LA CARIDAD ILUMINA LA JUSTICIA


El P. Alfredo Becerra c.m. traduce un artículo de Stefano Fontana,Director del Observatorio Internacional Cardenal Van Thuân sobre la Doctrina Social de la Iglesia, sobre la Encíclica de Benedicto XVI, Dios es amor.

LA CARIDAD ILUMINA LA JUSTICIA
LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA
EN LA NUEVA ENCICLICA DE BENEDICTO XVI

Stefano Fontana

En 1891 la Rerum novarum de León XIII terminaba con un himno a la caridad, “señora y reina de todas las virtudes”. El Papa, con ánimo de los tiempos , decía que “la salvación deseada debe ser principalmente fruto de una efusión de caridad”. En 2006 Benedicto XVI afirma la misma convicción, indica el mismo deber, expresar el mismo auspicio. También su primera encíclica – Deus caritas est- es de considerarse una encíclica social, porque afronta los problemas sociales de hoy desde el punto de vista de la Iglesia de siempre: la caridad que, como virtud teologal emana de la vida misma de la Trinidad y como virtud humana es la primera condición para que los hombres continúen estando juntos.

Al final del siglo XIX, cuando León XIII afirmaba aquellas palabras, se prefería hablar de reformas y de revolución y se encargaban no a los hombres sino a las estructuras de la tarea de realizar la justicia, se pensaba no sobre las virtudes personales sino sobre las masas para alcanzar una vida digna. Hoy, al inicio del siglo XXI, desvanecidos aquellos mesianismos que esperaban de los mecanismos impersonales el evento de la justicia, pero no superadas otras formas de seguridad a ciegos mecanismos –la técnica sobre todo- , el llamado de León XIII encuentra eco en aquello de Benedicto: la justicia requiere también la caridad.

La nueva encíclica no elude el problema de la justicia. Esta no puede ser sustituida por la caridad, porque la gracia no quita la naturaleza y la fe no elimina la razón. La justicia, dice el Papa, es fruto de la “razón práctica”, requiere el respeto de las exigencias de la naturaleza humana y pues el respeto de los derechos y de los deberes del hombre. Sobre esa se funda la justicia política, la cual corresponde precisamente de construir la justicia, sin la cual el estrado no es que una “banda de ladrones” como decía San Agustín. Pero la razón, no obstante si es autónoma, cae fácilmente presa de las ideologías y de las distorsiones de la justicia debidas a los egoísmos humanos. Así la justicia, que la razón funda e ilumina, y la política, que la justicia concretamente realiza, tienen intrínsecamente necesidad de ser “purificadas” por la fe.

Normalmente se piensa a la caridad como cualquier cosas de “sucesivo” y de “residual” respecto a la justicia. Primero la justicia y después la caridad. Si la justicia hiciera bien el propio trabajo no habría necesidad de la caridad. Si la administración pública y el mercado –las estructuras- funcionaran bien no tendríamos más necesidad de amistad social. Se cae, así, en la idea que, en fondo la justicia es un problema de organización y de planificación. Se cae en mesianismos que el Papa considera materialistas, en cuanto marginan al hombre de la economía de la propia salvación social y política. En realidad en cambio, según cuando dice la primer encíclica de Benedicto XVI, la caridad hace posible la misma justicia. No sólo porque los pobres los tendremos siempre con nosotros, como dice el evangelio, y por lo tanto “no hay ningún disposición estatal justa que pueda hacer superfluo el servicio del amor, pero sobretodo porque la caridad “purifica” la justicia, así como la fe purifica la razón.

En este concepto central de los parágrafos de la Deus caritas est más directamente dedicados a la relación entre la justicia y la caridad. Sobre esta función de “purificación” se funda la Doctrina Social de la Iglesia (DSI), que viene por consiguiente colocada en el íntimo de la misión de diakonia de la Iglesia al mundo. Ya la Fides et Ratio decía que la fe abre de par en par a la razón nuevas puertas y la empuja a no detenerse jamás. La emancipa, la purifica, abriéndola a una vocación trascendental y, así haciendo, la libera de las verdades a medias que se venden por verdades enteras, o sea de las ideologías. La hace respirar. La razón, así emancipada, es mayormente en grado de ver sin velos a la justicia y de encontrar el coraje de luchar por esa, venciendo las resistencias de los egoísmos. La caridad no llega sólo cuando la justicia ha hecho su curso, sino la ayuda a ser sí misma, hasta que la supera. También la fe no se contradice a la razón cuando esta ha hecho su curso, sino la ayuda a ser más plenamente si misma.

Esta es la función de la Iglesia dentro de la sociedad. Ante todo hay un primer nivel: hay obras de caridad y de asistencia –dice Benedicto XVI que son de la Iglesia en sentido propio. Esas no el testimonio de su fidelidad a Dios que es amor. La Iglesia no hace política, en el sentido que no contribuye directamente a organizar la justicia. Esa, ante todo, testimonia la caridad también a través de su obras de asistencia al necesidad. Hay después un segundo nivel: los cristianos laicos participan en su responsabilidad incluso a la construcción política de la justicia que entienden como una forma laical de testificación de la caridad de la Iglesia. En fin, hay un tercer nivel: la Iglesia entera, con su vida-acción, con el anuncia, la celebración y el testimonio, desarrollando la propia misión religiosa verdaderamente en cuanto religiosa, es una fuerza benéfica también para la sociedad, porque le infunde el espíritu de caridad, que hace a los hombres más humanas y abre sus ojos y el corazón para ver mejor y realizar la misma justicia. La Iglesia no tiene necesidad de transformarse en partido o en sindicato para dar su propia aportación de liberación a la sociedad, debe solamente seguir su propia misión religiosa. El estado, dice el Papa, debe conceder a la Iglesia y a las otras fuerzas espirituales de la sociedad, su libertad. El respeto de la libertad religiosa se convierte en deber e interés político y la reivindicación de la libertad política se convierte en asunción de responsabilidad para el bien común.

Traducción de Alfredo Becerra V. C.M.

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