Fiesta de San Vicente de Paúl

El P. Alfredo Becerra quiere compartir su reflexión y su alegría en la fiesta de nuestro santo fundador: San Vicente de Paúl.
¡Gracias, Señor, gracias! es la exclamación gozosa que brota de nuestro corazón en esta fiesta de San Vicente de Paúl.
¡Gracias, Señor, gracias! porque este año hemos celebrado, el 23 de septiembre, el 406º aniversario de la ordenación sacerdotal de San Vicente. Él recibió, el 23 de septiembre de 1600, el sacramento del Orden Sacerdotal en la iglesia de Château-l’Évêque.
¡Gracias Señor, gracias porque hoy sigue vivo el carisma vicentino en la Iglesia y en el mundo a favor de los pobres a través de tantos misioneras vicentinos, Hijas de la Caridad y laicos vicentinos esparcidos por el mundo.
Queremos renovar nuestro compromiso de servir y evangelizar a los pobres en donde nos encontremos. Queremos cantar el himno de alabanza a Dios a través de nuestra entrega y servicio a los marginados.
Hoy sigue siendo urgente el anuncio de la buena nueva a los más necesitados, tanto material como espiritualmente. La evangelización es una responsabilidad que incumbe a todos los bautizados, a toda la Iglesia.
San Vicente realizó sus primeras grandes obras con la colaboración de laicos, hombres y mujeres. Se dio cuenta de que los beneficios de la misión no pueden durar si la llama no se mantiene encendida gracias a la acción de sacerdotes celosos e instruidos, que funden su vida y su ministerio en su encuentro íntimo con Cristo. En efecto, para Vicente los sacerdotes son insustituibles en su papel con respecto a las almas que Dios les ha confiado.
Su compromiso al servicio de los sacerdotes y de su formación, desde una perspectiva misionera, se ampliará con retiros para ordenandos, conferencias de los martes y desarrollo de seminarios. Así, la Congregación de la Misión, que fundó para predicar el Evangelio a los pobres, particularmente a los del campo, tendrá también como finalidad ayudar a los eclesiásticos a adquirir la ciencia y las virtudes necesarias para su estado (cf. Reglas comunes I, 1).
La visión del sacerdote que tenía Vicente de Paúl, basada en una experiencia personal de la misión, cobra una dimensión universal cuando dice a sus misioneros: “Somos elegidos por Dios como instrumentos de su inmensa y paternal caridad, que quiere establecerse y dilatarse en las almas. (…) Por tanto, nuestra vocación no consiste en ir a una parroquia ni sólo a un obispado, sino a toda la tierra; y ¿para qué? Para inflamar el corazón de los hombres, para hacer lo que hizo el Hijo de Dios, que vino para prender fuego en el mundo, a fin de inflamarlo con su amor. Por tanto, es verdad que soy enviado, no sólo para amar a Dios, sino también para hacer que los demás lo amen. No me basta amar a Dios si mi prójimo no lo ama” (SV, XII, 262).
Celebrar la fiesta de San Vicente es una ocasión para renovar nuestra vocación vicentina. Vicente intuyó en la encarnación de Jesucristo el fundamento de su compromiso por los pobres. Supo traducir esta intuición en gestos concretos a lo largo de toda su vida. Es necesario configurarnos con Jesús en su relación con el Padre y los hombres, con los pobres y los necesitados, a quienes fue enviado: “Es necesario que os despojéis de vosotros mismos para revestiros de Jesucristo” (SV, XI, 343), conformando vuestra vida a la de Cristo, entregado totalmente a Dios y a los hombres. Desde la perspectiva apostólica de san Vicente, el Verbo encarnado ocupa el lugar central: “Acordaos de que vivimos en Jesucristo por la muerte de Jesucristo, (…) y de que nuestra vida debe estar escondida en Jesucristo y rebosar de Jesucristo, y que, para morir como Jesucristo, es necesario vivir como Jesucristo” (SV, I, 295).
Deseamos que esta fiesta sea para toda la Familia Vicentina una ocasión de renovación espiritual y misionera, y estímulo al servicio apostólico.
San Vicente de Paúl, hombre del encuentro con Dios y con sus hermanos, hombre de la disponibilidad a la acción del Espíritu Santo, nos invita a dirigir una mirada renovada a la misión en el mundo actual. Ojalá que mediante una generosa colaboración y un constante apoyo mutuo, sacerdotes y laicos, respetando su vocación propia, vayan cada vez con mayor audacia al encuentro de los hombres y las mujeres de nuestro tiempo para anunciarles el Evangelio. Que los cristianos constituyan comunidades vivas, abiertas a todos, y particularmente a los más necesitados y a las personas más alejadas, testimoniando a cada uno el amor que Dios siente personalmente por él. Interesándose por el crecimiento humano y espiritual de las personas y de los grupos, darán su contribución a la misión mesiánica de Jesús, que deben proseguir por vocación.
Para ser testigos auténticos de Cristo hoy, como en la época del presbítero Vicente, los sacerdotes, y también los fieles, necesitan una sólida formación humana, doctrinal, pastoral y espiritual. Los esfuerzos ya realizados en este sentido, y que deben proseguir siempre, sobre todo entre los jóvenes, son una fuente de esperanza para la vitalidad de la Iglesia y la credibilidad de su testimonio. Deseo asimismo que los hijos de san Vicente de Paúl prosigan y renueven el compromiso, que recibieron de su fundador, de contribuir a la formación y al apoyo espiritual de los sacerdotes, con espíritu eclesial y misionero.
Hoy queremos dar gracias al Padre celestial por habernos dado esos maestros de santidad, que nos indican el camino del amor a Cristo y del consiguiente compromiso apostólico, para llevar a las almas a Dios.
Por último, queremos implorar del Padre que está en los cielos gracias abundantes sobre toda la Familia Vicentina, por su santificación y la fecundidad de su ministerio.
Así, esta conmemoración constituirá una hora de gracia para toda la Familia Vicentina y la impulsará a un nuevo celo apostólico, para anunciar a Cristo a los pobres de hoy.
Pidamos para todos nosotros la luz y la fuerza para cumplir esa misión. Como en tiempos de Jesús.
Así pues, elevemos nuestra oración a Dios por la Familia Vicentina, a fin de que siga cumpliendo con generosidad su misión de anunciar al mundo de hoy el Evangelio de Cristo, retomando el impulso de los orígenes y el celo apostólico de San vicente de Paúl y Santa Luisa de Marillac.
Que desde el cielo interceda por nosotros María santísima, bajo la advocación de la Medalla Milagrosa. Que ella nos obtenga de su Hijo divino la gracia de continuar con nuevo empeño en el santo servicio del Señor. Amén.
Alfredo Becerra Vázquez, C.M.


26 septiembre, 2006 








Felices fiestas, pidamos a San Vicente su proteccion y ayuda Paternal desde el Cielo , bendiciones