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El Padre Antonio Carmaniú y Mercader (1860-1936)

por | Oct 1, 2013 | Santoral de la Familia Vicenciana | 0 comentarios

Datos familiares

antonioAntonio, hijo de Manuel y Teresa, nace en Rialp (Lérida), el 17 de abril de 1860, año de la segunda guerra carlista en España. Al día siguiente del nacimiento era bautizado en la iglesia parroquial del pueblo. Al sacramento del bautismo y a los compromisos derivados de éste se referirá más tarde, en las clases de teología moral y en las predicaciones misionales, para sostener que la conducta del cristiano, así como los compromisos de la vida comunitaria y religiosa, han de fundamentarse en la consagración a Dios por el bautismo, sacramento que abre la puerta de la Iglesia a todos los regenerados con el agua y el Espíritu.

Antonio crecía rebosante de salud y demostraba ser un niño de gran agudeza e inteligencia humana; sus ocurrencias infantiles sorprendían a los mayores, dejándoles en ocasiones admirados de sus preguntas y respuestas, algo así como dice el evangelista Lucas del Niño Jesús en medio de los doctores: “Todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas”. No era fácil encontrar en Rialp niños tan avispados como Antonio. Según los vecinos de la comarca, era tan listo que veía crecer la hierba, y se preguntaban qué sería de mayor.

De carrera brillante

Con doce años, en 1872, ingresa en el Seminario Diocesano de Seo de Urgel (Lérida), donde cursa con nota sobresaliente las asignaturas de humanidades y filosofía. Excelente estudiante, deja fama en el dominio de la Dialéctica, de la que había dado ya sobradas señales, siendo jovencito.

Su decisión de entrar en el Seminario Diocesano obedecía a su sola y única voluntad de ser sacerdote. La entrada en el Seminario era, por otra parte, en aquel tiempo una salida barata y segura para desarrollar las dotes intelectuales.

Su primera intención de ser sacerdote diocesano fue trasmutada por la de ser misionero paúl, al cumplir los diecinueve años de edad y siete de seminarista diocesano. Atraído por la dedicación a las misiones de los PP. Paúles, pide ser admitido en la Congregación fundada por San Vicente de Paúl, en enero de 1879. Desde hacía tiempo tenía conocimiento de la labor misionera que los PP. Paúles desarrollaban desde Barbastro. Tal vez se enterara, siendo joven, que fue en Barbastro donde los hijos de San Vicente de Paúl fueron llamados por primera vez «Paúles» en España. Hechas las debidas gestiones para ser admitido en la Congregación de San Vicente de Paúl, ingresaba en el Seminario Interno de los PP. Paúles, sito en el barrio de Chamberí, Madrid, el 22 de febrero de 1979. Leyendo a San Vicente de Paúl, aprende que «los sabios y humildes son el tesoro de la Compañía, lo mismo que los buenos y piadosos doctores son el mejor tesoro de la Iglesia». El dicho de San Vicente le pareció apropiado a su ideal misionero.

Como se acostumbra en esta Congregación, agotado el tiempo de dos años de prueba y de discernimiento vocacional, pronuncia los votos el 23 de febrero de 1881 ante el Visitador P. Mariano Joaquín Maller (1866-1892), y comienza los estudios de la Sagrada Teología Dogmática y Moral, su campo preferido.

La emisión de votos, junto con la vivencia de las virtudes que constituyen el espíritu de los misioneros será su segundo Evangelio. Dotado de un temperamento fuerte e impositivo, con tendencia a ser severo y exigente, dirá de sí mismo que necesitaba revestirse de mansedumbre y humildad, virtudes que Jesús evangelizador practicó y enseñó a sus discípulos, para tratar con toda clase de personas y, en particular, con los pobres a quienes debía evangelizar, con palabras y obras. La experiencia le enseñará, con el tiempo, que poco o nada se consigue con los pobres y torpes de inteligencia, sin paciencia, mansedumbre y afabilidad.

