Haced todo lo que él os diga (Jn. 2, 5)


La reflexión de Rosalino para la Fiesta de Santa María Madre de Dios (día 1 de enero)

Santa María Madre de Dios

«Los pastores», dice el evangelio de Lucas, «se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho».

¿Lo veo y oigo como se me ha anunciado? ¿Acaso no me enfoco sólo en lo poderoso y triunfador que debe ser el Salvador, ungido sucesor del guerrero rey David, y paso por alto lo de la pobreza y la humildad del Mesías y lo de la paz como don de Dios a los que el Señor ama, y no dictada por los que tienen armas de guerra más poderosas?

Y pasando a otras dos preguntas más pero todavía relacionadas con el asunto de «todo como me dicen», ¿me dispongo a recibir la bendición del Señor según la manera y la fórmula señaladas por Él, quien, para conferir la bendición, se sirve de hombres como instrumentos suyos, y para traernos la gracia se sirve de signos externos, visibles, conocidos y usados por los hombres? ¿Y reconozco yo sin reservas el papel indispensable de la mujer en la economía de la salvación, indicado en la carta a los gálatas, y admito yo humildemente al mismo tiempo la necesidad que tengo de ser rescatado de mi autocomplacencia y mis pretensiones de superioridad moral?

Escoger solamente lo que quiero ver y oír, y excluir lo que no me conviene ver y oír; conformarme con sólo la bendición que conozco por lo general y no dejarme a conocer plenamente la bendición prescrita por el Señor que abarca especialmente la subversión, en Mt. 5, 3-12, de las bendiciones usuales, cual subversión la considera Jesús como formando parte del cumplimiento de la ley y los profetas; complacerme en mi propio juicio y propia justicia: esto me parece a mí es como encerrarme en un punto o encarcelarme en mi pequeño centro, como un caracol en su concha, e impedir que me enriquezca el totalmente otro y rejuvenezca mi viejo y cansado ser quien hace nuevas todas las cosas (cf. Ap. 21, 5).

Hasta que yo lo viera y oyera todo como se me ha anunciado, quizás, celebrada la Navidad, no daría gloria y alabanza a Dios, sino que me sentiría a lo mejor como agotado por los quehaceres intensos de la temporada y desilusionado por lo fugaz que ha sido el día de la fiesta solemne, objeto de tantas preparaciones frenéticas, laboriosas, ansiosas y costosas de muchos días. Hasta que yo dejase de ser un cristiano a la carta, quizás nunca estaría listo para la bendición del Señor y nunca llegaría a tenerme a mí mismo por hijo adoptado de Dios, heredero suyo y dotado de la capacidad de clamar: «¡Abba! Padre».

Si no veo, oigo y tomo todo como me lo dicen los evangelizadores de los pobres, seré un manipulador de los datos nada más — tal vez al estilo de aquel que citó, en su discurso para justificar la guerra y ganar el apoyo del pueblo del 18 de diciembre, el poema «Christmas Bells» de Henry Wadsworth Longfellow, como para dar la impresión de que el poeta aprobaba la guerra civil en aquellos tiempos cuando éste realmente la condenaba, y denunció en el mismo poema tanto los cañonazos que ahogaban el villancico de «paz en la tierra y buena voluntadad a los hombres» como el odio fuerte que se burlaba de dicha canción.

¡Sea el año 2006 mejor que todos los otros pasados!

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