La Comisión de Formación de la Provincia canónica “San Vicente de Paúl-España”, en coordinación con la Comisión Interprovincial para el IV Centenario del Carisma Vicenciano, nos ha enviado el tercer tema de formación. Este tercer tema engloba, en su título, cuatro dimensiones de nuestro ser y quehacer: “Carisma, Vocación, Espiritualidad y Misión compartida”.

Este tema se centra y gira en torno a los siguientes apartados: Luisa de Marillac en el trabajo y promoción de los laicos; Los laicos y su carisma en la Iglesia; Carisma vicenciano; Vocación vicenciana; Espiritualidad vicenciana; Misión compartida. Y finaliza con dos breves y sencillos cuestionarios: uno, para la reflexión personal y otro, para el intercambio comunitario.

La formación de este curso está concebida como una profundización en nuestro carisma y nuestra espiritualidad de vicencianos, seguidores de Jesucristo evangelizador y servidor de los pobres. Y, por supuesto, tiene como telón de fondo y marco de referencia la efeméride que estamos viviendo y celebrando: los 400 años del carisma vicenciano. Se trata, en definitiva, de conocer más y mejor el carisma vicenciano, para amarlo más y llevarlo a un compromiso fuerte, radical y efectivo en nuestra misión.

Introducción

Avanzando en la celebración del 400 aniversario del Carisma Vicenciano, nos aproximamos a la fiesta de Santa Luisa de Marillac, que actualmente celebramos el 9 de mayo, en tiempo de Pascua, tiempo apropiado para una solemnidad como ésta. Recordar a Santa Luisa es recordar su trabajo con los laicos y en favor de los laicos, lo que hoy se ha dado en llamar la Misión Compartida.

1.  Luisa de Marillac en el trabajo y promoción de los laicos

Jean Calvet, uno de los biógrafos de Santa Luisa, nos dice que ella poseía el gusto, la pasión y el arte de enseñar porque sabía lo que vale el conocimiento y que el alma está hecha para conocer.

Como formadores cristianos, los vicencianos debemos ofrecer las claves para que la otra persona pueda leer la historia como el paso de Dios por su vida y, en clave vicenciana, despertar la sensibilidad hacia los pobres para poder servirles como a hijos de Dios, como amos y señores según el Evangelio.

Esto es lo que hizo Santa Luisa en el siglo XVII en Francia: transmitir sus vivencias,  su sensibilidad y su forma de servir a los pobres. Vicente de Paul y Luisa de Marillac crearon, a partir de 1629, las Escuelas de la Caridad, que dependían de las Cofradías de la Caridad que Santa Luisa visitaba. En estas visitas, siempre se preocupaba formar catequistas y maestras para las niñas y las jóvenes de las aldeas.

2.  Los laicos y su carisma en la Iglesia

Una mirada a la historia nos revela por un lado el protagonismo de los laicos en los orígenes de la Iglesia y en los primeros siglos cristianos; por otro lado, en los siglos posteriores no se puede decir que los laicos desaparecieran, pero la responsabilidad y el protagonismo eclesial fueron asumidos por sacerdotes y religiosos. En la actualidad, el papel de los laicos se ha revalorizado desde el punto de vista práctico y también teológico.

En el Nuevo Testamento encontramos numerosos ejemplos de la participación de los laicos en el anuncio del evangelio y en el surgimiento de nuevas comunidades eclesiales. He aquí algunos: Hch 8, 1-4: todos, excepto los apóstoles, se dispersaron por todas partes anunciando el mensaje; Hch 11, 19-20: fueron recorriendo Fenicia, Chipre y Antioquia; Flp  1, 14: los hermanos anuncian el mensaje sin temor; 1 Tes 1, 8: la comunidad es modelo por  su testimonio y por ser foco de irradiación del evangelio en las regiones vecinas; 1 Pe 2, 9 y  3, 15: los cristianos, sintiéndose “piedras vivas” de la Iglesia están dispuestos a “dar razón de su esperanza” a los paganos del entorno.

Hasta finales del siglo II, prevalece el acento sobre aquello que es común a todos los creyentes: ser hijos de Dios y, por tanto, hermanos entre sí y miembros del único cuerpo que es la Iglesia, de la cual Cristo es la cabeza.

