Homilía del Arzobispo de Madrid, S.E. R. D. Antonio María Cardenal Rouco Varela

basi02La Medalla Milagrosa es un don de la Virgen a la Iglesia, en tiempos en que se había olvidado que Él, Jesucristo Resucitado, era aquél por el cual había venido la Redención, y por eso, el amor al mundo de forma definitiva. De la mano de la Virgen, de la luz de la figura de la Virgen Inmaculada, años más tarde, el Papa Pío IX, beato Pío IX, proclamaría el dogma de la Inmaculada Concepción.

HOMILIA DEL CARDENAL ROUCO VARELA

EN LA EUCARISTÍA DEL 10 DE MAYO

Queridos hermanos y hermanas en el Señor: Esta eucaristía en la que se conmemora el primer centenario de la aprobación pontificia de la Asociación de la Medalla Milagrosa, la celebramos aquí en esta basílica tan popular y tan amada por los fieles de la archidiócesis de Madrid, que es la Basílica de la Milagrosa: así se la conoce popularmente.

Concelebra el Padre Superior General de la Misión, de los sacerdotes de la Misión, vulgarmente Padres Paúles; así los conocemos en España; y otros muchos miembros, Superiores Provinciales y Padres de distintas comunidades de Madrid y de España, y sacerdotes, también, del clero diocesano; y participan en la celebración, formando la asamblea litúrgica, muchos fieles no sólo de Madrid sino de muchos lugares de España, como miembros de la distintas agrupaciones locales de la Asociación de la Medalla Milagrosa.

La celebración es celebración de Pascua en el Señor Resucitado. Es el Señor por el cual el amor ha sido posible vivirlo en el mundo y luego vivirlo y gozarlo en la eternidad. El Señor Resucitado, por el cual nosotros podemos llamarnos hijos de Dios desde el día de nuestro bautismo, y serlo, y por el cual podemos continuar en nuestra vida, siendo fieles a esa vocación recibida en el bautismo de ser hijos de Dios y viviendo como tales.

La Medalla Milagrosa es un don de la Virgen a la Iglesia, en tiempos en que se había olvidado que Él, Jesucristo Resucitado, era aquél por el cual había venido la Redención, y por eso, el amor al mundo de forma definitiva. De la mano de la Virgen, de la luz de la figura de la Virgen Inmaculada, años más tarde, el Papa Pío IX, beato Pío IX, proclamaría el dogma de la Inmaculada Concepción. Se quería recordar primero a los miembros y a los fieles de la iglesia en Francia, que, o se volvía a Jesucristo, se retornaba a Jesucristo, o no era posible sanar las heridas de la sociedad y del hombre de aquel tiempo, que eran muy profundas. Y luego, ese mensaje recorre todos los lugares del mundo, y todos los rincones de la Iglesia, de la mano de la Virgen de nuevo, bajo la marca y la insignia de la Medalla Milagrosa, y de la figura de la Virgen Inmaculada, recordando lo mismo a todos: O se retorna al Señor, al Hijo de esta Madre, y se vive de la gracia del Hijo de esta Madre, o no hay curación para las heridas del corazón del hombre y de la sociedad, porque no hay curación para las heridas del corazón del hombre, donde nacen  todos los demás males y todos demás problemas, si no es retornando a Cristo Resucitado.

Providencialmente quien reconoce de ámbito mundial a las asociaciones de la Medalla Milagrosa es un Papa, San Pío X, que pone su pontificado bajo un lema en el cual resuena este mensaje de la Milagrosa, de la Virgen que quiere llevar a sus hijos al corazón del Hijo, y que decía así: “es preciso restaurar todas las cosas en Cristo”. Cien años más tarde, otras circunstancias por las que atraviesa la historia de la iglesia y la historia del mundo, y también la historia de Madrid, y la historia de nuestra patria, debemos sumarnos a ese mensaje, hacerlo nuestro, en estas circunstancias de hoy, y decir: o restauramos todas las cosas en Cristo o tampoco hay solución para los problemas del hombre y de la sociedad de nuestro tiempo. Son problemas graves, afectan mucho al amor al prójimo y al amor de los hombres entre sí, afectan mucho al matrimonio y la familia que es el lugar y el corazón, diríamos, antropológico humano, de donde brota la posibilidad y la realidad del amor fraterno verdadero no sólo de palabra y de boca, que decía san Juan en la carta, su primera carta, en el pasaje que hemos leído hoy, sino en verdad y con obras. Muchos son pues estos problemas. Todos tienen que ver con el querer de ser hijos de Dios, o renunciar a ser hijos de Dios, y todos tienen que ver con aceptar a Jesucristo como el Hijo de Dios hecho carne, hecho hombre por nosotros, que muere en la cruz por nuestra redención, y vive resucitado  para llevarnos a la casa del Padre, o no reconocerlo.

Las capillas son el instrumento del apostolado más entrañable que ha promovido la Asociación de la Medalla Milagrosa. Han llevado a muchos lugares del mundo en estos últimos cien años, casi dos siglos, poco a poco nos acercamos a los dos siglos de la apariciones de la Virgen a Santa Catalina Labouré y la entrega de la Medalla, han llevado siempre el mensaje: Primero la cercanía de la Madre, que venia a buscar a los hijos para llevarlos al Hijo; siempre fueron una invitación a la oración; invitación a la confianza en su intercesión; siempre fueron una invitación a volver a las raíces de la vocación cristiana, del bautismo, a ser hijos de Dios y una invitación a amar de verdad a nuestro prójimo. Amar de verdad a nuestro prójimo es la muestra más clara, más patente y más elocuente de que hemos nacido de nuevo para Dios y somos los hijos de Dios.

Vamos pues a dar gracias al Señor en esta mañana de la conmemoración de este centenario a través del sacrificio eucarístico, sacrificio de amor, de amor del corazón de Cristo, donde Él entrega su vida para decirnos cómo se ama de verdad y con obras y cómo en la eucaristía, y con Él eucarísticamente ofrecido al Padre, se encuentra la fuente del poder amar de verdad con obras. Vamos a decirle a Él, por la intercesión de la Madre, que nos enseñe de nuevo a restaurar todas las cosas en Cristo, a volver a Jesucristo Resucitado, a volver a nuestra condición de hijos de Dios, a invitar a todos los hombres que se dejen mirar, con amor, por el Padre, y luego, así poder alcanzar la libertad verdadera y la vida eterna, la libertad para amar y la verdad del amor. Que así sea.

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