“La señorita Le Gras consultó si sería conveniente que nuestras hermanas de la ciudad y de las aldeas que llevan la escuela, recibiesen a niños y a niñas, y en el caso de que recibiesen a los niños, hasta qué edad los tendrían. Y expuso las razones:

En primer lugar, se puede hacer mucho bien enseñando los principios de la piedad a unos niños que, sin ellos, se quedarían quizás sin instrucción. En segundo lugar, parece que hay necesidad de hacerlo así, ya que en la mayor parte de los sitios no hay maestros para niños. En tercer lugar, lo están deseando los padres y las madres que tienen grandes razones, ya que sería de desear que sus hijos tuvieran al menos tanta instrucción como sus hijas; por ese motivo, urgen a nuestras hermanas que los reciban en la mayor parte de los lugares en que están. En cuarto lugar, parece que no hay que temer ningún inconveniente por parte de la maestra; no puede haber para ella ningún motivo de tentación por parte de los niños, ya que son menores de 8 años. En contra están unas normas del rey que lo prohíben, y otra prohibición del señor arzobispo” (X. 777).

Luisa de Marillac, Consejo de las Hijas de la Caridad tenido el 30 de octubre de 1647.

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Reflexión:

  1. En el siglo XVII eran escasos los pueblos en los que había escuelas; lo común eran los maestros ambulantes que, por poco de dinero, enseñaban a los hijos de los campesinos. Pero los padres no escolarizaban a sus hijos, porque no podían pagar ni lo poco que les pedían, porque los necesitaban para trabajar desde niños, y, sobre todo, porque no tenían ilusión, ya que sus hijos siempre serían pobres.
  2. El gran problema era hacer las escuelas mixtas, prohibidas por las autoridades civiles y eclesiásticas. A la escuela solo iban los hijos varones y no las chicas que se quedaban cuidando a sus hermanos pequeños y haciendo las faenas caseras, ya que las madres iban al campo a trabajar o a espigar. Pero las Hijas de la Caridad acogían a las niñas y no a los niños. Esta es la situación que encontró Luisa de Marillac y propuso una solución revolucionaria en el Consejo citado.
  3. Pero su audacia va más lejos y, contra las leyes civiles y eclesiásticas, añade que “deben recibir a cualquier hora a todas las que quieran ir a aprender, de cualquier edad que sean, teniendo la discreción de hacer pasar a las vergonzosas o tímidas a un lugar particular, acogiéndolas con mucha cordialidad aun cuando se presenten a la hora de su comida o muy tarde” (E 44).
  4. También en la actualidad la mezcla de alumnos es compleja. El problema no son las clases mixtas de niños y niñas, lo es la mezcla de nativos y de origen extranjero. Hay alumnos de nacionalidad española, pero nacidos en otro país; los hay que tienen pasaporte foráneo a pesar de haber nacido aquí; y otro grupo, cada vez mayor, ha nacido aquí, pero sus padres provienen de otros países. Mezcla complicada de asimilar en una sociedad cada vez más inclusiva.
  5. Los padres debieran insertarlos, pero les es difícil porque también ellos son inmigrantes, y ceden esta tarea a los docentes, exigiéndoles, además de enseñar, que los integren. Y deben tenerlo en cuenta, pero no es su principal tarea. Integrarlos es obligación de la sociedad entera, y por ello, de todas las agrupaciones, entre las que se encuentran todas las Ramas de la Familia Vicenciana.

Cuestiones para el diálogo:

  1. En la integración de los inmigrantes, ¿influyen más las leyes o el testimonio? ¿Qué papel desempeñan las leyes?
  2. En tu entorno ¿hay relaciones de integración entre oriundos y foráneos? ¿Conoces situaciones que oprimen a los de fuera?
  3. ¿Quién está más marginado, el pobre o el foráneo? ¿Qué puede hacer la Familia Vicenciana para integrar a todos?

Benito Martínez, C.M.


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