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por: Benito Martínez, C.M.

Aunque la festividad de santa Luisa se ha trasladado al mes de mayo, me ha parecido oportuno publicar este artículo ante la proximidad de la Semana Santa.

El dolor de santa Luisa de Marillac [1]

El hombre ansía y busca la felicidad. El enemigo natural de la felicidad es el sufrimiento. Sin embargo, el sufrimiento no tendría que destruir la felicidad, ya que la felicidad es una sensación interior de que nada nos falta con la seguridad de que nunca lo perderemos. Hay quienes dicen que esta sensación está producida por los genes, que inducen a ser optimistas o pesimistas, felices o no. Pero otros, sin negar que los genes puedan influir en el estado emocional, dan más importancia a la formación. Todo consiste en encontrar el método de no angustiarse por lo que no se posee o por haberlo perdido. El hombre puede trabajar para ser feliz y hacer feliz. Es lo que proponen algunas religiones, como el budismo: dar una respuesta al sufrimiento y encontrar la felicidad por medios sicológicos.

Luisa de Marillac, siendo una adolescente, descubrió que su nacimiento ilegítimo le negaba la felicidad, desposeyéndola de la fortuna y del rango de nobleza que le correspondía por ser una Marillac. Así lo decretaban las leyes de la sociedad en la que nació y la familia a la que pertenecía por la sangre. Por más que buscaba la seguridad económica que la hiciera feliz, vivió el miedo a la pobreza y al abandono de sus parientes. Y, cuando intentó encontrar sentido a su vida sin el cual nadie es feliz, descubrió que solo la vida espiritual hacía que su existencia no fuera un absurdo.

Separada del rango familiar

Pertenecía a una familia de la nobleza que ocupaba los cargos más altos del gobierno francés. Por haber nacido de tal familia, se la educó en el colegio más importante de Francia, fundado para educar unicamente a niñas nobles por monjas dominicas todas ellas hijas también de la nobleza. Se la educó para ser una aristócrata. Pero un día, siendo una adolescente, se le comunicó que debía abandonar el colegio porque no iba a heredar ningún título, y se sintió abandonada cuando se la trasladó a un pensionado, donde tenía que colaborar en las faenas de la casa para pagar una parte de su pensión. Comprendió entonces que no tenía más bienes que los justos para no caer en la pobreza. Separada de su familia y desheredada, ya no formaba parte de los Marillac, estaba sola y, todavía adolescente, tiene que luchar para medrar. No es extraño que un día dijera que desde la cuna el dolor nunca la había abandonado (E l9).

Sin embargo, en sus escritos nunca aparece que Luisa tomara los sufrimientos como un signo de que Dios la abandonase. Ella se sentía amada de Dios y consideraba el sufrimiento como una señal de amor que la igualaba a Jesús crucificado. “Este amor de Dios no protege de todo sufrimiento, pero protege en todos los sufrimientos”, escribe Hans Küng. En su dolor santa Luisa descubrió la cercanía de Dios. Un día vino a decir a Sor Isabel Martín que, cuando alguien sufre, más que compartir el dolor de Jesús, es Dios el que comparte el dolor del afligido.

Quiso ser capuchina, pero sus familiares influyeron ante el Provincial para que la rechazara, y la obligaron a casarse con un funcionario al que los Marillac-Attichy necesitaban para sus planes políticos. Casamientos por razones políticas era común en aquella época y la joven Luisa no se sintió manipulada. Ella misma se encargará de buscar esposa a su hijo Miguel y de arreglarle el contrato matrimonial. Sintió, con todo, que su familia la utilizaba y la desviaba de su camino, destrozando sus ideales y sus ilusiones y creándole un complejo de culpabilidad. Un ideal soñado desde la adolescencia y que se iba a realizar en unos días, es destrozado por la intromisión de unas personas que la habían marginado, y es obligada a tomar para siempre un destino contra su voluntad, faltando a un voto hecho a Dios. Emprende una ruta sin posibilidad de retorno. Durante muchos años el sufrimiento permaneció callado en su interior, hasta que un día, y no por ella sino por su hijo, lo manifestará, exigiendo ayuda a uno de sus familiares (c. 311). Luisa de Marillac aceptó la realidad para vivirla de acuerdo con lo que Dios le pedía.

