El corazón de San Vicente regresó allí donde empezó a latir hace más de 435 años, en el lugar llamado hoy día “Berceau” (La Cuna). Un ciudadano de este país con espíritu cartesiano, científico y racional podría calificarlo de extraño.

¿De qué sirve hacer gira con el corazón de un humano fallecido hace más de 350 años? De hecho, un racionalista no llega a comprender lo que ha sucedido a mucha gente en esta singular semana en la tierra del señor Vicente. No vería más que personas deambulando frente un “objeto de metal precioso” (que los cristianos llaman relicario), haciendo frente a él gesticulaciones, relacionando esto con rezagos de superstición y manifestaciones extrañas. Así es, cuando reducimos lo humano a un montón de células y fluidos, no podemos entender que algo fuera de lo común llegue a pasar ante nuestros ojos…por tanto…

Para la gente ajena a esto, la devoción a las reliquias de los santos pasó de moda, es algo para los intolerantes, los débiles. Pero ello no es más que mala interpretación de la piedad popular y la liturgia, si se las ve como un lenguaje cifrado y reservado a los iniciados. Pero es la lengua de los símbolos y del sentido. Para entender lo que se esconde detrás de este modo de comunicación basta con hacer el experimento llegando ante un grupo de personas, saludar a cada uno con un estrechón de mano, pero omitiendo el saludo a la tercera y quinta persona. Pronto se dará cuenta del interés por un gesto que esconde un significado que da sentido a la relación. Los no saludados van a sentirse mal, excluidos, y se preguntarán por qué el recién llegado no los tomó en cuenta. Es algo ofensivo. Por tanto, un racionalista no vería simplemente que una persona no estrechó la mano de otra, y no entendería por qué hay tantas reacciones. La liturgia, celebración oficial de la Iglesia, es de este orden. Viéndola desde fuera, no se puede entender nada, habría que ser iniciado, o por lo menos estar atento a lo que los gestos producen en las personas implicadas para concluir que hay un asunto importante en juego.

Por una semana, el corazón de San Vicente visitó la diócesis de Las Landas. No esperó que la gente acudiera a él, como el buen misionero que fue toda su vida. Es él quien salió hacia las iglesias de los pueblos landeses o simplemente a donde un habitante reunió amigos y vecinos para un tiempo de veneración; también pasó por los monasterios.

Para cada celebración se reunían entre veinte y más de cincuenta personas, los cantos avivaban el gozo, la lectura del evangelio (lo propio de un santo es llevar hacia Cristo con su estilo de vida), una letanía en honor del santo para resaltar lo que el manifestó de su amor a Dios con su estilo propio; el punto culminante estuvo marcado por la veneración de la reliquia.

De hecho, para muchos pasa desapercibido.  ¿Qué hacemos cuando amamos a alguien? Queremos tener una foto suya (nada más mirar la cantidad de fotos que guardamos en nuestros celulares!). Cuando estas personas queridas  están lejos, siendo que valen mucho para nosotros, queremos hacerlas presentes viendo su foto. Si algo no va bien, queremos hallar fuerza mirando esa foto. Cuando estamos en una encrucijada, acudimos a su consejo recordamos lo que otrora nos hubieran dicho. Es así que recobramos energías y buscamos inspiración en nuestro caminar. Buscamos algo en común por cierta identificación con ellos, una especie de filiación.

Sucede lo mismo con la devoción a las reliquias de los santos. Algo tiene que enseñarlos la observación de aquellos que hacen si itinerario seriamente con fe y convicción. Hay una intensidad que se manifiesta en el plano físico en el momento en que un devoto se acerca a la reliquia. Por unos segundos se da un momento de intimidad profunda, una comunión con aquel que veneramos. Es como un efluvio espiritual que va de la reliquia hacia la persona. Esa actitud suscita respeto y discreción. Es un momento a la vez íntimo y comunitario y todos juntos estamos alegres de venir a honrar a aquel que nos ha marcado en algo, que nos despierta deseo de imitarle con nuestro estilo de vida y con una intensa relación con los otros y con Dios.

Luego del tiempo de celebración, es usual un intercambio informal. Es interesante ver cuántos lo han vivido intensamente y no encontrar palabras para describirlo. Un encuentro intenso donde lo profundo del corazón se sumerge en el amor de Dios a través de la presencia de un santo que dejó huella en su tiempo. Es una apertura al mundo espiritual, a esa vida que continúa más allá de nuestro paso por el mundo.

Si bien algunos se comportan de manera mecánica, es fácil identificar a aquellos que lo viven con autenticidad; trátese de ancianos que rememoran prácticas tradicionales, gente en la flor de la edad o niños, la emoción es la misma. Basta constatar el gozo, el bienestar, la espontaneidad, las sonrisas, la convivialidad que se hacen presentes al término de estas prácticas tradicionales de la Iglesia para entender que no son cosas del pasado, sino que responden a una necesidad, a una sed, que es difícil expresar en nuestra sociedad tecnificada, mercantilista y materialista. Para muchos constituye un camino de liberación en el cual se atreven a expresar nuevamente su fe en algo trascendente, su práctica (que otros quieren relegar a la esfera de la vida privada), mientras que la religión está presente para unir.

Podrían mostrarse algunas reticencias frente a esta práctica, en cuanto que a veces es fácil mesclar prácticas del paganismo con la revelación del Dios de Jesucristo. ¿La devoción a las reliquias no se aproxima quizás al caso de aquella mujer enferma por más de dieciocho años y que se dice a sí misma “me sanaré si toco aunque sea el borde del manto de Jesús”? Una vez puesta en evidencia, Jesús sentenciará “que se cumpla según tu fe”. Mc 5, 25-34

Practicar esta devoción es tener la osadía de cuestionar nuestra fe, nuestra relación con lo divino, nuestra creencia en la comunión de los santos. Santiago nos ofrece en su carta un criterio para evaluar nuestra fe: nuestras obras (St. 2, 14-18).

En una sociedad muy dada al “cada quien”, excusando así la insolidaridad con los pobres, empeñémonos en que la devoción al corazón de San Vicente de Paúl sea la ocasión de renovar la práctica de la caridad hacia personas maltratadas y doloridas, poniéndose así al servicio de Dios. Practicar la devoción a las reliquias, implica volver a escuchar el mensaje exigente de un amor incondicional hacia todos y al cual nos invita el Evangelio para el advenimiento del reino de Dios en la Tierra.

Al cabo de este año de peregrinación, el corazón de San Vicente habrá visitado, en Francia, cuarenta y cinco diócesis diferentes; una ocasión extraordinaria para dar gracias a Dios por aquello que él suscita todavía en los corazones de muchos.

Autor: Vincent Goguey, CM
Traducción: P. Edgar Zapata, CM
Fuente: cmglobal.org


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