topmenu

Si vuestra justicia no supera la de los escribas y fariseos …

Si vuestra justicia no supera la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos (Mt. 5, 20)

Domingo VII del Tiempo Ordinario, Año C

En la última visita que hizo Santa Escolástica a San Benito, ocurrida tres días antes del tránsito de la santa, la hermana suplicó al hermano que él no partiera sino hasta el día siguiente (cf. la lectura hagiográfica en el Oficio de lectura de la Liturgia de las Horas para la memoria de Santa Escolástica). El hermano se resistió a la idea; no consideró la santa conversación sobre las delicias de la vida espiritual que quería continuar su hermana motivo suficiente para que él fuera exento de una regla monástica. No dándose por vencida, Santa Escolástica entonces se dirigió a Dios con una oración ferviente. Y de repente estalló una fuerte tormenta que impidió el regreso de San Benito al monasterio. Cierto todavía de que la voluntad divina le exigía que volviera al monasterio aquella noche misma, exclamó el santo: «Dios te perdone, hermana. ¿Qué has hecho?»

Aún San Benito, por lo visto, creyó por un momento, por lo menos, que lo tenía a Dios descifrado o comprendido. No es mala en sí, no creo, tener tal creencia. La tiene quien, al discernir la manera apropiada de actuar que esté de acuerdo con la voluntad de Dios, llega luego a decidirse a hacer una cosa en lugar de otra. La tiene también uno que da respuesta a quien le pide razón de la esperanza cristiana que alberga en su corazón. Por esta misma reflexión, yo mismo pretendo tener atravesada la mente divina en cuanto a lo que enseñan las lecturas en la Misa de este domingo. Pero, claro, siempre existe la posibilidad, por no decir probabilidad, de que yo esté equivocado.

Pero eso de equivocarme es lo de menos. Un riesgo más preocupante de creer yo que tengo a Dios descifrado es éste que señaló San Efrén. Hablando de la palabra de Dios como fuente inagotable de vida, escibió el diácono (cf. la lectura patrística en el Oficio de lectura del domingo pasado):

La fuente ha de vencer tu sed, pero tu
sed no ha de vencer la fuente, porque,
si tu sed queda saciada sin que se agote
la fuente, cuando vuelvas a tener sed podrás
de nuevo beber de ella; en cambio, si al
saciarse tu sed se secara también la fuente,
tu victoria sería en perjuicio tuyo.

La victoria que pienso tener al asegurarme de que tengo a Dios descifrado va a ser derrota de verdad si debido a esta aseguranza acabo con no darme cuenta de que la palabra de Dios presenta muy diversos aspectos, de que Dios y Jesús se manifiestan con diferentes rostros. Con respecto a Jesús, por ejemplo, sustuvo él sin ninguna duda el mandamiento: «Honra a tu madre y a tu padre», pero también dijo al que estaba dispuesto a ser discípulo pero el cual quería irse primero para enterrar a su padre: «Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos» (Mc. 7, 10-12; Mt. 8, 21-23; Lc. 9, 59-60). Por cierto, Jesús trae paz (cf. Lc. 2, 14; Jn. 14, 27). Pero cuentan también San Mateo y San Lucas que él afirmó: «No penséis que vine a traer paz a la tierra; no vine a traer paz, sino espada» (Mt. 10, 34; Lc. 12, 51). En San Lucas particularmente se recalca la misión a las naciones de Jesús, pero no me suenan muy acogedoras estas palabras que él soltó para la mujer sirofenicia: «Deja que primero los hijos se sacien, pues no está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos» (Mc. 7, 27). Así que, porque el Señor se pinta, o pinta su palabra—como lo dijo San Efrén—con multitud de cólores, debo reconocer que al beber yo, sediento, de la fuente, mucho más es lo que dejo que lo que tomo. ¡Ay de mí!, pues, porque a mí me falta la pobreza de espíritu que, en parte, consiste en admitir que el misterio de Dios y de su palabra nunca se alcanza a comprender y explicar, lo cual hace necesario que uno siga el ejemplo de San Vicente de Paúl y se tome todo el tiempo que necesite para saber la voluntad de Dios y luego dejarse llevar por la Divina Providencia.

Y, ¡ay de mí!, porque presumido en creer que sé mucho de Dios y de cosas de Dios y careciendo de la desconfianza en mí mismo que debe conducir, según San Vicente, a mayor confianza en Dios, me conformo solamente con lo que parece ser lo más natural para un hombre y con lo que dicta la sabiduría convencional, por ejemplo, con dar golpe por golpe y con negarle a uno lo que él me niega. Desde el punto de vista humano, es justo hacerle o no hacerle a uno lo que él me hace o no me hace. Y nada más justo todavía que tratar o no tratar a los demás como quiero o no quiero que me traten. Pero no sólo a esto se refiere la justicia cristiana. La justicia cristiana va más alla de esto, porque lo justo para el cristiano verdadero no conforma con esto de «a cada quien se le dé sólo lo que uno se merece», porque ella se funda no en la equivalencia humana sino en la sobreabundancia divina (cf. «Love Your Enemies» de Daniel J. Harrington, S.J., en la revista America del 12 de febrero de 2007).

La munificencia divina se representa en la del dueño de la viña en la parábola de los obreros de la viña, quien pagó a los que llegaron último más de lo que se merecían porque trabajaron una hora solamente (Mt. 20, 1-15). Por su largueza, Dios hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos (Mt. 5, 45). Y este Dios generoso nos da la oportunidad de ser sus hijos.

Hijo de Dios seré si cumplo lo mandado en el evangelio de este domingo y hago más de lo que por lo general hacen los pecadores como yo. Es mía la oportunidad o la promesa de ser también imagen del hombre celestial, no obstante que soy terrenal—ser lo que no es fácil descifrar, porque ningún ojo ha visto, ningún oído ha escuchado, ninguna mente humana ha concebido lo que ha preparado Dios para quienes lo aman (cf. 1 Cor. 2, 8-10).

No comments yet.

Deja un comentario