Clemente de Roma, en la carta a los corintios, escrita en torno al año 200 d.C., utiliza por primera vez el término laikos aplicado a las cosas y a las personas y, retomando la literatura veterotestamentaria, afirma que “al sumo sacerdote le han sido conferidos oficios litúrgicos particulares, a los sacerdotes se les ha asignado un puesto especial y a los levitas les incumben servicios específicos, y el laico es llamado a observar los preceptos propios de los laicos…”.

En la cristiandad medieval, caracterizada por un proceso de clericalización de la Iglesia, el protagonismo de los laicos en la evangelización universal experimentó un notable oscurecimiento. En la época moderna, los laicos se fueron incorporando con intensidad a la actividad misionera de la iglesia. A partir de finales del siglo XIX, se revitalizó la acción de los laicos, dando origen a asociaciones e instituciones muy diversas: Obras Misionales Pontificias, Acción Católica, OCASHA, etc.

El concilio Vaticano II nos recuerda que, desde los orígenes del cristianismo, todos estamos llamados a participar en la misión de la Iglesia. A cada vocación cristiana específica le corresponde una dimensión misionera específica, que deberá concretarse en el campo del apostolado y en el estilo de vida. El laico se entrega responsablemente a la misión de la  Iglesia (AA. 1), tanto en su dimensión universal como en la primera evangelización “ad gentes” (AA. 10, 11).

El Papa Juan Pablo II concretiza y subraya que la vocación laical adquiere su puesto propio en el seguimiento de Cristo y en el campo de la evangelización (Redemptoris Missio, 71-72). Esta novedad cristiana donada a los miembros de la Iglesia, mientras constituye para todos la raíz de su participación en el oficio sacerdotal, profético y real de Cristo y de su vocación a la santidad en el amor, se expresa y actúa en los fieles laicos según su índole secular propio y peculiar (Christifideles Laici 64). El mismo documento nos dice que la condición eclesial de los fieles laicos viene radicalmente definida por su novedad cristiana y caracterizada por su índole secular (CFL. 15).

La peculiaridad o especificidad del apostolado y de la espiritualidad laical  recibe su luz y su fuerza del sacrificio redentor, en el cual todos los cristianos, según el propio carisma, participan activamente. Solo así se puede comprender el objetivo de la vocación laical que es la de “iluminar y ordenar las realidades temporales” (LG. 31) o la de consagrar a Dios el mundo (LG. 34).

3.  Carisma, Vocación y Espiritualidad

Tres conceptos nos ayudan a entender el significado y la forma de compartir la misión dentro del carisma vicenciano.

3.1.   Carisma Vicenciano

El carisma, en el cristianismo, lo entendemos como gracia o don concedido por Dios a algunas personas en beneficio de toda la comunidad; o también un don especial dado por el Espíritu Santo a un creyente para edificar espiritualmente a una comunidad. Según esto, podemos decir que el carisma personal de San Vicente fue su intuición espiritual para saber captar los problemas sociológicos, culturales y religiosos de su tiempo y ofrecer a cada uno de ellos una respuesta evangélica.

Vicente de Paul nació en el seno de una familia campesina, en Las Landas. Allí conoció de cerca los servicios más humildes –pastor de ganado y cuidador de los cerdos– y sufre penurias, privaciones y dificultades. En el sacerdocio, Vicente buscaba la promoción social para él y su familia. Pero Dios se le manifestó en el encuentro con los pobres. En primer lugar, el 25 de enero de 1617, fiesta de la conversión de san Pablo, Vicente predicó el “primer sermón de la Misión” en Folleville. Tras la confesión de un campesino moribundo, se dio cuenta del abandono espiritual de los pobres del campo. En segundo lugar, en agosto del mismo año, siendo párroco de Chatillon-les-Dombes, le hablaron de una familia en extrema pobreza. Organizó una campaña de ayuda a esa familia que luego desembocó en la primera cofradía de Caridad. Desde estos acontecimientos, Vicente de Paúl emprendió un camino a la búsqueda de Dios, a quien encontró en el servicio a los pobres. Vicente percibió que es necesario “instruir a la gente” y enseñarles las verdades del proyecto de Dios. Los acontecimientos de Folleville y de Chatillon marcaron, en 1617, el inicio del carisma vicenciano.