Posición social

Al casarse con un burgués de clase media, primer secretario de la Reina Madre, queda apartada de la nobleza y de la alta burguesía. Pero tiene el valimiento de los Marillac y Attichy y espera que sus nietos sean nobles. Sin embargo, la desolación más dolorosa penetra en su casa cuando, desterrada la Reina Madre, los Marillac, Attichy y Le Gras caen en desgracia. Son años difíciles. Un tremendo desengaño la invade cuando, al volver la Reina Madre al poder, su marido cae enfermo y los Marillac de nuevo se desentienden de ella, teniendo que abandonar el palacio de los Attichy en el que vivía. Son años de angustias económicas, cuando quede viuda. Debe vivir con pequeñas rentas y, aunque es buena administradora, cuatro signos dicen que la situación es dura:

  • Tiene una criada y su hijo un criado, pero vive sin carroza en una habitación alquilada[2]
  • No tiene dinero para pagar la pensión de su hijo en el colegio de los jesuitas ni siquiera para hacer algunos pequeños regalos[3].
  • Necesita recibir una pensión de los Marillac para poder vivir (c. 344). Vender unas sortijas para comprar cuadros, puede significar desprenderse de las joyas de señoras del mundo, en un momento en que su hijo no daba señales de darle una nieta (c. 143)
  • Siente la situación de pobreza al constatar las dificultades para casar a su hijo[4].

Sus directores, De Belley y Vicente de Paúl, le dicen que la pobreza es mala, que no tiene ningún valor positivo en sí misma, pero es una experiencia ante la cual hay que tomar postura. Luisa de Marillac tomará la postura de luchar contra ella llena de alegría sabiendo que Jesús la lleva de la mano[5]. Si es doloroso sufrir la pobreza, también, aunque de otra manera, será una cruz intentar arrancarla de la tierra.

Sufrimientos causados por su hijo Miguel

Su hijo Miguel fue un tormento para ella. Se comprende mejor el sufrimiento que le causó si tenemos presente la delicadeza afectiva de Luisa, el orgullo innato por causa de su ilegitimidad y su espiritualidad sincera en la búsqueda de Dios. Y el dolor que sufrió esta mujer va en tres direcciones: abandonar Miguel el camino del sacerdocio, saber los pocos bienes que tenía, sintiendo los siete años que su hijo estuvo en el paro sin poder encontrar trabajo, y seguramente mayor sufrimiento aún, al contemplar impotente cómo el hijo de sus entrañas se daba a la mala vida, se ausentaba de casa sin saber ella dónde podría estar y se olvidaba de Dios. ¿Qué sentiría esta mujer santa cuando su hijo cayó enfermo con peligro de muerte y no quería arrepentirse?

La ilusión de ver a su hijo sacerdote se la ocasionaban su santidad y el ser una solución al problema económico. Sin embargo las dudas de su hijo sobre su vocación fueron un tormento casi continuo durante dieciséis años. Más aún cuando se acercaron las órdenes y él las rehusó, abandonando definitivamente el seminario. La herida que le causó fue cruel. Luisa había quedado viuda a los 34 años con un hijo de 12 y un futuro económico penoso por lo inseguro de su fortuna. Ella había sufrido lo indecible en su adolescencia y quería evitar a su hijo los mismos sufrimientos. El futuro salvador de su hijo estaba en el sacerdocio, y al abandonarlo le parecía que tenía que volver a empezar.