Su competencia teológico-moral, a la par que su madurez humana, quedaban demostradas por el nombramiento interino, siendo todavía estudiante diácono, de profesor de Teología Moral, nombramiento que acreditaba, por otra parte, la confianza que los superiores habían depositado en él. Desempeñó el cometido de profesor con sus condiscípulos, no más de unos meses, hasta que fue nombrado el profesor titular. La claridad y prudencia, el respeto, el tesón y el trabajo en las exposiciones escolares y misioneras serán las cualidades que más destaquen y admiren en él quienes lleguen a conocerle y tratarle. Pronto entendió que sobre la sabiduría de las ciencias eclesiásticas está la sabiduría que proviene del trato e intimidad con Dios y que se requiere ser asiduo a la oración para penetrar más a fondo en el designio divino, que es revelado a los sencillos, de modo particular.

Siempre ocupado en ministerios pastorales hasta que cayó enfermo

Ungido sacerdote en 1885, poco antes de la muerte del rey Alfonso XII y el mismo año en que San Vicente de Paúl fuese declarado Patrono Universal de Caridad por el Papa León XIII, es enviado a la Casa Misión de Palma de Mallorca, donde se dedica incansablemente a la predicación de las misiones. En Mallorca se convierte en el gran paladín y propagandista de las misiones populares. De su palabra clara, penetrante y rica en doctrina son testigos sobre todo los sacerdotes y el pueblo sencillo que tuvieron la dicha de escuchar de sus labios el Evangelio: los sacerdotes, siguiendo sus conferencias en tiempo de Ejercicios Espirituales, y el pueblo, saboreando las explicaciones doctrinales y morales que recibía durante la misiones populares. Jesús evangelizador de los pobres será siempre el Camino, la Verdad y la Vida que ilustren sus enseñanzas y le sirvan de guía.

La misma tarea le ocupará en Barcelona, desde 1902. A las misiones y predicaciones ordinarias añadía tandas y más tandas de Ejercicios a los sacerdotes y a las Hijas de la Caridad. “Se le consideraba como una autoridad para dar ejercicios espirituales a los sacerdotes y ordenandos. El año 1927 aún perduraba la costumbre de enviar a los Ordenandos para el sacerdocio a nuestra casa de Barcelona”, de ahí que le dedicaran a él, preferentemente, para este ministerio.

Estando destinado en Barcelona en 1902, llegó el momento de la división de la Provincia de la C.M española en dos: Barcelona y Madrid. Como era de esperar, él decide pertenecer a la de Barcelona, de la que será piedra fundamental en el edificio de la nueva Provincia Canónica. Políticamente, concurría la subida al trono de España del rey Alfonso XIII, tras la muerte prematura de su predecesor Alfonso XII (25 de noviembre de 1885) y la regencia de María Cristiana de Absburgo (1885-1902).

La fundación en Rialp, su pueblo natal, en 1904, de una Casa-Colegio de la C.M. le llenó de ilusión; a ella irá destinado por largo tiempo, 1909-1927, tras haber pasado antes por Figueras y Bellpuig. En torno a los años 1902-1915, el P. Carmaníu daba retiros espirituales a las Hijas de la Caridad de Barbastro. Es probable que, dentro de los mismos años, Josemaría Escrivá se acercara al P. Carmaníu para recibir el sacramento de la penitencia. Es sabido que la iluminación que recibiera el sacerdote barbastrense sobre la Obra fue el 2 de octubre de 1928, fiesta de las Ángeles Custodios, haciendo Ejercicios Espirituales en la Casa Central de los PP. Paúles, de Madrid. La devoción a la Virgen Milagrosa de la familia Escrivá de Balaguer venía desde Barbastro.

La formación de los jóvenes le atraía al P. Carmaníu, ofreciéndoles su sabiduría y experiencia de vida. Era exigente con ellos; todos los días le veían abrir las puertas del colegio a las 5,30 de la madrugada. No satisfecho con la dedicación a los jóvenes, introdujo en las familias del pueblo la “Visita Domiciliaria de la Virgen Milagrosa”. El establecimiento en Rialp de la Visita Domiciliaria fue uno de los primeros en España, tras haber sido aprobada por el Papa Pío X la Asociación de la Medalla Milagrosa, el 8 de julio 1909, y su implantación en España a partir de 1913.

