Dichoso el que cuida del pobre y desvalido (Sal. 41, 1)


Reflexión de Rosalino para el domingo VIII del Tiempo Ordinario, Ciclo B.

Otro recurso, ya en famvin, para este domingo

Dichoso el que cuida del pobre y desvalido (Sal. 41, 1)

Domingo VIII del Tiempo Ordinario, Año B

Se nos dice que San Vicente de Paúl se imaginó filas de gente pobre, rodeándole a Jesús durante el juicio final para ayudarle a pronunciar la sentencia final, suplicándole de vez en cuando (cf. http://vincenter.org/vdp-ldm/biov.html): «Ella nos cuidó a nosotros, Señor. Déjala pasar. Él era nuestro amigo, Jesús. Dale también la acogida.»

Así que según el pensar vicentino, son los pobres quienes presentan la recomendación para la entrada en el reino de los cielos. Los pobres sirven de cartas de recomendación a favor de los que buscan ser contados entre los benditos del Padre.

No es de extrañar, claro, que esto sea así. Después de todo, a los pobres los tomó San Vicente por su porción. Nuestra herencia consiste de los pobres, de los pobres, les dijo el Fundador a sus cohermanos con insistencia, repitiendo varias veces, como dejándose llevar por lo importante del asunto y lo emocionante de la ocasión: «Pauperibus evangelizare misit me». Según él, ser dedicado, como Jesús, a los pobres es lo que caracteriza especialmente al misionero, quien se subirá de la tierra al cielo por medio de hacer la obra por la que se bajó el Señor del cielo a la tierra. Y nos da a entender San Vicente que esta devoción por los pobres, más que nada, es lo que recomienda también la Iglesia que sirva de recomendación para el apostolado aquí en la tierra y luego para la gloria allí en el cielo. Con respecto a este último punto dijo San Vicente:

Tenemos que estar dispuestos
y preparados para dejarlo todo
para servir a Dios y al prójimo,
y al prójimo, fijaos, al prójimo
por amor a Dios. San Martín,
aunque catecúmeno, al ver a un
pobre que le pedía limosna, tomó
su espada y cortó la mitad de su
capa para dársela; una acción
caritativa que agradó tanto a
nuestro Señor que se le apareció
él mismo aquella noche, cubierto
con la mitad de la capa. Y la
Iglesia ha estimado y apreciado
tanto este acto caritativo de
San Martín, que nos lo representa,
no ya como obispo o arzobispo,
a pesar de que es ésta una
dignidad tan elevada, sino
montado a caballo, vestido de
soldado y cortando la mitad
de su capa.

Y me parece claro que con el pensar vicentino está muy de acuerdo Benedicto XVI. En la conclusión de su carta encíclica «Deus Caritas Est», en el artículo 40, invocando particularmete la memoria del mismo San Martín de Tours, el Santo Padre califica como «insustituible» el valor del testimonio individual de la caridad. Cita, además, de nombre a San Vicente, junto con Santa Luisa de Marillac y otros 8 más bendecidos por el Padre, como uno de los modelos insignes de caridad social. Al presentar tanto el icono de San Martín como el nombre de quien vio en dicho icono un significado particular y un mensaje especial de parte de la Iglesia, confirma Benedicto XVI, a mi parecer, que los pobres, o los actos caritativos hacia éstos, han de servir de verdaderas cartas de recomendación.

No es que no figurarán otras cosas cuando se le pida a uno dar cuentas de lo que haya sido su vida terrenal, no obstante el silencio de Mt. 25, 31-46 sobre otros criterios que se puedan usar para determinar quiénes irán al castigo eterno y quiénes, a la vida eterna. Figurará, por cierto, que uno haya sido un obispo o un visitador provincial, o haya construido un santuario importante o una iglesia grande, o haya estabilizado la condición económica de una comunidad religiosa, pero cualquiera de estas cosas se tomará en cuenta sólo, creo, en el contexto de la caridad, efectiva, por supuesto, para con los más humildes hermanos de Cristo.

Y quien de la familia vicenciana sea realmente digno de la recomendación de parte de los más humildes hermanos, el mismo podrá estar seguro también de tener la inspiración originaria del Fundador, un continuo retorno a la cual es aconsejado (cf. Perfectae Caritatis 2). Imbuido de este espíritu original, el vicentino se sentirá nuevo de veras, tan íntegro como un manto nuevo, no manto viejo remendado, y tan bueno como vino nuevo en odres nuevos que no se van a reventar. Empapada en este espíritu, el alma vicentina será como la novia con quien se casa el Señor en fidelidad, la esposa que responde como en los días de su juventud, penetrándose del Señor. Esta alma no tendrá nada que temer sino el no estar en la presencia del amado, lo cual, si pasara, haría necesaria más que nunca el ayuno.

«Como Dios ama ciertamente a los pobres» –vale la pena que se proclame otra vez más el pensar vicentino– «les ama también a los que aman a los pobres». Quedan recomendados para una acogida cariñosa en el reino, pues, los que con cariño acogen a los pobres.

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