Miguel Le Gras, aunque sin títulos de nobleza, pertenecía a una familia aristócrata; era licenciado en filosofía y su padre había sido funcionario de la Reina. No podía emplearse en cualquier trabajo. Mientras era candidato al sacerdocio se intentó emplearle como ayudante del Obispo de Retz o con Mons. Pavillon. Pero no se realizó. Y una vez abandonado el seminario, Luisa se fatigó inútilmente durante años en buscarle trabajo, implicando a san Vicente y a las Damas de la Caridad. Tan grande era su dolor que se rebajó a pedir ayuda a sus parientes los Marillac‑Attichy y al Conde de Maure[6].

Abandonado el sacerdocio, su hijo retozó como un potro suelto después de sentirse atado y dominado por su madre durante muchos años, y explota buscando libertad. Malas compañías y pésimos caminos le llevaron a romper con su madre, con san Vicente y, lo más cruel para ella, con el mismo Dios. Desaparece de casa y su madre no tiene noticias de él durante muchos días. Como un acto de protesta contra la sociedad que no le daba trabajo y contra su madre que le había cobijado hasta los treinta años, se unió en un matrimonio clandestino con una joven provinciana sin categoría social a la que hubo que encerrar en las magdalenas para que abandonase al joven Le Gras. Su madre se siente culpable y sufre desesperadamente. “En la angustia de sus cartas resuena el llanto de los salmos más dolorosos. Son los años de la vida de Luisa que nos llenan de compasión por esta mujer que nada quería para ella, dispuesta a dar la vida por el hijo de sus entrañas y que, con voluntad desinteresada, se confundió y cargó con un sufrimiento innecesario”[7]. Pide consuelo a san Vicente porque su dolor es enorme: “Estoy tan afligida como nunca lo podré estar. Por eso, le suplico por el amor de Dios que pueda hablarle hoy. Creo que ya es tiempo de poner algún remedio al mal que es extremo y peor de lo que podría usted pensar. Tengo motivos para temer y desear que Dios me lleve e inspire a su caridad cómo sacar su gloria de tan gran mal”. Pocos día después le vuelve a escribir: “Nunca he podido tener ayuda de nadie en este mundo ni apenas la he tenido a no ser de su caridad”[8]. Lo peor de todo para un alma piadosa como la de santa Luisa es que su hijo cae enfermo con peligro de muerte y no quiere volver al camino de Dios. Ya no le importa ni la penuria económica ni la vida de su hijo, lo que le atormenta es que pueda condenarse[9].

Cuando su hijo tiene 36 años, sienta la cabeza y encuentra trabajo en los dominios de los padres paúles. Sólo le falta casarse. El matrimonio es tarea de los padres de los novios, y para Luisa de Marillac fue un trabajo agotador. Un joven bien preparado que llevaba sangre Marillac no podía casarse con cualquiera. Luisa, a través de sus amigas, algunas señoras de las Caridades, tiene que enterarse de la fortuna de las jóvenes y de sus familias. Una rechaza a Miguel por no tener bienes. Otra duda de aceptar el contrato matrimonial. Luisa comprende, pero desespera. Si ésta abandona el “negocio matrimonial”, ella no sabría qué hacer, pues teme el derrumbamiento de su hijo. Busca influencias, avales, garantías de futuro. Por fin, luchando como una leona en defensa de su hijo, se firma el contrato, se celebra la boda y le nace la primera y única nieta[10].

Luisa encontró tres asideros para mitigar el sufrimiento: Dios en la oración, directores y acompañantes, y la confianza en ella misma. Los sufrimientos de su hijo fueron tan repetidos y continuos que ellos mismos la prepararon para saber dar una respuesta. En la oración descubrió todos los trucos que usa el sufrimiento para quitarnos la felicidad. El dolor la enseñaba. Después de un sufrimiento aprendía la forma de superarlo. Luisa podía decir, después de todo lo que había sufrido, que el dolor le había abierto el camino para llegar hasta Jesucristo crucificado y abrazarse a la felicidad que también se encuentra en la cruz, como lo escribió al hablar sobre la caridad y sobre el puro amor; y las dos veces lo escribe para que lo lean las Hijas de la Caridad (E 19 y 105).