El amor que el P. Carmaníu profesaba a la Virgen María, bajo el título de Milagrosa, le convirtió en su gran propagandista, al igual que lo fuera de las misiones populares en Mallorca. Su paso por Rialp será recordado como el gran fomentador de la devoción a Nuestra Señora, la Madre de Dios y Madre nuestra. Bajo la dirección del P. Carmaníu, los fieles acudían entusiasmados a María Milagrosa, invocando su protección confiadamente. A Riap volverá, por segunda vez, en 1928 para ejercer el cargo de superior, siendo Visitador de la Provincia de Barcelona el P. Eugenio Comellas. La fundación de la Casa de Rialp durará hasta 1939, pues la merma de misioneros, tras la guerra civil española, hacía muy difícil el sostenimiento de una comunidad en el pueblo leridano, por más tiempo.

Tanta actividad apostólica le pasó factura, propinándole hasta el fin de la vida dolores continuos de estómago y de cabeza e insomnios que no le remediaban los auxilios aconsejados por los médicos; ni los cambios de aire ni de dieta lograron que recuperara la salud perdida. No por eso suspendió su tarea misionera ni pidió curas extraordinarias. En silencio y con resignación cristiana soportaba los sufrimientos que, en ocasiones, mermaban fuerza y emoción a su palabra y, por supuesto, le obligaban a recortar su actividad apostólica.

En busca de refugio ante el peligro revolucionario

Basta seguir los últimos pasos del P. Carmaníu, anciano de setenta y seis años, gastado por la enfermedad, para asegurarnos del dolor profundo que le acompañó durante los meses postreros de su vida. Declarada la revolución marxista en julio de 1936, el P. Carmaníu residía en la Casa Central de Barcelona, calle Provenza, 212. En la tarde del 19 de julio, al igual que los demás sacerdotes y hermanos, dejó la Casa Central, buscando un refugio en la capital. Al salir, como lo hicieron también otros sacerdotes, se llevó consigo una caja llena de formas consagradas, que fue consumiendo poco a poco, con el fin de evitar una segura profanación del Cuerpo de Cristo.

El P. Carmaníu se refugió primero en la misma capital de Barcelona, en dos casas distintas, hasta que encontró lugar seguro en su pueblo natal. Pero antes de ausentarse de la capital condal quiso presentarse al Superior de la Casa Central, refugiado también en un domicilio particular, para pedirle permiso en materia de pobreza y escapar lejos del peligro, a una casa de Francia, permisos que revelan la delicadeza de conciencia con que vivía dentro de la Congregación y deseaba seguir practicando hasta el final de la vida.

Gracias a un salvoconducto que le proporcionó el Comandante de la Guardia Civil de Barcelona, llegó a Riap al finalizar el mes de julio, ocultándose en la casa que le vio nacer. Pero contra su parecer, tampoco esta mansión le ofrecía seguridad, ya que le resultaba imposible disimular por largo tiempo su presencia en el pueblo. Todos sabían que allí vivía oculto; aunque le respetaban, estaban al acecho de sus entradas y salidas. Un día le llamaron del Comité Rojo para prestar unas declaraciones, hecho que interpretó como presagio de una sentencia de muerte. Le dejaron en libertad vigilada, pero prohibiéndole severamente que saliera del pueblo. Sin embargo hizo caso omiso de la prohibición, y una noche, entre las once y las doce, se escapó del pueblo, pese a sus 76 años, encomendándose a Dios y a los santos de su particular devoción. “Me marcho, dijo. La Madre de Dios me guiará”. Le buscaron como perros sabuesos por el río y la montaña, para darle inmediatamente muerte, pero no encontraron rastro de sus huellas.

De escondite en escondite llegó a Estahón (Lérida), donde pasó unas horas en la casa de un familiar. Acompañado por éste y a veces apoyándose en su brazo, comenzó a escalar montaña arriba, con dirección de la frontera de Francia, para refugiarse en alguna Casa de la Congregación, tal vez en Toulouse. Al encontrarle casualmente los milicianos, sospecharon de él, le pidieron el salvoconducto, le detuvieron y, sin más, le encarcelaron en el Comité Rojo del pueblo de Estahón, donde estuvo preso el resto del día 16 de agosto y parte del 17.

