Comenzó a entristecerse y angustiarse (Mt. 26, 37)

Reflexión de Rosalino para el Domingo V de Cuaresma, 2006.

Domingo V de Cuaresma, Año B

Comenzó a entristecerse y angustiarse (Mt. 26, 37)

En un breve escrito de unas 425 palabras solamente, contó Santa Luisa de Marillac, entre otras cosas, de unas dudas que la perturbaban a partir de la fiesta de la Ascensión hasta la fiesta de Pentecostés del año 1623. Una duda que, según ella misma, la hizo sufrir mucho era sobre la inmortalidad del alma.

A veces freno en seco y se me ocurre preguntar si toda esta cuestión de la inmortalidad del alma no trata sólo de una ilusión. Seguir creyendo que hay vida más allá de la tumba, y que hay cielo e infierno, ¿no revelaría esto una personalidad un tanto enfermiza, de parte de tal creyente, o la inmadurez escapista de quien buscara refugio en tal creencia, o algo por el estilo, al hacer frente a los enigmas de la vida y de la muerte, de la culpa y del dolor, de las tristezas y angustias humanas que quitan del corazón el gozo y la esperanza?

Con tales pensamientos casi me viene a veces un sudor frío. Y tanto más temeroso y angustiado me siento cuanto más me fijo en la mortalidad humana que se me hace más personal y más cierta con cada día que pasa y con la frecuencia con que se me presentan varios achaques. Yo no me consuelo para nada con pensar que con la muerte vendría quizás el anonadamiento total que acabaría con los pesares de la vida–asimismo, claro, con las delicias de ésta. Sí, de acuerdo con la observación precisa de los Padres del Vaticano II, me levanto contra la muerte y me resisto a aceptar la perspectiva de la ruina total y del adiós definitivo (GS 18). Admito además que me sentiré el más desgraciado de todos si mi esperanza en Cristo se reduce sólo a esta vida terrenal (1 Cor. 15, 19). No obstante mi propensión al hedonismo y a pesar de las tentaciones a las que me expongo, no creo que me conformaría con sólo comer y beber como si realmente no me quede nada por hacer sino esto, antes de que me muera mañana.

Pero, ¿qué otra cosa se puede hacer realmente que no sea vana? ¿No es todo vanidad, como lo trata de demostrar el autor del Eclesiastés mediante sus observaciones acertadas y cavilaciones razonadas sobre la vida humana? Vano es todo esfuerzo, vano el saber, vanas las cosas terrenales, vano es vivir debido a las injusticias de la vida, vanas la palabras y las riquezas. Lo extraño, sin embargo, que noto en la sabiduría que dicho autor propone es que, después de que se haya dicho que todo es vanidad y pese que hay falta del concepto de la inmortalidad humana en el libro, se prescribe, al fin y al cabo, que los hombres llevemos una vida ética, con sincera reverencia para Dios (el único que da sentido a la existencia humana y determina el tiempo debido de todas las cosas y en cuyas manos está todo), agradaciéndole las sencillas verdades eternas que se nos descubren en el presente y las bendiciones que su providencia nos reserva para el día de hoy, sin pretensiones ni ilusiones de superioridad intelectual o moral.

Y si todo es vanidad excepto Dios, ¿qué más da si sigo o no sigo viviendo después de la muerte con tal que Dios siga siendo Dios? Por cierto, el amor de Dios es mejor que la vida (Sal. 63, 3). Y si bien que mis inquietudes y temores me puedan salvar de un optimismo poco profundo y de afirmaciones simplistas y tranquilizadoras nada más, ¿no serían vanidad también si surgen de una vida comodona que tiene poca experiencia personal de los mayores problemas de la vida y de los efectos de la pobreza? De todos modos, lo único realmente que, por último, me debe importar es Dios y ya no me ha de preocupar la cuestión de la mortalidad o inmortalidad humana, de la recompensa en el reino o el castigo en el fuego eterno.

Depositar en Dios todas mis ansiedades y dudas y dejarlo todo a Dios cuando apenado y agotado ya no puedo más, esto es, en parte, lo que quiere decir, creo, tener fe o ser fiel. Tener fe es imitar a Jesucristo, «el perfeccionador de la fe, a quien no le importó sufrir el oprobio de la muerte vergonzosa en una cruz» y quien, «en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte» y, «a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer». Ser fiel es reconocerme agitado y pedir que Dios me libre de la «hora» sin faltar, sin embargo, de añadir que se haga la voluntad de Dios y no la mía. Tener fe es aborrecerme a mí mismo en este mundo, en lugar de amarme a mí mismo, haciendo mío el caer en tierra y morir fecundo–como el del grano de trigo–del que es el autor de nuestra salvación y el mediador de la nueva alianza (Heb. 8, 6-12).

Al contrario, pues, de las afirmaciones de quienes toman la fe sólo como un mecanismo de defensa o un sostén que necesitan los débiles o una almohada suave y cómoda donde recostar la cabeza, la fe significa más bien el colmo de la inseguridad que el sufrimiento y la muerte son. Es cierto que la fe se describe como garantía o aseguranza, pero ésta se da precisamente porque aún con la fe no se nos quita toda inseguridad; de hecho, por la fe, nuestro padre en la fe cambió su seguridad en su propia tierra, y en compañia de sus familiares, por la inseguridad en un país lejano hacia el cual partió sin saber realmente a dónde iba (Heb. 11, 1. 8). El salto de fe, lejos de ser un salto a la certeza, es como el dejarse caer a la incertidumbre de uno que se ha deslizado accidentalmente en un precipicio quien se suelta del pequeño tronco a que logró agarrarse y así evitar un descenso seguro y fatal. El que se deslizó se atreve a soltarse porque lo pide un salvador invisible que, respondiendo al grito de socorro, promete cogerle al que busca salvarse. Y parece ilógico el salto de fe, pues, suena a la falacia con nombre de «petición del principio» porque de la desesperación humana se postula gratuitamente la esperanza en la providencia divina.

En 1623 la bastante intelectual y lógica Luisa delataba todavía cierta reserva cuando, aceptando ya la idea de que tendría que cambiar de director espiritual, añadió sin embargo que le parecía que no tenía que hacer todavía el cambio propuesto. Pero en 1660 la santa ya se contentaba con no tener ni deseos ni resoluciones; simplemente se entregaba completamente a su Dios, dejándose llevar por la gracia y la voluntad de Dios.

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