Las enfermedades de santa Luisa

Los dolores que le produjeron las enfermedades eran dolores de todos los humanos de entonces. También san Vicente padeció enfermedades y los reyes y las señoras de alcurnia y el pueblo. En sus cartas vemos que los acogía como algo natural. Más le preocupaban los dolores síquicos y morales de tener que depender de otras para escribir las cartas, de no poder dedicarse enteramente al gobierno de la Compañía ni animar a las Hermanas, de estar impedida para atender las necesidades de los pobres[11].

La angustia y el complejo de culpabilidad predominan en la sicología de santa Luisa. Van unidos. El complejo de culpabilidad por no haber cumplido el voto de ser religiosa la atormentó terriblemente durante años. Si es cierto que con la ayuda de san Vicente logró arrinconarlo, también lo es que esporádicamente asomaba cuando menos lo esperaba: se consideraba la causante de todos los males personales, de los pecados de las Hermanas y se atribuía la destrucción de la Compañía y de su hijo. Se anonada y se humilla, considerándose pecadora e instrumento inútil en las manos de Dios[12].

Sufrimientos que le causó la Compañía

Otra fuente de dolor fue la Compañía de las Hijas de la Caridad. Ella era la fundadora y amó la Compañía como un desdoblamiento de su ser y a las Hermanas como a hijas suyas. A través de los análisis que hace de la Compañía, señalando a san Vicente los remedios, descubrimos el temple de su persona, pero también el terror que le causaba el que pudiera desaparecer la obra que con tanto esfuerzo y dolores había traído a la existencia[13]. Esta razón la movió a enfrentarse con delicadeza y tesón al Superior Vicente para que colocase la Compañía bajo la autoridad del Superior General de la Congregación de la Misión y no de los obispos[14].

Para comprender en toda su intensidad el dolor que este temor le ocasionaba hay que tener presente que Luisa era orgullosa, y el sufrimiento aumentaba pensando que ella y sus hijas habían fracasado y el fracaso fuera conocido por la gente. Se ve cuando analiza el desarrollo de las comunidades de Angers, Nantes, Chars y Liancourt.

La fundación de Angers es el reconocimiento de la capacidad de sus hijas, no solo para “servir a los pobres yendo y viniendo por los caminos de los pueblos y las calles de la ciudad”, sino también en los hospitales. Es la primera obra en la que no están al servicio de las señoras de las Caridades. Luisa en persona fue a fundarla para no dejar suelto ningún cabo. Era su orgullo y su barco insignia. Fue la admiración de la gente y un modelo para ser copiado. Pero, esta “joya de la corona” a los cuatro años de fundarse era un infierno. Se murmura de ellas y Luisa tiene que reconocer que las Hermanas son humanas y tienen fallos. En las cartas que les escribe aparece su desilusión y su pena, porque piensa que los administradores ya no las quieren. Es el dolor interno que produce pensar que sus hijas no sirven y pueden ser sustituidas por religiosas hospitalarias[15].

Otro barco insignia por la categoría de la ciudad y por ser un hospital enorme que atendía a toda clase de enfermos, fue el Hospital de Nantes. También lo fundó santa Luisa en persona. Pero a los pocos meses de su fundación, se convirtió en un dolor incrustado en su cuerpo por las desavenencias y divisiones entre las Hermanas[16].

En Liancourt el sufrimiento fue terrible porque a pesar de la imprudencia de la Hermana Sirviente, todo era una calumnia inventada por dos jóvenes que se pavonearon de conocer y participar en ciertas reuniones de hombres y Hermanas por la noche dentro de la comunidad; porque sucedía en los dominios de su entrañable amiga la duquesa de Liancourt; porque una de las calumniadas era Sor Maturina Guérin, de solo 19 años, y que ella iba reconociendo como uno de los futuros puntales de la Compañía, y porque si la calumnia se extendía sería el final de la Compañía.