“No os dejéis engañar y conservad vuestra fe”

A partir de ahora comienza la última y más dolorosa estación de su vida, que le conducirá a la muerte, rodando de pueblo en pueblo. En los locales de las Escuelas de Estahón le habían atormentado, golpeándole la cabeza con la culata del fusil, al tiempo que proferían contra él las más groseras injurias. Le sacaron de las Escuelas y le condujeron a diversas paradas, al cual más vergonzosas. En una de ellas logró reunir a parte de su familia y les advirtió ante las noticias falsas y manipuladas que corrían en su alrededor: “Sé que sois buenos cristianos, pero os recomiendo que no os dejéis engañar y conservéis vuestra fe”. Poco antes, a miembros de la F.A.I. que le pidieron un sermón, después de la comida, les dijo en tono profético: “Ya sé que me mataréis. Pero lo mismo que me hacéis a mí, os tocará a vosotros, pero de dos en dos o de cuatro en cuatro”. Habló con tal unción y convicción, que uno de la F.A.I. no pudo contenerse y exclamó: “¡Este hombre dice la verdad!”.

En otra parada, que nos trae a la memoria la pasión del Señor, le sujetaron de pies y manos, queriéndole obligar brutalmente a beber vino drogado en un cáliz. Los anarquistas habían despojado antes una iglesia de todos los cálices, copones y ornamentos sagrados. Ante la mofa de hacerle beber el cáliz, él lo rehusó, pero su actitud contraria a las indicaciones y órdenes de aquellos blasfemos le valió unos duros bastonazos y torturas.

“¡Viva Cristo Rey, ya podéis tirar!”

Poco menos que ebrios, los marxistas bajaron a Ribera de Cardós, en plena llanura, y se encaminaron a la fonda del pueblo, para repetir la escena grotesca celebrada en una de las paradas de Estahón. Le pusieron delante un caldero lleno de vino, mientras le decían: “Bebe, que es el último día”, y le dirigían provocaciones relativas a mujeres y monjas, mofándose de su persona y del ministerio sacerdotal. En Ribera de Cardós hicieron entrega del Siervo de Dios a los comunistas -anarquistas- procedentes de la F.A.I de Tremp (Lérida), que le hicieron subir con ellos a una camioneta y le condujeron al pueblo cercano de Llavorsí (Lérida). A dos o tres kilómetros de Llavorsí le bajaron a empujones los mismos jueces y verdugos que habían hecho antes de escalera para que subiera a la camioneta.

Eran las diez u once de la noche del 17 de agosto de 1936. Tras haberle sometido a vejatorios y lacerantes tormentos, los milicianos sentaron al ajusticiado encima de un malecón y le enfocaron con los reflectores de la camioneta, para acertar en los disparos. Le ordenaron que se pusiera de espaldas a ellos y de cara a la corriente del río Noguera Pallaresa, a lo que no accedió el Siervo de Dios, respondiéndoles que moriría de cara. Mientras aquellos mandados por la Federación Anarquista Ibérica gritaban «Viva el Comunismo», él, extenuado de fuerzas, se esforzaba en confesar su fe cuajada de amor: “Os perdono. ¡Viva Cristo Rey, ya podéis tirar!”.

Al oír semejante apología del perdón evangélico, insoportable a los oídos de los enemigos de la fe, dispararon sus fusiles, y el mártir cayó desplomado, a la vez que exhalaba entre dientes: “¡Viva Cristo Rey!”. Sobre su cadáver echaron arena y cascajo, que una riada del Noguera se lo llevó por delante, sin dejar rastro de su cuerpo.

Desde el mismo momento de la muerte, quedó confirmada, entre los que le conocieron, la fama de santidad y martirio de este sabio y humilde misionero, gloria de la Iglesia y de la Misión; nunca había hecho ostentación de sus dotes y cualidades intelectuales, sino que por fidelidad a Cristo evangelizador de los pobres, perseveró sencillo hasta derramar su sangre por amor a quien le había elegido y hecho ministro suyo. Según testigos de cuantos le conocieron, “este sentimiento se muestra espontáneo”, al igual que “murió mártir de Cristo y de la fe, y esta creencia va en crecimiento”.

Fuente: Web provincial de los PP. Paúles, provincia de Madrid

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