
No solamente está tan cerca de nosotros el Señor siempre que le invocamos, sino que hasta habita Él con nosotros, pues, el Verbo se hizo carne (cfr. Dt. 4, 7; Jn. 1, 14).
Sólo a vosotros he escogido , por eso os castigaré por todas vuestras iniquidades (Amos 3, 2)
Domingo XIX del Tiempo Ordinario, Año A
Los de su raza según la carne –afirma san Pablo– tienen tantas cosas a su favor. Son descendientes de Israel, a ellos pertenece la adopción como hijos, y tienen la gloria de Dios, las alianzas, la promulgación de la ley, el culto y las promesas. Suyos son los patriarcas, de ellos nació, según la carne, el Mesías, y por medio de ellos la mano libertadora de Dios se les tiende a los gentiles.
Nosotros los gentiles de la nueva alianza, por la bondad y la misericordia de Dios, han sido injertados, cual olivo silvestre, en un olivo cultivado y hemos recibido la adopción como hijos (Rom. 11, 17.24; Gal. 4, 4-6). A consecuencia de esto, también de tantas bendiciones gozamos.
No solamente está tan cerca de nosotros el Señor siempre que le invocamos, sino que hasta habita Él con nosotros, pues, el Verbo se hizo carne (cfr. Dt. 4, 7; Jn. 1, 14). A nosotros se nos presenta también Aquél que se manifestó a Moisés con el nombre impronunciable de «Yo soy el que soy», pero por medio del Otro quien les animó a los sacudidos por las olas y el viento, y se identificó, diciéndoles «¡Soy yo!».
Asimismo, podemos dedicarnos al culto verdadero, adorándole al Padre en espíritu y en verdad, tal y cómo Él desea ser adorado, sin que sea necesario que estemos o en Jerusalén o en Gerizim.
La ley se ha puesto también delante de nosotros, una ley que no sólo produce estatutos y juicios justos, sino que culmina en la libertad y el amor (cfr. Dt. 4, 8; Mt. 22, 37-40; Gal. 5, 13-14). Hasta conduce esta ley a que uno se haga dispuesto incluso a ser proscrito lejos de Cristo por amor a los hermanos. Esta ley también proclama dichosos los pobres, los hambrientos y sedientos, los perseguidos, los que hacen la paz; y promueve la sencillez, la humildad, la mansedumbre, la mortificación y el celo. Así que esta ley trastorna el orden mundial común y, a mi parecer, indica que el todopoderoso Dios, aunque Señor de los huracanes, del viento, del terremoto y del fuego, se identifica más con la brisa tenue.
De verdad, nosotros también tenemos tantas cosas a nuestro favor. Ruego que esto no sea la única cosa buena que se diga de nosotros.


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