Otras comunidades también la llagaron, pero con heridas más llevaderas, como en Chars, donde el párroco jansenista quiere convertir la comunidad en una fundación bajo su autoridad. Ante el rechazo de las Hermanas, las persigue y hay que levantar la comunidad. En Chantilly, a pesar de pertenecer a la corte, la herida la produce la necesidad económica que pasan las Hermanas[17].

Padeció otras llagas, sangrantes de verdad, pero casi todas brotaban de la naturaleza y de la vida, como aquellas que le ocasionaron las muchas Hermanas que se salían o que morían[18], y las heridas que le produjo la fragilidad humana cuando contempló que algunas de las Señoras de las Caridades ya no se fiaban de ciertas Hermanas (c. 721).

A pesar de las adversidades que podrían convencer de que la secularidad de la Compañía era imposible, su tesón y san Vicente la animaban a confiar en la bondad de la obra, convencida de que era fruto de la voluntad de Dios. Se fio de Él y confió en los medios humanos y materiales que empleaba en aquella aventura humana y divina.

El sufrimiento que le causaron los pobres es la tragedia y la epopeya de su vida. Aun hoy día nos estremecen los gritos de ayuda que pide al no tener nada que dar de comer a los niños abandonados que tanto le recordaría su infancia y la de su hijo, ni pañales para cambiarlos ni dinero para pagar a las nodrizas[19].

Respuesta divina al sufrimiento humano

En el siglo XVII era corriente decir que Dios quiere los sufrimientos para lograr bienes espirituales mayores, pero hoy no se acepta esta explicación. Al que sufre no se le puede decir que Dios envía el dolor o predicarle resignación ante la permisión divina. No cabe duda que santa Luisa buscaba una explicación a la existencia del dolor. También los actores del Antiguo Testamente, especialmente en el libro de Job. Y es que el hombre quiere recibir explicaciones de todo, y pensamos que la vida espiritual funciona de la misma manera. El hombre busca una respuesta convincente que le ayude a encontrar sentido al dolor. Pero la respuesta no convence, porque el sufrimiento es un misterio como la muerte y el misterio no se puede descifrar, se acoge y nada más.

Sufrimos por ser creados y libres. Pero el cristiano tiene la oportunidad de encontrar la respuesta que nos ofrece Jesucristo. No la impone, nos la ofrece. El problema del sufrimiento no queda resuelto de forma definitiva, pero esta respuesta, dentro del misterio, nos fortalece para seguir luchando contra las desgracias de los pobres.

El camino de Jesucristo

Jesucristo no tuvo el privilegio de la inmunidad. No vino a quitar el dolor, sino a darle sentido y superarlo sin desesperar, porque nunca se podrá arrancar definitivamente de la vida humana, y hay que darle una finalidad salvadora. De una manera delicada santa Luisa se lo expresa a una Hermana: “¿pensaría usted gozar de tanto honor delante de Dios y de los Ánge­les sin que le costase nada? No dudo de que su gracia la sostendrá con fuerza en la soledad e insensibilidad que experimenta hacia Dios. ¿No sabe usted, querida Her­mana, que éstos son ejercicios en los que el Esposo sagrado de nuestras almas se complace viéndonos en ese estado cuando usamos de ellos con paciencia amorosa y aceptación serena, sin preocuparnos por lo que sufrimos?” (c. 609).

Con la resurrección el dolor será vencido y encontraremos el verdadero sentido de nuestros sufrimientos. Pero es dejar la respuesta satisfactoria al mundo futuro. Aquí, en esta tierra, luchamos contra el dolor, aceptamos derrotas puntuales y le damos un sentido sobrenatural. Un día escribió: “Me doy a mi misma esta lección al dársela a ustedes para estar dispuesta a vencerme y a desprenderme de las satisfacciones que no son según Dios, renunciando al mal uso de mis sentidos y pasiones, ya que no se puede resucitar con Jesucristo si antes no se ha muerto de esta manera” (c. 637).

