad se digna </em><em>comunicarme, y haced que mi voluntad esté siempre unida a la </em><em>vuestra!»…</em></p>
<p>Sin hablar de su solidez doctrinal, este pasaje indica con toda claridad la razón profunda de la devoción de Luisa de Marillac a la Encarnación: en este misterio ve, como ella misma lo dice, «el principio de todos los misterios de nuestra Redención». Por la armonía especial que se da entre la unión de Dios con la naturaleza humana, por una parte, y, por otra, su vocación maternal iluminada por su ardiente fe en el amor de Dios, Luisa de Marillac ama profundamente este Misterio de la Encarnación. Ante la cuna de Belén, se arrodillan fundidos su espíritu de cristiana y su corazón de madre.</p>
<p>Pero la devoción de Luisa no es «temporera»: no la vive sólo en el tiem­po de Navidad, sino a lo largo de todo el año, a lo largo de toda su vida.</p>
<p>Prueba de ello son algunas de sus prácticas de piedad. Por ejemplo, en su «Reglamento de vida en el mundo», que redactó poco después de quedar­se viuda, anota:</p>
<p><em>«A las doce en punto, haré medio cuarto de hora de oración para </em><em>honrar el instante de la Encarnación del Verbo en el seno de la </em><em>Virgen» (Id. </em>p. 888; Cast. III, 243).</p>
<p>Y un poco más adelante:</p>
<p><em>«El día en que caiga la fiesta de Navidad, en tal día de la semana, </em><em>rezaré durante todo el año, el himno «Jesu nostri Redemptor…»</em></p>
<p>La devoción al Misterio de la Encarnación inspira a Luisa de Marillac una práctica bastante original, que ella denomina «el rosarito». La inició en 1648, después de haber solicitado el permiso del Sr. Vicente. Dicho rosarito constaba de nueve cuentas gruesas y tres pequeñas. En una carta de mayo de 1651 a su Padre espiritual, le explica:</p>
<p><em>«Tiene por objeto honrar la vida oculta de Nuestro Señor en su es­</em><em>tado de encerramiento en el seno de la Santísima Virgen y felicitarla </em><em>a Ella por la dicha que tuvo durante aquellos nueve meses; las tres </em><em>cuentas pequeñas son para saludarla con sus hermosos títulos de </em><em>Hija del Padre, Madre del Hijo, y Esposa del Espíritu Santo» </em>(carta núm. 303 bis).</p>
<p>Luisa hubiera querido transmitir esta práctica a las Hijas de la Caridad como herencia después de su muerte; pero San Vicente no le dio autorización para hacerlo. La herencia que legó a sus hijas es algo mejor: el ejem­plo de su amor por la vida oculta, la práctica de la humildad, su sentido de la pobreza. Virtudes todas ellas que sacó de su contemplación de «Jesús recién nacido» y de Jesús en su vida oculta.</p>
<p>Sería provechoso leer y meditar cuanto ha dejado escrito sobre estos te­mas: por ejemplo, las páginas 880-181; 896-897, 905-906 (de la edición francesa de sus escritos — Cast. III, p. 236-37, 234-35, 261-62). Sería también necesario recordar con qué alegría celebraba todos los años la fiesta de la Anunciación, sobre todo a partir del 25 de marzo de 1642 día en que cinco Hijas de la Caridad pronunciaron los Votos por primera vez. El aniversario del día en que el Verbo de Dios tomó carne humana se convierte para ella en «nuestra amada fiesta de la Anunciación» (carta del 24 de marzo de 1646, a San Vicente), «nuestra gran fiesta» (carta del 4 de abril de 1655). Es que la entrega total en pobreza, castidad y obediencia, hecha y renovada en la fiesta de la Anunciación, le parece la mejor respuesta humana que pueda darse a la generosidad divina manifestada en la Encarnación.</p>
<p>Esta descripción de la actitud espiritual permanente de Luisa <em>de </em>Mari­llac ante el misterio del Verbo Encarnado sería del todo incompleta, si no se subrayara la vinculación que ella percibe —muy acertadamente, por supuesto— entre la Encarnación y la Eucaristía. En sus consideraciones sobre «La Santísima Eucaristía» (p. 828-31 — Cast. III, p. 195), escribe así:</p>
<p><em>«Había tomado cuerpo humano en el vientre de la Santísima Virgen </em><em>con una inocencia más perfecta que la del primer hombre, con lo que </em><em>ya hubiera podido satisfacer a la Justicia Divina por la desobediencia </em><em>de nuestros primeros padres, y darnos a conocer la verdad de Dios </em><em>en estas palabras: ‘Mis delicias son estar con los hijos de los hombres!’ </em><em>Sin embargo, su inmenso amor por nosotros no se contentó con esto, </em><em>sino que queriendo unirse inseparablemente con cada hombre, lo </em><em>consiguió después de la Encarnación con la admirable invención del Santísimo Sacramento del Altar, en el cual habita con la plenitud de la divinidad…»</em></p>
<p>Es, pues, fácil de comprender que, para la Fundadora de las Hijas de la Caridad, el sagrario <em>y </em>el altar eran más atrayentes que el pesebre, por significativa que fuera su representación. A través de la Misa, de la comu­nión, de la visita al Santísimo Sacramento, vivía mejor el ambiente de Nazaret, donde el Verbo tomó carne, y el de Belén, donde nació.</p>
<blockquote><p>Autor: <strong>J. Gonthier</strong>. • Año de publicación original: <strong>1983</strong>. • Fuente: <strong>Ecos de la Compañía, 1983</strong>.</p></blockquote>
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