3.2.   Vocación vicenciana

La vocación es la manera de vivir la vida, comprenderla y ordenarla como un servicio. Pero el origen de la llamada no surge de la persona; ésta sólo puede recibirla y aceptarla libremente. Para los cristianos, la llamada viene de Dios, de la Palabra de Cristo que invita a seguirle y a ser sus testigos en el mundo y en la historia. Es pues don de Dios y llamada de la Iglesia: todo cristiano, por su bautismo, está llamado a hacer de su vida una respuesta y un servicio.

La vocación vicenciana es misionera por su misma naturaleza. Esto es así porque la llamada a seguir a Jesús evangelizador de los pobres nos exige una respuesta y una  disposición misionera.

Cuando Jesús llama a una persona a formar parte de la Familia Vicenciana, lo hace desde “las periferias”, como lo ha expresado el Papa Francisco, y nos invita a que le sigamos hasta el mundo de los pobres. Por tanto, seguir a Jesús es salir de nuestras comodidades e instalaciones para ser capaz de vivir el evangelio con los más abandonados sin importar razas, clases sociales o lugares geográficos.

San Vicente nos hace una advertencia: Si no vivimos una vida sobria y moderada, diremos adiós a los pobres. Es una llamada a la inserción, a despegarnos de las comodidades para vivir la vida junto a los pobres. San Vicente recuerda a sus seguidores que la verdadera religión se encuentra entre los pobres. Él quería que sus misioneros se dieran cuenta de que entre los pobres Dios habla y actúa de otra manera, y de que la inculturación ha de ser un esfuerzo permanente y constante. Como misioneros de la nueva evangelización hemos de tener presente lo que ésta implica: desarrollar un ministerio más de acompañamiento que de dirección; un estilo pastoral que promueva la participación de los laicos; la opción  preferencial por los pobres; la atención a las realidades sociales, políticas y económicas; la promoción de pequeñas comunidades cristianas; aprender a hacer teología y a escuchar la palabra de Dios desde la perspectiva de los pobres6.

3.3.   Espiritualidad vicenciana

Vicente de Paúl fundamenta toda su labor evangélica y social en Jesucristo, y esto lo va a hacer:

  • Configurándose con Cristo: “Si nos hemos propuesto hacernos semejantes a este divino modelo y sentimos en nuestros corazones este deseo y esta santa afición, es menester procurar conformar nuestros pensamientos, nuestras obras y nuestras intenciones a las suyas”.
  • Configurándose con Cristo evangelizador de los pobres. En este rasgo ve lo específico y esencial de la misión de Jesucristo. Recordemos sus palabras: “Si preguntamos a Nuestro Señor qué ha venido a hacer a la tierra, ¿qué nos responde? – A evangelizar a los pobres, he ahí el mandato del Padre”. San Vicente mismo interpreta y explica este término importante. “Puede decirse que venir a evangelizar a los pobres no se entiende solamente enseñar los misterios necesarios para la salvación, sino hacer todas las cosas predichas y figuradas por los profetas, hacer efectivo el evangelio” (SVP / ES XI/3, p. 391).
  • Evangelizar significa asistir a los pobres de todos los modos: es decir con palabras y obras, de modo que ésta es la manera más perfecta de traducir a la práctica la enseñanza de Cristo (SVP / ES XI/3, p. 393). La idea central en San Vicente es que el misionero continúe la misión de Jesucristo en la tierra, el cual cumple la misión que ha recibido del Padre. Hacer efectivo el Evangelio consiste en eludir toda ideología o repetición memorística de la Palabra de Dios, evitar todo lo que nos aleje de la encarnación del misterio de Dios. Evangelizar, para Vicente de Paúl consiste en traducir a la práctica el evangelio, vivir el evangelio, creer el evangelio, es decir, creer en Jesucristo, vivir en Jesucristo, seguir a Jesucristo.