La confianza en Dios no es una respuesta concluyente y deja el misterio tal como está sin resolverlo, pero la fe nos tranquiliza. Confiamos en que Dios Creador y Redentor cumpla sus promesas y esté presente en los momentos de dolor para sufrir con todos y depositar en ellos el coraje y la esperanza.

Respuesta humana al sufrimiento[20]

Luisa de Marillac era santa y confiaba en Dios, pero su temperamento activo y organizador la empujaba a buscar remedios también humanos. Hay dos cartas a Sor Isabel Martín que nos dan una doctrina práctica sobre el sufrimiento. La primera se la dirigió en el año 1640, al poco de entrar en la Compañía, y la segunda en 1648, poco antes de morir Sor Isabel. En ellas expresa su mentalidad ante el dolor:

  • Hay que esforzarse por salir del sufrimiento y alabar a Dios en las alegrías.
  • Cuando no se puede evitar el sufrimiento, no se puede renegar, pues es un modo de cumplir la voluntad de Dios, que alivia con su misericordia el dolor terreno.
  • Dios nunca deja sola a quien sufre; siempre pone a su lado a una persona para que la ayude en todo momento. A ella nunca le faltó su director Vicente de Paúl, y ella estará siempre al lado de sus hijas[21].

 

 

Notas

[1]Ver la vida de santa Luisa en Benito MARTINEZ, Empeñada en un paraíso para los pobres, pp. 9 -25.

[2] SV. I, 189, 199; III, 294; SL. c. 134, 343.

[3] SL. c. 310, 311; SV. I, 165, 171, 269, 522.

[4] Convendría examinar estos datos: tiene rentas por más de 80 L. (SV. I, 189, II, 15, 36, 124), le pagan más de 2.000 L., invierte (II, 256), tiene negocios en 1631 (I, 555. ANNALES, 102 (1937) 239‑244).

[5] 1 P 4, 12-13.

[6] SL. c. 93, 96, 189, 311, 344; SV. I, 523-524.

[7] Benito MARTINEZ, C.M. Aproximación biográfica de Luisa de Marillac, en “Luisa de Marillac, XVIII Semana de Estudios Vicencianos” CEME, Salamanca, 1991, p.24. Ver: SV. 1, 349, 350‑351, 371, 380, 385, 409, 421, 510‑511, 514, 523‑524, 546, 568.

[8] SL. c. 98, 99, 122, 132, 134, 142, 182.

[9] SL. c. de 164 a 167.

[10] c. 297, 309, 310, 311,310, 312, 313; SV. III, 436, 482.

[11] c. 24, 25, 27, 190, 222, 642,… SV. 1, 269

[12] c. 89, 141,144, 32, 108, 198, 374, 394, 20, 74, 81, 86, 88, 94, 120, 193, 264, 302, 461.

[13] SL. E 61, 81, 101, 108; c. 108, 374, 394.

[14] SL. E 33, 53; c. 191, 228, 346, 374.

[15] SL. c. 21, 25, 41, 42, 60, 62, 63, 106, 115, 116, 139, 195, 301, 393, 494

[16] SL. c. 207, 218, 265, 314, 321

[17] c. 235, 586, 587, 591, 592, 593; c. 484, 658, 680; E 80.

[18] c. 74, 41,198, 205, 207, 298, 306, 526, 142, 187, 224

[19] c. 302, 303, 312, 320.

[20] ver Benito MARTINEZ, C. M., La Señorita Le Gras y Santa Luisa de Marillac, pp. 178‑182

[21] c. 31, 248; 51, 54, 72, 78, 98, 122, 302, 305, 324, 329, 404, 410.

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