4.  Misión Compartida

La Misión Compartida no es un proceso de sustitución de los religiosos por laicos en las instituciones apostólicas, ni tampoco es una cooperación, apoyo, ayuda o colaboración; es un proyecto de vida desarrollado desde la fe, que quiere implicarse en un plan fruto de una vivencia. La AIC, la SSVP, la AMM, JMV y MISEVI son ejemplos de experiencias carismáticas laicales surgidas en la Familia Vicenciana que materializan la misión compartida en el carisma vicenciano.

La misión nace del don gratuito de una vocación que da sentido y justifica la “misión compartida”; y es esta misión la que nos llama, uniéndonos en la vivencia de la fe y en el trabajo diario. Laicos, Misioneros Paúles e Hijas de la Caridad contribuimos al desarrollo de una misión que no es nuestra, sino de Cristo que nos envía a través de la Iglesia. Si no hay vocación, la misión compartida se convierte en un grupo de amigos que realizan diversos trabajos juntos.

En la misión coinciden la especificidad propia del laicado y la propia de la vida consagrada. La misión compartida, por tanto, no es unidireccional, sino un espacio de pluralidad y desarrollo de la actividad apostólica.

La misión en la Iglesia es única y es Cristo quien nos la ofrece a laicos y a consagrados. Por eso la compartimos y esto hace aún más atractivo y fascinante el proceso de ir descubriendo esta misión que nos ha sido dada, no a título personal, sino como Familia Vicenciana. Por tanto, la misión es un don que surge de una vocación, de una llamada al seguimiento de Cristo.

Compartir la misión implica compartir responsabilidades, pero desde la misión compartida estas responsabilidades no pueden convertir a los laicos en simples y neutros gerentes, a quienes se pide que sean buenos profesionales, de las obras de los Misioneros Paúles o de las Hijas de la Caridad. Hay que dotar de significación apostólica estas responsabilidades. De lo contrario, no estamos compartiendo la misión, sino pidiendo una simple sustitución o, a lo más, una estrecha colaboración.

En los procesos de crecimiento de la misión compartida, todo aquello que signifique promover la reflexión común de laicos y consagrados sobre la misión será de provecho y hará crecer el verdadero compartir. La misión compartida no es sólo trabajo, sino también relación personal; no solo palabras, sino silencio y oración; no solo acción sino también contemplación. Es necesario cultivar el estar juntos sin agendas, sin proyectos, sin planes concretos.

Para la Familia Vicenciana, la misión compartida no es un tema surgido tras el Concilio Vaticano II, pues desde los orígenes de nuestro carisma, los laicos vicencianos han tenido una carta de identidad propia. El año 1617 es fundamental para Vicente de Paúl y también para la AIC, que adquiere su naturaleza y especificidad en las Cofradías de la Caridad. El año 1830, lo es para la AMM; el 1833, para las Conferencias de la Sociedad de San Vicente de Paúl (SSVP) y así sucesivamente para las más de 200 ramas de la Familia Vicenciana. Desde el inicio del carisma, caminamos juntos y nos alimentamos de una misma fuente que se nos ha concedido gratuitamente: el carisma vicenciano, que fortalece la fe y da sentido a la misión.

Cuestionario

a) Para la oración y reflexión personal:

Desde los orígenes del cristianismo, los laicos, animados por el Espíritu Santo, asumen un protagonismo extraordinario. Pueden leerse y orar estos pasajes y sus paralelos: Hch 8, 1- 4; 11, 19-21; Rm 16, 1-16; Flp 1, 14; Flp 4, 3; 1Tes 1, 8; 1Pe 2, 9.

b)  Para el intercambio comunitario:

  • En el lugar donde tú trabajas, ¿qué experiencia significativa estás viviendo o has vivido en el proceso de caminar en misión compartida?
  • “Diversos carismas, el mismo Espíritu” (1 Cor 12, 4). ¿Cuáles son nuestras principales dificultades en nuestro trabajo con los laicos?
  • Mirando hacia el futuro, ¿qué pasos crees necesarios dar, a corto, medio y largo plazo, para continuar avanzando en la misión compartida vicenciana?
  • Como animador espiritual de asociaciones laicales de la Familia Vicenciana, ¿cuál es tu experiencia, tus aciertos, tus logros y los aspectos mejorables?

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